viernes, 4 de septiembre de 2009

Intercambio


Aquella mañana se levantó algo raro, bajó las escaleras y abrió la puerta del patio para sacar al perro como cada día antes de ir al trabajo. El perro lo miró, lo olisqueó y echó atrás ladrando. Estaba extraño, no quería acercarse, no movía el rabo alegre, no saltaba feliz a su alrededor como de costumbre. Fue hacia él, quería acariciarlo, tranquilizarlo, preguntarle qué le pasaba, no lo llamó, callado acercó su cara a la suya y sólo acertó a decir: guau.

Quiso sacar el perro. Éste lo miró, lo olisqueó. Estaba extraño, no quería acercarse. Intentó tranquilizarlo, acercó su cara y sólo acertó a decir: guau.

Intercambio.

El perro estaba raro, no saltaba feliz a su alrededor como de costumbre. Intentó tranquilizarlo, se acercó y sólo acertó a decir: guau.

sábado, 22 de agosto de 2009

Enlace Nupcial



Ella y Ello se van a casar,
Ella va guapa,
Ello, formal.
Los dos de la mano
Están ante el altar.
Sus ojos se encuentran,
Sonríen a la par,
Y mueven sus labios,
Sin sonido sonar.
“Te quiero”, dice Ello,
Ella dice igual.
El cura repite la fórmula
Una vez más,
Que los novios son esposos,
Casados ya están.
Sonrientes invitados
Comienzan a lanzar
Arroces y pétalos,
Y vivas sin parar.
A la puerta de la iglesia
Las campanas suenan ya
Alegres y jubilosas
Con sus din-don-dan.
El amor ha triunfado
Una vez más.
Ello y Ella y viceversa
Son uno ya.
El círculo se ha cerrado
Para crear su mundo particular
¡Vivan los novios!
¡Vivan por siempre jamás!




miércoles, 22 de julio de 2009

La primera vez que ocurrió


La primera vez que ocurrió fue cuando, probando qué ponerse, escogió del cajón una blusa beige con flores lilas, que tenía desde el embarazo de uno de sus hijos, que gracias a que aún estaba de moda, podía utilizar.

Al mirarse en el espejo le quiso parecer que había unas manchas de color rojizo repartidas por la parte delantera. Las miró directamente levantando el vestido y comprobando con la luz que efectivamente había manchas difuminadas a grandes espacios. Trató de asociar causas y consecuencias, y la única justificación que encontró era el probable lavado con alguna otra prenda de color rojo.

Le fastidió sobre todo porque la unión que tenía con esa prenda era una relación emocional, que normalmente solía adquirir con los objetos, o más bien, eran ellos los que emanaban esa cualidad después de estar en contacto con ciertos acontecimientos.

Después de unos días, la blusa volvió al cajón ya lavada y planchada. Fue en otra ocasión que, echando mano de ella, la encontró reliada a un jersey rojo.
Entonces lo asoció rápidamente al suceso de las manchas que una vez más encontró en la blusa. Reflexionando sobre el asunto, comprobó indicios como el calor que iba ya notándose en las temperaturas dada la cercanía de la época estival y también en tan escaso espacio era fácil que el tinte de uno se mezclase con el tejido de la otra; sólo había una pega en estas cavilaciones, cómo es que estaban entrelazadas cuando ella recordaba haberla metido muy bien doblada, pero para eso también encontró una explicación. A los niños les gusta rebuscar en los cajones de mamá.

Había ya olvidado el asunto de la blusa cuando, al querer utilizarla de nuevo, algo tiró de ella, su manga se agarraba con fuerza a la manga del maldito jersey rojo, y no podía deshacerlos. Al final, no sin esfuerzo logró separarlos, pero se quedó pensativa sentada en el filo de la cama frente al cajón, extrañada y también asustada por lo insólito y repetido de la curiosa escena. Sacudió la cabeza y se dijo, estoy loca, esto que pienso es imposible. Sin embargo, tiempo después tuvo que aceptar la inevitable evidencia, cuando meses después aparecieron por el cajón unas pequeñas blusas y jerséys  que no recordaba que fueran de sus hijos ni de las muñecas de sus hijos.

Desde aquel día siempre que se volvía a poner la blusa la acompañaba con el jersey rojo, como un acto supersticioso, pero, sobre todo, por si lo que pensaba era eral.

lunes, 20 de julio de 2009

El sonido del miedo


El miedo tiene su sonido particular, bueno, más bien sus sonidos, una puerta que chirría, un rugir de un objeto no localizado, un portazo…

También tiene sus movimientos. En esto, suele ayudarle bastante el viento. Una corriente que empuja una puerta lentamente a cerrarse, otras bruscamente; una ventana que se abre y se cierra, un libro que cae, una sombra que nos aparece de soslayo o frontalmente sobresaltándonos.

No hay sentido que se precie que no caracterice al miedo, un leve roce con algo sutil nos recorre de escalofríos todo el cuerpo. Hasta un olor a podredumbre nos amenaza con una desagradable sorpresa. El miedo no es dulce ni salado, su gusto es agrio o amargo, y, a veces, su amenaza nos seca la boca.

Y qué decir del sentido por antonomasia: el sentido común, el único ausente, es el más afectado, de nada sirve aquí la lógica y lo lógico, no hay razonamiento aceptable cuando el miedo se diluye y se desplaza a través de los sentidos y por perder, perdemos hasta el aliento. Cuando los sentidos nos hablan, el sentido común se bloquea y sólo la mente argumenta horrendas historias que atrapan nuestros miedos ancestrales, presentes y futuros. Percibimos sus formas, sus tactos, sus olores, sus gustos, sus sonidos, aunque sin verlo lo veamos transformado en horribles monstruos mitológicos y hasta humanos.RRRRRRç

viernes, 17 de julio de 2009

NOVELA


Aquella mañana tuvo un mal presentimiento, era ya jueves y al final de semana siempre iba ya sobrecargado, falto de energía. El cansancio acumulado, el sueño poco relajante le bajaba el ánimo y el mundo se convertía en un lugar más árido. Encima el día se presentaba con tareas adicionales, había que llevar a la niña a una fiesta de cumpleaños, después la recogería para ir al conservatorio. Con su mujer no podía contar, la enfermedad la limitaba bastante y él procura evitarle demasiado trabajo.

En el desayuno le salió una mala contestación a una pregunta de su hijo. ¡Ya estamos, por si fuera poco, además tienes que comprar una libreta! Te tengo dicho que te hagas responsable de tus cosas y no las pidas en el último momento.

