miércoles 7 de octubre de 2009
























miércoles 9 de septiembre de 2009

Geometría de la vida.

La mañana comienza
en este espacio rectangular de mi cama,
el aire de septiembre entra disminuido
tras la persiana a medio echar,
hay levante fuerte, ruge metiendo miedo,
pero no le temo, ya lo conozco,
nunca va más allá,
una actitud chulesca y amenazadora
que nunca rebasa la línea.
Frente a mí, el ropero empotrado
con una bella pantalla de pequeños
espacios luminosos, reflejos del sol
a través de la lámina plástica
de las planas y antiestéticas persianas.
Las ramas de un árbol pasan
a través de esos espacios sombreados
y luminosos con un movimiento entrecortado y poligonal.
La suavidad es curva
y genera una visión continua
dando fluidez a los movimientos,
ese rápido pasar entre esos espacios alternos
produce una visión retardada
como los fotogramas de una vieja película muda,
rama que no se ve, rama que la luz hace visible.
Nunca fui una línea curva,
puede que en alguna ocasión llegara a ser mixta,
ahora, aquí tendida, mi cuerpo es un prisma
que se desplaza con dificultad por un espacio curvo
chocando mis aristas y no encontrando un posible ajuste.
El tiempo, dicen, lima las rectas más marcadas
y los ángulos y vértices se vuelven suaves
como piedras cuyas líneas rectas el mar convierte
en redondeces suaves y brillantes.
A mí no, a mí este viento de levante incrusta
en mis lados más elementos de fricción,
y una se mueve por el mundo
con traje incómodo que se quita pero vuelve a aparecer,
el mismo cuerpo poligonal
como muñecas rusas,
son las figuras imágenes delimitadas
entre luz y sombras,
puede que no haya ni cuadrados ni triángulos
ni paralelogramos que se precien
pero tampoco esferas, ni siquiera conos
puede que no seamos nada,
o luz o sombra, sin más
y simplemente la vida sea aparecer o desaparecer
entre esos espacios oblicuos
que la luz resalta
sobre un plano oscuro.

martes 2 de junio de 2009


domingo 31 de mayo de 2009


































































































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lunes 25 de mayo de 2009

El tiempo tiene su forma particular de andar, unas veces corre, otras pasea, y otras, simplemente, se detiene; pero no para, no abandona, reanuda de nuevo sus paso.

Dicen las malas lenguas que el tiempo no existe, y otros confirman que es oro, pero ni unos ni otros tienen razón.

Lo desperdiciamos o lo sublimamos, a veces, te persigue como cuando te levantas tarde y vas todo el día pillado de tiempo, y otras vas tras él, y nunca lo alcanzas, no tienes tiempo para nada. Pongámoslo en su sitio.

A mí, en estos momentos, me pisa los talones, la obligación se impone y debo atenderlo, si no se escapa, y la realidad con él; otras me abandona y me recoge a las ocho de la mañana.

Hay gente que pasa por el tiempo, como si de pasos de cebra inmunizados se tratara, con la desagradable sorpresa de encontrarse por la izquierda un todo-terreno del tiempo.

Cómo nos gusta objetivar lo aparentemente subjetivo del tiempo. Este queda marcado y delimitado por líneas herméticas y mecanismos de precisión, que nos alertan o nos tranquilizan, mostrándonos continuamente su rostro.

Yo lo veo avanzar con las piernas enquencles que los humanos confundimos con manecillas, pero el tiempo no tiene manos, sino piernas, delgadas pero fortalecidas por el paso de él mismo; pies incansables que paradójicamente se permiten, de vez en cuando, algún descanso.

