domingo, 13 de enero de 2013

Cosas que ocurren en lugares perdidos





Hablamos de un pueblo de cuyo nombre no me acuerdo, perdido en una sierra de nuestra extensa geografía. Se llega a él subiendo una espiral de estrechos caminos. Oculto en la montaña llegamos de casualidad, después de serpentear en pendiente, largas, peligrosas y mal asfaltadas carreteras.

Tiene pequeñas casitas blancas con techos de tejas viejas de piel marcada por lluvias y nieves. Azotados por vientos, desde una eternidad que se pierde en la memoria.

Apenas creció el pueblo un par de kilómetros bajando la ladera. El pueblo es frío en invierno y caluroso en verano. De unos años para acá, tiene muchos visitantes, sobre todo los fines de semanas. Llegan con sus coches, que apenas pueden entrar por las calles, así que los aparcan normalmente en la pequeña explanada de la entrada, donde un discreto rótulo anuncia el nombre del pueblo y da a los visitantes la bienvenida. Tiene para estos el pueblo una peculiaridad especial, que les atrae como un espécimen en extinción. Todos alaban su aire puro y su buena comida.

Llegan familias con sus hijos que dejan corretear libres por las escasas calles del pueblo, despreocupados y relajándose de la tensión que traen de la ciudad. Parecen aves a las que se les abre la puerta de la jaula y salen en estampida revoloteando sin ton ni son de aquí para allá, disfrutando de un parque temático natural. Aquí no hay peligro para los chicos, nada de coches ni muchedumbre de gente anónima y sospechosa. Van saludando a los viejos que se sientan al sol en las puertas de sus casas. Se ven pocos jóvenes y la mayoría de los que se ven, no son del pueblo. Vienen parejas que alquilan alguna casa vacía o se hospedan en el coqueto y único hostal del pueblo, también situado en la plaza del Ayuntamiento, porque todo lo importante se encuentra allí: el bar, la farmacia, la pequeña escuela, la casa de la maestra, la del médico y por supuesto la vieja iglesia de piedra románica.

Son pueblos añorables como de una época utópica de gente buena y costumbres sanas. Sobre los que expertos sociólogos y antropólogos, forasteros en general opinan erróneamente. Donde uno al final se queda con la imagen simple y naif, como si no pasara de la antesala del conocimiento. Qué leche, aquí nos las veíamos bien crudas, nos diría cualquier parroquiano. Esta tranquilidad y vida sosegada, de feliz apariencia sólo es producto del paso de los años en sus cuerpos que ya esperan la muerte. Todos ignoran sus manos encallecidas y amoratadas por el frío y duro trabajo. Sus espaldas arqueadas de trabajar la tierra, la piel curtida por un sol implacable, de soledades por caminos pedregosos pendientes del ganado, a veces sólo cubiertos con un saco cuando la lluvia o la nieve les sorprendía. Vidas que comienzan con el canto del gallo y duermen cuando aúlla el lobo, aunque sin descanso. Mirando al cielo preguntándole sin hallar respuesta. Para qué tanto trabajo y sufrimiento. Luego en la casa mujeres atendiendo las rutinas del comer, el cuidado de los hijos, los quehaceres propios, sin comodidades domésticas y colaborando con el marido en el cuidado de animales y del campo, mujeres y hombres fuertes, recios que envejecían pronto y mal. Ahora, tienen su tele, su frigorífico y lavadora, sin embargo, no dejan a pesar de estas ventajas, sus manos ociosas. Ahí las veis en la casapuerta con sus labores o en la cocina haciendo panes, tortas, dulces de la época o guisos que ya no saben igual.

Uno entra en el pueblo y le inunda la añoranza, el recuerdo ancestral de nuestra existencia primigenia. Pero esa pureza no estaba exenta de sufrimientos y penalidades. Ese pueblo para niños caprichosos de ciudades anónimas y crueles, miran haciendo una lectura de fantasía e irrealidad, como se leen los cuentos, con ojos soñadores. La magia del paraíso perdido y recuperado en este paisaje humano y natural de un mundo ideal y fuera del tiempo.

Después de subir y bajar callejuelas, entrar en la pequeña iglesia y visitar el modesto museo, que cómo no, también está en la plaza del Ayuntamiento, con aperos de labranza, cencerros y silbatos del pastoreo, trajes regionales, mantas de pura lana, artilugios rústicos y toscos pero con encanto, residuos de un reciente pasado. En otras estanterías se ofrecen productos típicos de la zona, dulces artesanales, quesos y jamones, mermeladas caseras y por supuesto, vinos exquisitos.