Ella preparaba las mochilas con el agua y el bocadillo. En el umbral de la puerta, él le dijo, Bueno, nos vamos. Como siempre, ella salía a despedirlo, un beso para los niños y otro para él. Luego les decía adiós con la mano hasta que el coche se perdía de vista.

A continuación ella volvía a la casa y con suma lentitud iniciaba el día. La mesa repleta de las cosas del desayuno, los pijamas de los niños, las zapatillas, cuando por fin decidían ponérselas; era un reto imposible conseguir que no fueran descalzos.

Pensó qué haría hoy de comer. Sobre la marcha recogía el caos dejado. Cogió la escoba y comenzó a barrer, mientras su pensamiento divagaba entre los posibles almuerzos. Descartando carne que hizo ayer, pasta, la comieron el lunes; creo que hoy haré legumbres, mejor habichuelas blancas que les gustan más. Así, con estos planteamientos sonó el teléfono, y pensó, vaya, quizás sea mi madre para decirme que tiene comida. Miró la pantalla del teléfono pero no reconoció el número.

Llorando, angustiada, se dirigió a la calle, sin saber qué hacer para encontrar algún vecino que la acercara al hospital. Cuando llegó estaba allí su hermana, no sabía cómo se había ella enterado, pero al verla, la tensión acumulada la venció.

Esperaba en la sala de la UCI para entrar en la consulta del médico y conocer la situación en la que se encontraba su familia. Todo se vivía como en sueños y a la vez, intensamente, sin reconocer los detalles e intensificando el dolor. Los chicos están bien, nada que no se solucione en un par de semanas, algún rasguño de los cristales. La respuesta era temida, ¿y mi marido?

Cuando los niños le decían adiós a la madre, él cogió un cd de los que acumula en la guantera y puso más o menos al azar, porque la búsqueda de ese en particular fue infructuosa. Abrió las ventanillas a tope, el final de curso siempre traía esos días de enorme calor. Paró en la esquina para comprar la libreta de la discordia y, amenazando que la próxima vez iría sin ella y que recibiera el castigo de la profesora. Cayó en lo estúpido de su amenaza, para dos días y medio que quedaban de cole, ésta tenía poca eficacia. Cuando cogió la avenida, el tráfico volvió a ponerlo de mal humor. Mira ese tío, ¿o sabe para qué están los intermitentes? Pregunta retórica. El sol era jodido a esta hora de la mañana y bajó el tapasol. Los niños hablaban entre ellos y reían despreocupados. Ah, por cierto, Yolanda, ¿a qué hora era el cumple? ¿y dónde te tengo que llevar? Papá, ¿no recuerdas? Te lo dije ayer, en el mismo lugar que lo celebró Antonio. Todo sucedió rápido, como suceden los accidentes, aunque en realidad se observan como a cámara lenta, recorriendo los segundos en un flash y encontrándote con los resultados de ese cúmulo de efectos que percibes e intentas racionalizar. Poco tiempo para elegir y al final, sólo queda una entendida acción refleja que nunca sabes si será elegida bien o mal.

***

Ella había acostado a los niños, eran pequeños, no asimilaban la realidad, les costaba creer que papá no volvería, el tiempo, el espacio, la nada eran conceptos aún bastante complicados para su pequeño intelecto. Quedó sola en la cocina, recogiendo los restos de la cena, entró en el salón y, con una mueca de desaprobación, recogió juguetes tirados por el suelo y puso en orden los cojines del sofá. Se agachó y recogió ese estúpido juguete que él compró para el pequeño en un chino. Le venció el dolor, la soledad, la presión del desamparo y el mundo era un lugar terriblemente hostil. Lloró, tapando su boca con un cojín, ahogando la desesperación de su sufrimiento para no ser oída. Agotada apagó la luz y salió para su dormitorio. Allí, su cama, la de ella, la de él, le faltó el aire y abrió la ventana. Con la luz apagada observó el cielo, las luces del fondo, las casas de enfrente, la luna estaba menguando, y las farolas de color amarillo, daban un aspecto aún más solitario a la calle. El sueño ganó la batalla. Sintió su cuerpo abrazarla, como de costumbre, mientras la incomodidad no importunara. Cielo, ¿te pasa algo? He tenido un terrible sueño. ¿Quieres contármelo? Cuando nos levantemos. Ahora duerme. ¿Y si se te olvida? No te preocupes. Pero, ¿te encuentras bien? Sí, ahora sí.

Los chicos vinieron a la cama, cuando la luz del día molestaba sus ojos. Hola, buenos días. Abrió los ojos y se giró. Estaba feliz hasta ese momento. ¡No, dios mío! No pudo evitar el grito. ¿Qué pasa, mamá, qué te ocurre? Nada, hija, nada. Es que soñaba.

Qué sueño más cruel, soñar que el dolor es sueño, cuando la felicidad lo es. Y el otro, la dura realidad. Estaba confundida, aquella noche, él la abrazó. Fue un sueño tan real como la vida, ésta es así, juega contigo, con tus percepciones, con tus debilidades, negándote evidencias y engañando con falso realismo.

***

Cuando llegó al trabajo venía todavía con los recuerdos del desayuno. Del tierno abrazo a su mujer, del recorrido hasta el colegio, como de costumbre, de su conversación con alguna madre. La gente fluctuaba en los espacios apareciendo y desapareciendo, y él continuaba y retrocedía a esos espacios, en otros tiempos, creando a su vez otros espacios. Una extraña sensación que le acompañaba desde la noche le llevó a este laberíntico razonamiento. Su mujer le recordaría lo raro que es. Su cerebro que procesa tan distinto a la lógica general. En fin, él era así. Analizando cada aspecto de las cosas cotidianas.

Volvió a casa. Allí estaba ella en la cocina, con la mesa preparada y los niños ya sentados para comer. Y ella friendo unas patatas para los filetes que aguardaban en la sartén. Se besaron, ¿qué tal, cómo ha ido el día? Ya sabes cómo son las gentes. Les cuesta ser responsables, a veces es mejor ser un cabrón. ¿Qué te ha pasado? No, nada, sino que quedaron en traer unas piezas, y al final no saben si tendremos que esperar un mes más para tenerlas. Te dicen, sí, sí, ya están aquí. Les llegarán en un par de días, y tienen que inventar no sé qué historias para no demostrar que no las tenían ni pedidas. Bueno, y a ti, ¿cómo te ha ido? Bien, como siempre, ya sabes, los nervios a la salida del cole, que si los niños, la gente, los coches, el estrés me sienta fatal. Ya conoces cómo me afectan estas cosas, cada vez estoy peor, no sé qué voy a hacer. Cielo, no sé qué decirte, ¿qué podemos hacer? ¿quieres que vayamos a otro médico? Es que todos son unos imbéciles. Yo no voy a ningún médico más. Me tienes liado. Déjalo, venga, vamos a comer.