El otro día lo vi, y, escondida lo observé. Creía que andaba en línea recta, sin embargo, sus pasos iban marcando una espiral basada en un punto en el que sus pies se concentraban. Menudo engaño, no avanzó ni un milímetro del sistema métrico decimal. Y luego alardea de hacer kilómetros, de hacer presentes, pasados y futuros. Ahora sí que no me engaña. Lo malo es que nadie me creerá y dirán, “eso no es cierto, si yo lo vi por allí o por allá, me vas a contar esos cuentos”. Así que yo, que conocí su secreto no me molesto en hacerle caso, ni me dejo llevar ni arrastrar por él. Hago lo que me da la gana porque yo lo he descubierto, no hay nada más estático que el propio tiempo. Así que lo mejor es utilizarlo, manejarlo, llevarlo a nuestro terreno; hacerle perder el paso, romper su espiral.

sábado 23 de mayo de 2009

Cuando, con el euro llegó el redondeo, ella intentó redondear su vida: los dos hijos y medios en tres, sus treinta y nueve años, en cuarenta, su media jornada, en completa, sin embargo, a su medio marido no hubo manera de redondearlo en uno.

lunes 11 de mayo de 2009

Aunque un poco tardío para andar entraba dentro de la normalidad. Comenzó sus primeros pasos después de un corto periodo de gateo.

No hubo ninguna circunstancia llamativa para tan especial cambio, ningún síntoma previo, ningún accidente. Un día Antoñito empezó a andar hacia atrás, no de vuelta, sino al revés; en lugar de ir de frente era su espalda la que avanzaba. Sus pies se adelantaban pero de forma inversa.

Al principio algún grito de su madre le obligaba a rectificar, ¡este niño está tonto! ¡¿Quieres andar como las personas normales?! Pero en el momento en que su madre se giraba, él iba a su cuarto, al salón, a la puerta de la calle andando de espaldas.

El tampoco daba crédito a lo que ocurría, pero al contrario que antes de que le pasara esto, hubiera considerado tremendamente difícil dirigirse a los sitios andando hacia atrás. Y precisamente era el modo normal que usa le gente el que realmente le costaba ahora.

Cuando la costumbre rara del niño se convirtió en algo tan evidente para todos, amigos, familiares, profesores, porque Antoñito practicaba su modo peculiar de andar en cada paso de su vida diaria; sus padres, muy preocupados, decidieron llevarlo al médico que recomendó realizar varias pruebas para descartar o confirmar alguna patología que hiciera posible explicar aquella situación. Pero, aparte de detectar una mayor capacidad en agudeza visual periférica -por otro lado justificada por la manía adquirida del chico que, facilitada por la plasticidad cerebral en estas edades, potenciaba adaptaciones rápidas y establecía nuevas sinapsis e interrelaciones entre distintas zonas neuronales-, la causa no aparecía por ningún sitio.

Los padres no entendían nada y los médicos se limitaron, por falta de diagnóstico, a tratarlo con algún que otro fármaco y pasar la patata caliente a sus cercanos colegas neuropsicólogos y psiquiatras.

En la terapia psicológica no basta simplemente una prueba aquí o allí. Para determinar un diagnóstico tampoco se cuenta con el golpe de efecto del medicamento milagro. Para lograr un tratamiento eficaz son necesarias muchas sesiones, sobre todo en este caso, donde no sólo el paciente debe ser estudiado, sino toda la familia debe implicarse en la solución del problema. Tiempo que Antoñito siguió con su “cosa”, palabra tabú que la familia comenzó a utilizar para hablar del tema y evitar llamar la atención del chico.

Resumiendo, se probó con la indiferencia, extinción de su manía, destruyendo todo posible condicionamiento y reforzando aquellas otras conductas ajenas al problema con premios, refuerzo y apoyo social. Pero no funcionó, los padres, hartos un día de aplicar la fórmula y no obtener ningún progreso, decidieron la otra opción: amor duro. Castigarlo sin salir de casa –al colegio lo llevaban y traían en coche-. Perdió la play, los dibujitos, el postre preferido… hasta que se dieron cuenta de que estaban convirtiendo a su hijo en un prisionero, tratado más como un delincuente que como un enfermo.

El caso era muy extraño y más extraña la facilidad con que Antoñito se movía de este modo cada vez mejor por la vida.