Al anochecer cogen sus coches ruidosos y dejan de nuevo al pueblo sumido en un bullir de luces alejándose y un tímido alumbrado acompaña a un inmenso silencio.

La gente del pueblo es afable y de fácil conversación, tratan a los visitantes con cariño y hasta agradecidos por traerles distracción y alegría. Los forasteros pasean con la curiosidad de lo novedoso de un tipismo que para sus habitantes no es más que su rutina dura del día a día. Le alaban la suerte que tienen de poder disfrutar de esta tranquilidad y de su paisaje. Los del pueblo sonríen cuando oyen esto, y los compadecen por su ignorancia e ingenuidad infantil.

De un tiempo a esta parte lo visitan también algunos extranjeros, vienen de países lejanos, son altos y rubios, elegantes y educados. Son mayores pero se mueven ágiles y seguros. Visten bien y traen enormes coches que para nada les sirven aquí. Preguntan mucho y hablan con la gente del pueblo, se dan a conocer y sobre todo quieren saber si hay casas a la venta. Quieren probar sus comidas, saborear sus vinos, que los vuelven locos. Normalmente silenciosos, cuando llenan sus estómagos con el buen comer y aclaran sus gargantas con el buen vino de la tierra, se convierten en personas ruidosas, arman escándalo y son más desinhibidos. Ríen a carcajadas y sus rostros de natural blancos se transforman en rojo bermellón. Les hacen chiribitas los ojos, felices como niños.

Cuándo recogen concienzuda información, se compran la casa más grande del pueblo, la transforman, la reparan, la embellecen y ya instalados, te los ves muy temprano salir con sus perros de paseo.

Hablemos ahora, de Antonia, una mujer mayor del pueblo, con pañuelo a la cabeza y vestida de negro. Como todas las mujeres de su edad, después de hacer sus faenas de la casa, se sienta a la puerta a continuar con su labor de punto o costura, una toquilla, algún jersey, un pañolito bordado o tal vez, algún remiendo.

Antonia vive frente por frente con uno de estos extranjeros. Una pareja encantadora de sexagenarios, pero que al lado de ella, que tiene la misma edad, aparentan ser unos jovenzuelos. Tienen un perro grande de pelo rubio venido a blanco, como el de ellos. Entre saludo y saludo, supo que eran ingleses pero hablaban perfectamente nuestro idioma y se entendían con facilidad. Hasta captaban las bromas típicas de los viejos, sin embargo, a ella le costaba a veces entender su hosco sentido del humor, un tanto irónico y con dobleces. En ocasiones no sabía bien si la estaban halagando o se estaban riendo de ella, casi mirándola por encima del hombro. Cuando la hacían sentir así, pensaba para ella: vaya, tal vez, no tenga tan exquisita educación, pero aunque pobre y con pocos estudios, estoy orgullosa de cómo me han criado mis padres, honrada y trabajadora. Además había aprendido como pocos a leer y a escribir. Aunque los documentos oficiales que recibía siempre tenía que aclarárselos algún nieto, pero eso, no era por falta de ella sino por defecto de ese lenguaje enrevesado de esos impresos. Que lo hacen a propósito para confundirnos y sacar provecho de nuestra honradez e inocencia que de trucos y sinvergüencerías no entendemos.

Los señores Preston llegaron aquí hace unos seis meses. En las fiestas del pueblo donde las mujeres hacen dulces y embutidos, y los hombres matan cerdos, ellos participan en el jolgorio. Tienen ya amigos pero no son del pueblo. Son compatriotas que vinieron igual, comprando viejas casas, reconstruyéndolas a todo lujo y dinero. Así que, les gustan nuestras costumbres, se relacionan con la gente del pueblo, pero sólo hacen amistades entre ellos.

Son curiosos, les gusta aprender y siempre se lo llevan todo a su terreno. De tradiciones y costumbres selectas y férreas que adquirieron de allí de donde vienen y que no abandonan al llegar aquí.

En el pueblo se hacen unos dulces riquísimos. La panadería se pone las botas los fines de semana. Son pastelitos de manteca de cerdo, harina y huevo. Unos se espolvorean con azúcar, otros llevan trozos de frutos secos y algunos se mojan en miel. La variedad no es muy grande pero están todos hechos con productos naturales y sus formas y adornos los hacen diferentes, pero a cuál más rico y sabroso.