***

Estaba en la cama, el gorgeo del agua del tubo del aire y el pito monótono y constante de la máquina. Después de aquel tiempo reducido en la memoria, la vida continuó. Una leve cojera del pie derecho y algunas lagunas fueron los restos del naufragio. Él estaba de nuevo en casa, seguía con su vida y el mundo seguía ahí. Y así lo veía él. Todo permanecía y nada quedó afectado drásticamente.

Ella lo echaba tanto de menos… Pura necesidad. Su apoyo, su ayuda, su presencia. ¡Era todo tan duro! Se sentía tan incapaz.

Él estaba tan enamorado de ella, la necesitaba tanto para respirar, y por la noche, ese terrible sueño, verla sola en la cama, llorando, sin consuelo, su rostro desencajado, y aunque él la abrazaba, ella no decía nada.

Ella quería dormir, soñar, encontrarlo ahí en ese mundo onírico. Un espacio de encuentro de ella con él.

¿Por qué se repite ese sueño una y otra vez? La ve en la cama, llora, está en la oscuridad. La llama pero ella no le contesta. Se vuelve boca abajo, tapando su cara contra la almohada, ahogando el llanto. La abraza y parece que se tranquiliza. Luego sale de la cama, busca a los niños, están en sus camas, recorre la casa y vuelve a su dormitorio. Al despertar ella está allí, durmiendo tranquila, con esa profunda respiración de los sueños.

martes, 2 de junio de 2009

lunes, 25 de mayo de 2009

El tiempo tiene su forma particular de andar, unas veces corre, otras pasea, y otras, simplemente, se detiene; pero no para, no abandona, reanuda de nuevo sus paso.

Dicen las malas lenguas que el tiempo no existe, y otros confirman que es oro, pero ni unos ni otros tienen razón.

Lo desperdiciamos o lo sublimamos, a veces, te persigue como cuando te levantas tarde y vas todo el día pillado de tiempo, y otras vas tras él, y nunca lo alcanzas, no tienes tiempo para nada. Pongámoslo en su sitio.

A mí, en estos momentos, me pisa los talones, la obligación se impone y debo atenderlo, si no se escapa, y la realidad con él; otras me abandona y me recoge a las ocho de la mañana.

Hay gente que pasa por el tiempo, como si de pasos de cebra inmunizados se tratara, con la desagradable sorpresa de encontrarse por la izquierda un todo-terreno del tiempo.

Cómo nos gusta objetivar lo aparentemente subjetivo del tiempo. Este queda marcado y delimitado por líneas herméticas y mecanismos de precisión, que nos alertan o nos tranquilizan, mostrándonos continuamente su rostro.

Yo lo veo avanzar con las piernas enquencles que los humanos confundimos con manecillas, pero el tiempo no tiene manos, sino piernas, delgadas pero fortalecidas por el paso de él mismo; pies incansables que paradójicamente se permiten, de vez en cuando, algún descanso.

El otro día lo vi, y, escondida lo observé. Creía que andaba en línea recta, sin embargo, sus pasos iban marcando una espiral basada en un punto en el que sus pies se concentraban. Menudo engaño, no avanzó ni un milímetro del sistema métrico decimal. Y luego alardea de hacer kilómetros, de hacer presentes, pasados y futuros. Ahora sí que no me engaña. Lo malo es que nadie me creerá y dirán, “eso no es cierto, si yo lo vi por allí o por allá, me vas a contar esos cuentos”. Así que yo, que conocí su secreto no me molesto en hacerle caso, ni me dejo llevar ni arrastrar por él. Hago lo que me da la gana porque yo lo he descubierto, no hay nada más estático que el propio tiempo. Así que lo mejor es utilizarlo, manejarlo, llevarlo a nuestro terreno; hacerle perder el paso, romper su espiral.

sábado, 23 de mayo de 2009

Cuando, con el euro llegó el redondeo, ella intentó redondear su vida: los dos hijos y medios en tres, sus treinta y nueve años, en cuarenta, su media jornada, en completa, sin embargo, a su medio marido no hubo manera de redondearlo en uno.

lunes, 18 de mayo de 2009

Espacios tangenciales


1

Con el tiempo damos pie a nuestro organismo a desarrollarse y deteriorarse, distribuimos nuestra vida en orden al tiempo, marcamos acontecimientos, cumplimos responsabilidades, o desatendemos compromisos, comemos, trabajamos, acudimos a citas, fallamos a alguien, damos y recibimos amor y placer, dolor y odio; el tiempo que controla la parturienta de contracción a contracción, que le acerca a la vida de sus entrañas, el tren que nos aleja de un punto y nos acerca a otro, nuestras entregas generosas, nuestras pérdidas conscientes e inconscientes. El tiempo de nuestro aseo, de aprendizajes y estudios, el tiempo que diseñamos y al que tanta importancia otorgamos: “no tengo tiempo”, “el tiempo me pilla, se me escapa, se me hace eterno”; el tiempo que no está en ningún lugar, pero que domina nuestras vidas, el tiempo construido, metido en pequeñas cápsulas de cristal, embellecido, denostado y alabado, incontrolable, el Frankenstein que nos destruye, producto de nuestra creación. Víctimas de él, esclavos del tiempo, a veces nos sobra tiempo y a veces necesitamos más.

Aprendimos evolutivamente a través de la sucesión de experiencias, que las cosas desaparecen y a veces vuelven a aparecer. Un día, alguien de la tribu dejó de respirar. No comía, no lloraba, no emitía sonidos, no se levantaba y poco a poco desaparecía envuelto en hedores y gusanos. Buscamos hacia dónde iban esos restos, que conformaban aquella figura, y empezamos a imaginar que tal vez en otro lugar volviéramos a encontrarnos, y, entonces, viendo que yendo de un lugar a otro, no nos lo volvíamos a encontrar, pensamos que quizás estuviera en espacios lejanos, no de esta tierra, no de este mundo; quizás llevados por aires y espíritus a aquellos lugares, donde algún día también uno marchase. Esta búsqueda está marcada por recuerdos y símbolos, que nos ayudan a recordar a aquellos que algún día desaparecieron. Para establecer espacios del antes y del después de, de ir de un lugar a otro en su búsqueda, imaginamos fijándonos en elementos que permanecen y se repiten, la sucesión de nuestras acciones, aunque similares no siempre las mismas. Y distinguíamos cuántos soles y lunas transcurrían en ese ir y venir de una acción a otra, de un ser a un no ser, fuimos aceptando o asimilando esas ausencias y llegamos a comprender que ya no volveríamos a encontrarnos con ellos, al menos en este mundo. Y así llegó la conciencia de la muerte e inventamos esa palabra para que todos la temieran o desearan, pero sobre todo, con ello se creó el tiempo, el paso de elementos que permanecen frente a los que no, combinándolos, agregándolos y concentrándolos en espacios, que nos advierten que aquí estoy y aquí no, y es nuestro afán de supervivencia controlarlo y no permitirle ventajas y sobre todo saber que ahora escribo y tengo sed y que sacaré el café del microondas y después, cuando sean las ocho prepararé la cena y sobre todo sé que el reloj me dice que sigo viva y aún estoy en la tribu, en cada segundo, minuto y hora que yo he distribuido, comiendo, sintiendo, respirando con ellos, aunque sin percibir sabores, aletargado por la morfina y apenas sin aire, sigo viva.