Ningún trauma, ningún contagio, ningún traumatismo, ningún capricho infantil, pero la patología persistía. Por lo demás era un niño muy normal, que llevaba bien sus estudios, con una inteligencia más bien alta, sin celos ni inseguridades pueriles. Por el contrario, se relacionaba muy bien, y, entre sus amigos se iba convirtiendo en un héroe. Sus compañeros le proponían retos que conseguía con una actuación perfecta.

Poco a poco el país entero fue conociendo la cualidad especial de Antoñito, y con el paso de los años, Antoñito fue aprovechando esta capacidad para ganarse la vida. Estuvo trabajando hasta en un circo de funambulista, su número llenaba el aforo de las ciudades donde actuaba, pues, aunque hay profesionales en esto muy expertos, ninguno como el Gran Antoñito, El Hombre Cangrejo, que hiciera su actuación con tal destreza dando pasos hacia atrás.

Lo llevaban a programas y contaba sus experiencias, las sensaciones tan distintamente perceptivas que suponía ver cada movimiento, cada avance desde esa perspectiva. Incluso cuando iba en coche prefería mirar por el espejo retrovisor y era tan conocido que desarrollaron un modelo especial para él. No había faceta o experiencia de la que no pudiera disfrutar.

Antonio era una persona excepcional por este aspecto, pero, por lo demás, tremendamente normal. No faltaron expertos filósofos y sociólogos que especulaban con teorías existencialistas sobre la interpretación de tal forma de andar; cómo los objetos observados, experimentados en la ida, transmutaban las realidades. La visión que proyectaba no hacia la meta, sino desde el punto de partida, en las cosas, imprimía una trascendencia del espacio vivencial con respecto a los estímulos registrados ancestralmente en nuestro esquema cognitivo provocando respuestas en nuestros órganos y alterando substancialmente nuestro disco duro, modificando de este modo la realidad, que probablemente sería percibida de modo tan radicalmente diferente.

Esta teoría transformaría la historia de la Humanidad, si este caso dejara de ser una excepción para configurarse en toda una regla. Sin embargo, Antonio era un joven típico, que, a pesar de su supuesta discapacidad, se readaptaba continuamente a la vida cotidiana.

En fin, harto y cansado de ser tanto centro de comentario, argumentos y filosofías baratas, buscó apartarse del foco de atención, mantenerse al margen y comenzó con empeño sus estudios universitarios en una facultad de ciencias muy prestigiosa.

Quizás debido a la alteración físico-espacial de la que era objeto, se interesó por la rama físico-nuclear, campo con amplios márgenes de actuación. Pretendía convertirse en alguien anónimo dentro de lo posible, por lo demás imposible, pues su fama había llegado a cada rincón del planeta, y allí donde fuese, nunca podía pasar desapercibido.

Eligió una especialidad que lo mantuviera lo más oculto de la gente, y se centró con una minuciosa investigación en un laboratorio, dedicando horas y horas delante de microscopios y aparatos de alta tecnología, analizando tales o cuales resultados, nanomagnéticos de la partícula iónica combinada con dos electrones de hidrógeno.

Su tesis se finalizó con interesantes resultados que no repercutieron, sin embargo, en nada para explicar qué dichosa alteración había tenido en su organismo.

Solicitaron su presencia en un congreso sobre investigaciones punteras en física nuclear. Preparó su presentación. Cuando llegó su turno situó sus folios en el atril, sobre la transparencia, sus fórmulas, dibujos y mapas conceptuales; carraspeó un poco y comenzó diciendo:

- Queridos colegas, con mi tema de investigación he deseado acercarme a la verdad desde los orígenes y poder crear un marco conceptual, que no abandone los pies en la tierra, porque, como creo haber oído decir a mi padre, hay que avanzar sin perder de vista de dónde vienes.

Cuando concluyó su exposición, y entre aplausos, salió andando hacia el frente, pie derecho y luego izquierdo, y la mirada hacia sus compañeros de mesa.

Desde aquel día, no volvió a andar hacia atrás, aquella extraña capacidad, tal como llegó, se fue, y, como en aquella ocasión, tampoco ahora pudieron encontrar una respuesta a tan ilógico cambio.

“Es raro el ser humano, en ellos suelen darse circunstancias que son difíciles de explicar”.