A estos ingleses les gusta el chocolate. Aquí no sabemos si por tradición o pobreza, se usa poco. Así que imitando a la gente del pueblo, aprendieron a manejar con las manos la repostería típica de la zona y les incorporaron la nueva delicia, el chocolate o chocolate, como les llama ellos. La gente no reaccionaron bien al principio pues les gustaban sus sabores acostumbrados, sus galletitas y pastas, sus tortas blanquitas y esponjosas, y no les atraían de entrada aquella capa dura y oscura. Poco a poco probaron lo nuevo. Se creó la polémica, que si son más buenas que las nuestras, que si no. Que dicen que tiene poderes afrodisíacos, que si han dicho que más de uno después de comerlos ha hecho alguna locura, y eso que hacía años que andaba aquello muerto. Las mujeres más conservadoras discutían con las innovadoras. Aquello se estaba convirtiendo en casi una religión, donde las capillas enfrentadas eran las casas donde se reunían alrededor del horno las unas y las otras. El diablo había hecho acto de presencia en forma de esa capa marrón y reluciente con un sabor persuasivo y dosis de locura. Pero sobre todo es que estaban riquísimas y de sabores nuevos.

Antonia una vez  las probó, se las ofreció la vecina y para no ser mal educada las aceptó. Si hay que decir la verdad, ella aparte de placer gustativo, no sintió nada más. Tuvo que reconocer no con cierta reticencia y hostilidad, casi a regañadientes como una niña, vale están buenas. Vaya que si lo estaban, tal vez, fuera la novedad del sabor, de vez en cuándo apetece probar cosas distintas, aportan variedad a la vida. Es eso lo que al fin al cabo buscan esos ilusos aquí.

La seguridad que siempre habían tenido en sus costumbres y tradiciones, se tambaleaba. Su fe en sus creencias encontraban un enemigo, un rival. Que alteraba, como los jóvenes rebeldes, la rutina establecida, misa los domingos a las doce a la llamada de campanas. Campanas que ya sólo avisaban cuando Manolo se encontraba bien de su pierna y los dolores le daban un descanso para poder subir al campanario. Total, el horario es el de siempre y a pesar de la mala memoria de los viejos, parecen tener un reloj incorporado en su monotonía y como autómatas se dejan llevar.

Antonia pensaba que el pueblo estaba cambiando y no sabía si alegrarse o no. Porque a ella también le gustaría mirarlo con los ojos nuevos de los visitantes, con la mirada inteligente y suspicaz de sus extranjeros. Poco podía añadir ya Antonia para mejorar su vida, ya quedaron atrás aquellos duros años de criar hijos con la dureza y los límites de la pobreza.    

Probó la nueva religión del chocolate que poco a poco fue instaurando y mezclándose entre los típicos y artesanales dulces del pueblo con estos modernos e internacionales, aunque también artesanos. Competían en la acogedora pastelería, que ahora desprendía sus nuevos olores animando el viejo y entumecido espíritu de la gente del pueblo. Mostrados en el escaparate lucían hermosos y golosos, ¿quién no pegaba la nariz a sus cristales?

Pronto se hace el pueblo a las nuevas costumbres, pronto sacan algún dinero de las casas que los muertos o los hijos que marcharon dejaron vacías.

Y Antonia como cada día se echa la mantilla al hombro que cruza por la cara y agarra cubriéndose la boca para evitar el frío aire de la mañana, camino de la iglesia a rezar un Padre Nuestro y el Ave María, y después de vuelta a casa de nuevo. La señora Preston le trajo ayer una bandeja con sus galletitas de chocolate y estaba impaciente, después de cumplir con sus obligaciones religiosas, coger su cafecito y comer una o dos de esas delicias.

El pueblo protagonista y espectador de estas pequeñas cosas, algo añoso y moderno a la vez, no deja de ser simplemente un pueblo, como otros perdidos en esta extensa tierra de un mar de mundos, pequeños, anónimos, silenciosos que pasan por la vida ocultos y desconocidos entre estrechos caminos y angostas carreteras, como lugares mágicos sorpresivos, como aparecidos por arte de birlebirloque, entre las manos o la caja cubierta por un pañuelo de un mago.

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