2

Entró en la habitación en penumbra, el sonido del oxígeno marcaba un compás similar a una pequeña fuente de agua. Tenía la boca entreabierta, definiendo una mandíbula senil. La ausencia de dientes desdibujaba su boca de labios finos y expresión firme, que adquiría cuando colocaba su dentadura postiza.

Cualquier movimiento le recordaba que su padre estaba ahí, en ese cuerpo desvalido, inhumanizado por el lío de cables, tubos, parches… Miró su nariz, a la que el tubo de alimentación daba un aspecto de bruja. Sin embargo, la caída de su cabeza hacia un lado y su cuerpo, apenas definido bajo las sábanas, su boca entreabierta, representaba la agonía del cristo de un cuadro de Velásquez.

Su boca, seca, sin saliva, sin dientes, sin alimentos y sin aliento. El aire le entraba por un tubo incrustado en su cuello. En ese espacio entre la vida y la muerte que cualquier fuerza, fallo, podía modificar de un lado a otro. El informe del médico te sumía en la más terrible confirmación del final, como a veces, cuando veías que ellos no tenían la última palabra, sentías un aire de ilusión y el mundo, el día, la atmósfera se transformaba en esperanza. Y te entraban ganas de cantar y de creer.

La sedación lo sumía en períodos de sueño, con pequeños despertares en los que volvía al mundo, una visita, una mirada, un hacerse entender. El tubo de su cuello había cortado la salida del sonido, y sus palabras enmudecían antes de llegar a su boca. A veces, lo entendíamos y otras no, provocando su frustración y su enfado, y a veces, su resignación.

Tenía un pañal enorme y una sonda que emergía del lateral. La postura dañaba su espalda y su culo, día y noche, semi-incorporado, para quitar mayor presión a sus pulmones. Su cuerpo frío, hinchados brazos y piernas, sin hablar, sin saborear texturas, sin el placer de comer. El lo pedía por señas. Gesticulaba con su mano acercándosela a la boca, arrastrando con ella los cables que la unían a los tubos de cristal colgados de su percha metálica fría de color y material.

Vendido su cuerpo, perdida la dignidad que nos reserva nuestro espacio vital, nuestras intimidades y secretos, nuestra razón de ser, de ser una persona que desea, quiere y hace.

Era mi padre y era un hombre dañado por la vida y amenazado por la muerte. Y ese hombre convertido en ese ser vivo enfermo, moribundo, resurgía en toda su dignidad, en toda su esencia de ser con su cúmulo de experiencias, de recuerdos, de vida vivida, de saberes e ignorancias, de todo aquello que nos identifica, y en esos momentos que intentaba retener la vida y no permitirle a esta más agravios, cogía un reloj, un reloj con su cadena rota que ató con un trozo del cordón del pijama a su muñeca, y que, de vez en cuando, cuando podía más su química interna que la externa, miraba para saber la hora, en ese intento de controlar la vida y algo tan humano como es el tiempo, el paso de horas y días, y el conocimiento personal de ese avance que realizas junto a él. Tiempo y tú, tú y tiempo, marcando el aire frágil, escaso, entrando y saliendo de un trozo de plástico y ver que antes eran las dos y ahora son las cinco, y estás ahí.

Entonces señala su oído y le decimos, ¿el teléfono? ¿Qué si ha llamado alguien? No, dice con su cabeza. La radio, que quieres que te la ponga. Y te confirma con satisfacción, con un leve movimiento vertical y te alegras de haber acertado, y él de ser entendido. Así que buscas su emisora preferida y pones el transistor entre sus piernas. Y de nuevo cierra los ojos, pero oye, y está ahí, entre nosotros, aunque a veces no con nosotros, a veces quién sabe dónde está, quizás pensando que cuando salga pondrá una cadena nueva a su reloj.

Allí, en el hospital, la noche pasada soplaba un fuerte viento de levante y sentí miedo. No quería que viéndote tan herido de muerte, te arrastrara a esos lugares donde no te encuentre, a esos lugares donde ya no buscamos y tendría que aceptar tu ausencia y mi muerte. Cuando el niño pequeño dice “¿cuándo me darás el muñeco, en dos minutos?”, esos dos minutos representan para él, no ese espacio físico que hemos creado, sino la distancia existente entre tenerlo y no tenerlo. Llevar el reloj atado a la muñeca con un hilo te ata al hilo de la vida que aún te queda, y tus ancestros te enseñaron que estás aquí todavía .

3

Vivía en el número 5 de la calle Júpiter, paralela a la calle Zurbarán, justo donde se hallaba el hospital.

Llevaba años viviendo allí, pero la noche pasada, un fuerte dolor de muelas lo mantuvo en vela, y al asomarse al balcón observó, uno de los grandes ventanales del hospital, le llamó la atención que, siendo tan tarde, las cuatro de la madrugada, se hallaran tanta gente en aquella habitación.  Las siluetas se situaban alrededor de la cama. Pensó que, probablemente había un duelo. El movimiento de personas no paró en toda la noche, y, para distraer el dolor comenzó a imaginar posibles historias. Quién estaría yaciendo en la cama, cuál sería su dolencia, o la causa de su muerte. Su dolor parecía ahora insignificante ante la imagen que se intuía tras aquellos ventanales.

El día diluía el interior de la habitación, como una varita mágica hacía desaparecer todo aquel universo cada noche recobrado, inventando argumentos en aquel escenario sin voz, sólo de imágenes. Llegó a obsesionarse, dejó de dormir de noche, así que los días se volvían pesados y taciturnos. En la mesa de la oficina, una mañana se quedó dormido, tuvo que inventar una historia, que había caído en una depresión a raíz de su divorcio, que según el psiquiatra, el estrés post-traumático había aparecido más tarde. Al parecer solía ocurrir que cuando la persona está viviendo la situación conflictiva, no reacciona y sin embargo, al final, esa energía negativa acumulada y no canalizada, salía cuando se suponía todo superado. Y esos casos son más difíciles, porque se ha enquistado el problema y al pasar desapercibido ha ido enraizando, y claro, ahora el tratamiento sería más lento y costoso. La medicación era la causa de este adormecimiento, su jefe le aconsejó que tomara la baja laboral por una temporada, hasta que se encontrara mejor.

Al principio, el juego de sombras y figuras alimentaba su imaginación, pero decidió comprarse unos potentes prismáticos. Así, la imagen fue más nítida, los movimientos de labios y gestos los interpretaba a su antojo. A veces sorprendiéndose, escandalizándose y enfadándose con ciertas cosas que alguna de aquellas personas decía. Al enfermo no llegaba a verlo, pues la cama quedaba más abajo del campo de visión.

Llevaban un mes en aquella habitación, desde aquella noche que su imagen cautivó su atención, la historia, su historia, le había atrapado de tal manera que, gracias, a los prismáticos podía seguir también de día. Comía delante del balcón, no cogía el teléfono y no abría la puerta si alguien llamaba. Sólo se ausentaba unos segundos para ir al baño, fue abandonando incluso su aseo, cogía alguna lata de la despensa y rápidamente volvía al sillón, desde el que continuaba su historia. La situación continuaba allí detrás del ventanal de la habitación del hospital. Y él fue quedándose sin provisiones.

Dormía cuando irremediablemente le vencía el sueño y despertaba enfadado con él mismo por permitirse tal fallo. Una meada colmó el vaso de lo irracional. Aguantó tanto que terminó haciéndoselo encima. Así que tomó una importante decisión, iría. Contó el número de ventanas, calculó cuál sería la habitación y después de una buena ducha, que hacía tiempo había abandonado, salió del piso, bajó el ascensor y cruzó la calle, tan absorto en la idea que no vio aquel coche que venía por su derecha.

Despertó en una habitación desconocida y, en milésimas de segundo, su cerebro conectó las distintas percepciones, informándole que estaba allí, en el hospital que tanto había observado, él era ahora el puto enfermo, llamó al timbre y la enfermera acudió. Baje las persianas, por favor, fue lo único que dijo y quedó dormido, agotado por el cansancio y los analgésicos administrados.

4

“Un nuevo instrumento científico del observatorio W. M. Kech, en Hawai, está ayudando a entender el fenómeno de las novas… Este innovador descubrimiento hace que los científicos puedan observar estos objetos, ya que suprime la luz de la estrella, y así es posible estudiar los fenómenos que se crean a su alrededor”

Tenía cuarenta y pocos años, aunque aparentaba algunos menos. Dejó su trabajo cuando a su marido lo trasladaron a otra ciudad. Ahora, después de su traumático divorcio, consiguió, no sin muchos fracasos, encontrar este empleo precario, pero que le permitiría remontar su vida, aunque sólo fuese económicamente.

Cuando llegó aquella mañana, la oficina le pareció aún más destartalada que cuando la entrevista. Unas pocas empleadas, todas mujeres, se distribuían aburridamente con la escasa disposición para el trabajo cotidiano, y sin el desayuno, con escasas energías. Todas rondaban la década de los veinte, ella venía a sustituir a una joven embarazada. Una chica morena se acercó y tras las presentaciones comenzó a explicarle cuál sería su trabajo. Su mesa quedaba a un rincón y en la ventana algunos post-its con anotaciones que alguien había dejado allí. Miró distraída hacia la calle, lloviznaba y las luces de los coches reflejadas en el suelo brillante dibujaban un bello paisaje.

Esperaba nerviosa, y sin embargo, trataba de disimularlo intentando mostrar seguridad y desenvoltura, pero, inevitablemente, con pésimos resultados. Pensaba si sería conveniente intervenir en la conversación de las chicas o preguntarles algo y en ello se encontraba pensando, mientras sacaba del ordenador un listado de empresas para enviarles un fax. Estaba entretenida con la pantalla cuando entró él. Pantalón de pana fina, camisa y jersey, tras el saludo se dirigió a ella. Se presentó. Soy Antonio Ruiz, el director.

Se sentía como pez fuera de la pecera, desfasada, sin nada en común con las compañeras de trabajo, y en su interior, guardando íntimamente su secreto, que desdibujaba o marcaba su personalidad.

Quiso eludir la comida de empresa, con excusas no muy creíbles, no sabía mentir y tanto le insistieron que no le quedó otro remedio que prometerles que iría.

Mirarse al espejo le suponía una influencia negativa para su ánimo, que no conseguía levantar hasta el día siguiente, siempre tirando de ella, para evitar una recaída; pero estuvo probándose ropa, ésta le hacía gorda, aquella le favorecía poco, la camiseta evidenciaba mucho. Al final escogió el pantalón negro y una camiseta blanca y ancha con brillo.

Estaba vestida, preparada para salir, se miró de frente, de perfil, observó la simetría de sus pechos, se acercó, se alejó, se sintió y se vio bien, cogió el bolso al hombro y salió para el restaurante donde habían quedado. Fue una noche bonita y divertida, la gente se relaja en estas ocasiones. Bailó y bebió más de la cuenta, pero estuvo controlando, sólo lo suficiente para sentirse menos extraña. Estuvo bailando con él y fue muy atento con ella toda la noche. En un momento que quedaron solos la conversación pasó de lo trivial a lo más personal. La miraba y ella se sentía intimidada, pero se permitió mostrarse relajada y coqueta olvidando sus inseguridades. No estaba en su intención mantener ninguna relación con nadie, y menos con ese treintañero, pero interpretar un poco el juego de seducción nunca está de más.

Atrás quedaron aquellos días tristes con olor a yodo del hospital. El día a día dirigido por los turnos de comida y limpieza. Ahora han traído la pastilla para el desayuno, que será dentro de media hora, luego las limpiadoras aseaban la habitación y el baño, después la cura y, por último, la visita del médico de guardia, un intervalo tranquilo hasta el almuerzo alrededor de la una y media. Los días transcurrían asomándose a los grandes ventanales del hospital y abajo el ajetreo de gente que entraban y salían, de coches que, como en un baile sincronizado, rodeaban la rotonda, en la que confluían cuatro entradas y salidas. Su marido fue reduciendo las visitas, y un día dejó de venir. Hacía tiempo que lo sentía distante, que la trataba con cariño, como una amiga o una hermana, ya no demostraba deseo, amor sensual. Más tarde supo que, por aquel entonces, había conocido a alguien de la que se había enamorado. Intentó no hacerle daño, pero fue inevitable. Su madre y sus hermanas la visitaban con frecuencia, siempre y cuando se lo permitían sus rutinas cotidianas. Algunas escenas cómicas le hacían reír, como cuando tuvo que mantener una conversación a tres bandas: su hermana por el auricular comentándole no sé qué cosa, su madre diciéndole otras a su hermana a gritos, que no se enteraba de nada y ella escuchando a una y a otra en medio de aquel caos.

Los días en el trabajo iban generando mayor seguridad y también con sus compañeras. De vez en cuando salían a tomar el desayuno. Aunque el trato con ellas era amistoso, sin embargo una parte era sólo para ella, tal vez era una parte demasiado importante que impedía dejarla ver; pero todo el mundo guarda secretos, pequeñas parcelas que no muestra a los demás y no por ello les impiden relacionarse y mantener distintos roles.

Aquella noche después de la cena, al acompañarla a casa, le invitó a subir, es lo que se espera después de una cita, estaba harta de verlo en las películas americanas. Mirar las cosas a plena luz nos abruma, y siempre le gustó la percepción de los espacios a través del espejo retrovisor, confiere a la realidad una perspectiva diferente y cinematográfica… y ahora no había distancia entre ellos, por eso apagó la luz y comenzó el juego del conocimiento mutuo y ver con los demás sentidos.

Descubrió el vacío en su pecho, tocó su seno cortado, palpó su cicatriz, pero también descubrió su alma amputada que en esta penumbra se iba regenerando tímidamente para darse plenamente a él. Igual que los secretos se cuentan en voz baja, o en la intimidad de un rincón, así la oscuridad nos descubre lo que la luz nos oculta. Su secreto le ayudó a establecer contacto con los demás, sin miedo, sin miradas indiscretas y de compasión, sin sentirse no deseada. Ahora se mostraba, podía ser ella, con sus miedos a cuestas, sin esperar ser aceptada, porque era ella quien se estaba aceptando. No sólo era permitirle entrar en su intimidad física, sino también en lo más profundo de su ser. Un desnudo frágil que mostraba su fortaleza, que la liberaba de ese lastre con el que se movía por la vida, con él su reflejo no le asustaba. Supo de dolores físicos, más destructores que la propia muerte, no había más oculto, su verdad era plena para él, nadie más y un aire fresco recorrió su cuerpo y sabía que era dueña de su secreto y que tenía el poder de controlarlo para seguir siendo ella, íntimamente.

Él la abrazó y reconoció también su muerte. Allí en la penumbra de la habitación con el sutil reflejo de las luces de la calle, llenándose de amor, parando los relojes, escapando del tiempo, del no ser y de fondo la canción de Lou Reed, I’ll be your mirror. Dos supervivientes de esta ficción reinventando la vida

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A tres enfermos de la planta cuarta del hospital San Pablo les han dado hoy el alta, aquella mañana del viernes, de un día soleado de abril, son las doce de la mañana, la afluencia de personas está en su hora punta, personal, visitantes y algunos pacientes que deambulan por los pasillos para ejercitar los músculos del cuerpo y del espíritu y distraer la vista, conversar con otros enfermos y ampliar horizontes. Las cuatro paredes anodinas de la habitación, con esos horrendos cuadros, que no inspiran ninguna paz, si es que lo pretenden, a veces parecen engullirte. Aquellos que sus capacidades físicas y mentales se lo permiten, también por qué no decirlo, a veces, su falta de pudor, prefieren escapar de aquella cárcel y creerse la ilusión de continuar el pasillo y coger escaleras o ascensor abajo, salir corriendo de aquel ambiente sórdido, monótono y deprimente, aunque desgraciadamente necesario.

El hospital carece de celoso control y a la vista del visitante ocasional podría pasar por un lugar alegre con tanto movimiento y aquellos rayos de sol entrando con fuerza por los altos ventanales.

Cada uno, recogidos los bártulos y acompañados por algún familiar o amigo salen sin mirar atrás, con sus pensamientos, con sus vivencias, su sufrimiento y agonía, sus soledades y recuerdos. Se despiden de compañeros de habitación y algún que otro auxiliar o enfermero. Recogen la notificación del alta en recepción, se acercan al control de enfermería y se despiden agradecidos por sus cuidados. Bromean con alguna frase y lo típico “a ver si nos vemos por la calle, no aquí”; otro, más irónico, le dice a la pelirroja, “¡no te quiero volver a ver!”. La chica secunda la broma con el mismo desprecio fingido. La de la 421 se despide sonriendo con un simple, “gracias por todo”.

Dos vienen de un ala de la planta, la tercera del ala contraria de la misma. Se cruzan en el punto donde se divide a la izquierda las escaleras y a la derecha los ascensores. Se miran y apenas se ven, incluso se disculpan para poder pasar. El mayor anda con dificultad y coge el ascensor junto con el otro hombre más joven. Ella, baja las escaleras.

Unos segundos y estas personas confluyeron en un espacio, estuvieron tan cerca sin saberlo y si el azar los uniera de nuevo, seguramente no se reconocerían.

martes, 12 de mayo de 2009

La farola


La farola de la puerta de mi casa parece que se desplaza; aparco el coche, realizo la misma maniobra siempre repetida, acercándome a la acera y calculando por el cristal de la ventana la medida exacta, la imagen paralizada de mi fotografía mental, ventana y farola perfectamente encuadradas. Con la referencia del espejo retrovisor el vehículo queda bien aparcado.

Cuando abro, la puerta del copiloto choca levemente con ella y creo que esta cuestión le incomoda tanto que cada día se desplaza unos centrimetros para evitar el encontronazo.

Cuando retiro mi coche vuelve a su posición inicial, ahí, inmóvil, a cincuenta centrímetros de la línea amarilla que procuro siempre no pisar.

Aunque si digo la verdad no sé si la que ahora observo es mi farola, la de todos los días, o por el contrario, es la que está en la esquina, que ha llegado hasta allí desplazando a las otras en un giro, volviendo por la calle paralela, empujando a la siguiente.

Un día abandonará probablemente este circuito, cuando se halle con fuerzas y tirará hacia delante dejándome, sin embargo, engañada al amparo de otra farola extraña.

lunes, 11 de mayo de 2009

Aunque un poco tardío para andar entraba dentro de la normalidad. Comenzó sus primeros pasos después de un corto periodo de gateo.

No hubo ninguna circunstancia llamativa para tan especial cambio, ningún síntoma previo, ningún accidente. Un día Antoñito empezó a andar hacia atrás, no de vuelta, sino al revés; en lugar de ir de frente era su espalda la que avanzaba. Sus pies se adelantaban pero de forma inversa.

Al principio algún grito de su madre le obligaba a rectificar, ¡este niño está tonto! ¡¿Quieres andar como las personas normales?! Pero en el momento en que su madre se giraba, él iba a su cuarto, al salón, a la puerta de la calle andando de espaldas.

El tampoco daba crédito a lo que ocurría, pero al contrario que antes de que le pasara esto, hubiera considerado tremendamente difícil dirigirse a los sitios andando hacia atrás. Y precisamente era el modo normal que usa le gente el que realmente le costaba ahora.

Cuando la costumbre rara del niño se convirtió en algo tan evidente para todos, amigos, familiares, profesores, porque Antoñito practicaba su modo peculiar de andar en cada paso de su vida diaria; sus padres, muy preocupados, decidieron llevarlo al médico que recomendó realizar varias pruebas para descartar o confirmar alguna patología que hiciera posible explicar aquella situación. Pero, aparte de detectar una mayor capacidad en agudeza visual periférica -por otro lado justificada por la manía adquirida del chico que, facilitada por la plasticidad cerebral en estas edades, potenciaba adaptaciones rápidas y establecía nuevas sinapsis e interrelaciones entre distintas zonas neuronales-, la causa no aparecía por ningún sitio.

Los padres no entendían nada y los médicos se limitaron, por falta de diagnóstico, a tratarlo con algún que otro fármaco y pasar la patata caliente a sus cercanos colegas neuropsicólogos y psiquiatras.

En la terapia psicológica no basta simplemente una prueba aquí o allí. Para determinar un diagnóstico tampoco se cuenta con el golpe de efecto del medicamento milagro. Para lograr un tratamiento eficaz son necesarias muchas sesiones, sobre todo en este caso, donde no sólo el paciente debe ser estudiado, sino toda la familia debe implicarse en la solución del problema. Tiempo que Antoñito siguió con su “cosa”, palabra tabú que la familia comenzó a utilizar para hablar del tema y evitar llamar la atención del chico.

Resumiendo, se probó con la indiferencia, extinción de su manía, destruyendo todo posible condicionamiento y reforzando aquellas otras conductas ajenas al problema con premios, refuerzo y apoyo social. Pero no funcionó, los padres, hartos un día de aplicar la fórmula y no obtener ningún progreso, decidieron la otra opción: amor duro. Castigarlo sin salir de casa –al colegio lo llevaban y traían en coche-. Perdió la play, los dibujitos, el postre preferido… hasta que se dieron cuenta de que estaban convirtiendo a su hijo en un prisionero, tratado más como un delincuente que como un enfermo.

El caso era muy extraño y más extraña la facilidad con que Antoñito se movía de este modo cada vez mejor por la vida.

Ningún trauma, ningún contagio, ningún traumatismo, ningún capricho infantil, pero la patología persistía. Por lo demás era un niño muy normal, que llevaba bien sus estudios, con una inteligencia más bien alta, sin celos ni inseguridades pueriles. Por el contrario, se relacionaba muy bien, y, entre sus amigos se iba convirtiendo en un héroe. Sus compañeros le proponían retos que conseguía con una actuación perfecta.

Poco a poco el país entero fue conociendo la cualidad especial de Antoñito, y con el paso de los años, Antoñito fue aprovechando esta capacidad para ganarse la vida. Estuvo trabajando hasta en un circo de funambulista, su número llenaba el aforo de las ciudades donde actuaba, pues, aunque hay profesionales en esto muy expertos, ninguno como el Gran Antoñito, El Hombre Cangrejo, que hiciera su actuación con tal destreza dando pasos hacia atrás.

Lo llevaban a programas y contaba sus experiencias, las sensaciones tan distintamente perceptivas que suponía ver cada movimiento, cada avance desde esa perspectiva. Incluso cuando iba en coche prefería mirar por el espejo retrovisor y era tan conocido que desarrollaron un modelo especial para él. No había faceta o experiencia de la que no pudiera disfrutar.

Antonio era una persona excepcional por este aspecto, pero, por lo demás, tremendamente normal. No faltaron expertos filósofos y sociólogos que especulaban con teorías existencialistas sobre la interpretación de tal forma de andar; cómo los objetos observados, experimentados en la ida, transmutaban las realidades. La visión que proyectaba no hacia la meta, sino desde el punto de partida, en las cosas, imprimía una trascendencia del espacio vivencial con respecto a los estímulos registrados ancestralmente en nuestro esquema cognitivo provocando respuestas en nuestros órganos y alterando substancialmente nuestro disco duro, modificando de este modo la realidad, que probablemente sería percibida de modo tan radicalmente diferente.

Esta teoría transformaría la historia de la Humanidad, si este caso dejara de ser una excepción para configurarse en toda una regla. Sin embargo, Antonio era un joven típico, que, a pesar de su supuesta discapacidad, se readaptaba continuamente a la vida cotidiana.

En fin, harto y cansado de ser tanto centro de comentario, argumentos y filosofías baratas, buscó apartarse del foco de atención, mantenerse al margen y comenzó con empeño sus estudios universitarios en una facultad de ciencias muy prestigiosa.

Quizás debido a la alteración físico-espacial de la que era objeto, se interesó por la rama físico-nuclear, campo con amplios márgenes de actuación. Pretendía convertirse en alguien anónimo dentro de lo posible, por lo demás imposible, pues su fama había llegado a cada rincón del planeta, y allí donde fuese, nunca podía pasar desapercibido.

Eligió una especialidad que lo mantuviera lo más oculto de la gente, y se centró con una minuciosa investigación en un laboratorio, dedicando horas y horas delante de microscopios y aparatos de alta tecnología, analizando tales o cuales resultados, nanomagnéticos de la partícula iónica combinada con dos electrones de hidrógeno.

Su tesis se finalizó con interesantes resultados que no repercutieron, sin embargo, en nada para explicar qué dichosa alteración había tenido en su organismo.

Solicitaron su presencia en un congreso sobre investigaciones punteras en física nuclear. Preparó su presentación. Cuando llegó su turno situó sus folios en el atril, sobre la transparencia, sus fórmulas, dibujos y mapas conceptuales; carraspeó un poco y comenzó diciendo:

- Queridos colegas, con mi tema de investigación he deseado acercarme a la verdad desde los orígenes y poder crear un marco conceptual, que no abandone los pies en la tierra, porque, como creo haber oído decir a mi padre, hay que avanzar sin perder de vista de dónde vienes.

Cuando concluyó su exposición, y entre aplausos, salió andando hacia el frente, pie derecho y luego izquierdo, y la mirada hacia sus compañeros de mesa.

Desde aquel día, no volvió a andar hacia atrás, aquella extraña capacidad, tal como llegó, se fue, y, como en aquella ocasión, tampoco ahora pudieron encontrar una respuesta a tan ilógico cambio.

“Es raro el ser humano, en ellos suelen darse circunstancias que son difíciles de explicar”.

domingo, 10 de mayo de 2009

Amigos inseparables desde muy pequeños. Su cabello y ella habían crecido juntos, cambiaron los tiempos, las modas y también su fisonomía. Pero su unión nunca cambió. Uno era rebelde y libre, la otra, controladora e indecisa. A veces no podía soportar ese aire despreocupado de su amigo, hacía lo que le daba la gana siempre, ya podía intentar dominarlo con champús y acondicionadores antiencrespamiento que él iba por libre. Nunca amanecía igual, un día venía revuelto, otro, suave como la seda. Unos días se rizaba de emoción, y otros perdía la gracia. Le daba rabia que se dejara llevar por algunos coleteros y pinzas de poca monta, que trataban de modificarlo dejándole siempre alguna huella. Alguna coletilla de moda. Intentaba convencerle, más bien obligarlo a ciertos moldes y aires; en ocasiones lo atiborraba de lacas que nunca lograban el efecto fijador que calmara su carácter; su alma, llena de fantasía, ese niño rebelde, ese espíritu libre. En fin, tuvo que hacer de espuma corazón y aguantar los discursos ecológicos sobre aquellos productos contaminantes.

El trataba de hacerla entrar en razón, que comprendiera con aquellas muestras de rebeldía que debía ser ella misma, decidir por sí misma, saber qué quería y no dejarse llevar por los demás. ¿Cómo puedes pretender ser feliz si nunca te decides a elegir tu camino, a aceptarte tal como eres?

- Eres tú -le reprochaba ella-, el único culpable de mi infelicidad, nunca me haces caso, intento imponer mis gustos y tú lo desbaratas todo.

- Tú lo has dicho, querida, IMPONER; tú sólo deseas controlarme y no me dejas ser yo mismo. Me odias porque yo sí sé lo que quiero, tú sólo te dejas arrastrar por convencionalismos. Estoy harto de ti.

- Yo sí estoy harta de ti, no quiero verte nunca más.

Aquella noche se fue a la cama tan enfadada que no concilió el sueño hasta bien entrada la madrugada y las pocas horas que durmió las pasó con terribles pesadillas de infinitos caminos y monstruos que ponían los pelos de punta. Al levantarse, casi con los ojos cerrados, entró en el baño, cogió las gafas y, al mirarse al espejo… él se había ido. No estaba, su cabeza blanca, reluciente, no como una bola de billar, sino más bien como un huevo. Su primera reacción fue de horror, después de rabia. Se puso tan furiosa que empezó a tirar todo lo que encontró a su paso, después cayó rendida en la cama, llorando desesperadamente hasta que el agotamiento la venció. Cuando el hipido de su llanto se fue calmando, comenzaron las recriminaciones:

- Vete, no te necesito –se dijo con despecho-. Ahora te vas a enterar. Creías que no soy capaz de decidir, de ponerme el mundo por montera. Se tiró a la calle y buscó otro sustituto.

Cada noche se levantaba con uno diferente, un día era lago y moreno, otro rubio o pelirrojo, corto y super largo, hasta con uno azul eléctrico se atrevió.

Así pasó algunos meses, se sentía eufórica, con poder, decidida pero infeliz, le hubiera gustado verlo ahora, decirle que había tomado las riendas de su vida, que había sido capaz de ser libre, como él decía, pero ¿a quién quería engañar? Esto no era lo que él hacía, él si que era libre, dejándose llevar un poco por el viento, evitando tecnologías y químicas manipulativas que querían hacer de él un muñeco, un simple objeto de decoración. En eso se había convertido ella, en una muñeca, como la cabeza de maniquí que reposaba en la mesilla con uno cada temporada; perfectos, brillantes, triunfadores, pero superficiales y artificiales, vacíos de naturalidad, encorsetados en estereotipos que no la amaban y sólo deseaban su lucimiento. Narcisistas que sólo se admiraban a ellos mismos, con los que nunca encontraría la unión que existió entre él y ella.

Abandonó esa vida y no volvió a estar con otro. Salía con un bonito pañuelo de colorido abstracto y paseaba pensando en los años que pasó con él. Era una relación algo esquizofrénica, porque nunca llegaron a entenderse y comprendió que todo falló, por su afán controlador. Así hubieran sido felices, Así estarían ahora juntos.

Un día se lo encontró en un café. Se notó una pequeña pelusilla, estaba sentado con una chica, pero él se acercó y la saludó, quedaron para otro día.

- Ya te llamaré –le dijo.
- ¿Seguro? ¿No me tomas el pelo?

Fueron viéndose de vez en cuando, su relación creció más fuerte y densa y, como un nuevo resurgir, fueron creciendo juntos. Una relación hermosa, brillante, natural, ella lo dejó ser él, y él la hizo cada vez más bella. Porque es lo que tiene el amor, nos hace más libres y únicos, por cada poro renacía el fruto de ese amor. Estaba deslumbrante, llena de brillo y color, y su hermosura ahora sí que fue auténtica.

viernes, 8 de mayo de 2009

Al igual que sacaba la mano por la ventana para ver si el día estaba frío o si llovía, cuando el calor de su cuerpo la saturaba sacaba el pie fuera de las mantas, recibiendo por ese apéndice el aire fresco que la aliviaba unos segundos y su piel bajaba la temperatura. Estaba acostumbrada a aprender estrategias ante las dificultades que encontraba en su vida.

No era persona de hacer dos cosas a la vez, aunque tuvo que doblegar su incapacidad cuando, aturrullados sus hijos le contaban algo. Quería atenderlos a todos y también escuchar sus pensamientos, o una noticia que salía por la televisión. Las cosas no le resultaban nunca fáciles ni venían ya servidas. Necesitaba siempre un abrelatas que no siempre estaba a su alcance. Pero todas esas dificultades le abrían espacios por los que poder desenvolverse más o menos bien. El arte del apaño lo tenía bien aprendido, siempre con claridad meridiana, pero estas pequeñas conquistas, esos pequeños detalles le ayudaban a sobrevivir. Por muchas vueltas que demos alrededor de las cosas, por mucha lucha para imponernos, no nos queda más que reconocer que, a no ser, de tener una extraña enfermedad que nos inhabilite para empalizar con los demás, todo lo que necesitamos es que nos quieran, saber que, cuando ya no estemos, alguien nos echará de menos, alguien nos recordará para bien alargándonos la vida.