sábado, 13 de abril de 2013

Un paseo por el parque temático.



Es lo bueno de estar en el paro que tienes tiempo para pensar. Nos hemos acostumbrado demasiado a engullir información con la ingenua idea que lo que salía en prensa o televisión era verídico, ver para creer. Después vino internet que aparentaba un resquicio de libertad y  ecuanimidad, sin embargo comprobábamos que era información falsa o manipulada a veces. En ocasiones podía llegar a ser incluso peligroso, por saturación. Hay que dudar de muchas fuentes, de anzuelos echados al mar de la ignorancia, como imagen independiente, sin embargo controlada por organismos de poder. Aún debemos ser más críticos y selectivos en ese universo del todo vale y cualquiera puede opinar. No se trata de evitarlos sino de ser muchísimo más escrupulosos con qué o quién hay detrás de la noticia. En ocasiones detectas intereses ocultos o tergiversados.
El hombre racional ha sido educado incidiendo en el sentido de la visión antes que en el del sentido crítico o el del olfato.  Si algo se ve, es que es. Cosas gravísimas ocurrieron en el siglo pasado, que costaron creer y que incluso hoy en día algunos dudan o ponen en cuestión, hasta que las cámaras no filmaron o fotografiaron sus dramáticas consecuencias. Fueron ninguneadas, obviadas y cuestionadas, dadas por situaciones excepcionales. Las pruebas evidentes dieron fe de la dantesca realidad. Pero suele ocurrir que intereses particulares prevalecen sobre el interés común de conocer la verdad, entonces expertos en la comunicación apoyados por otros profesionales prefieren vender su honestidad y dignidad a un poder interesado. Valiéndose de sus conocimientos para crear y fomentar la duda sobre lo que vemos poniendo en curso artimañas tecnológicas, discursos distorsionados e imaginación perversa. La duda es un arma de doble filo y una herramienta eficaz tanto para ser cautelosos en nuestras convicciones como para hacernos más vulnerables y susceptibles a la manipulación informativa. Lo que en principio es un método de rigor nos deja al final expuestos a aceptar cualquier conjetura, siempre y cuando sean expuestas de manera convincente. Y el poder tiene a su alcance todos los medios convincentes. Un ejemplo quizá trivial hasta cierto punto y donde se puede comprobar esta controversia que en última instancia  no deja nada claro, es la polémica si el hombre pisó o no la luna.
Poco ha evolucionado el hombre desde sus primitivos comienzos. Aquellos humanos creían en dioses de la naturaleza, entregaban su vida y esfuerzo por conseguir sus favores y protección. Tal vez hoy en día con el recorrido tecnológico y científico (qué fue antes el huevo o la gallina) que hemos realizado, y  considerando nuestra vulnerabilidad y desconocimiento tan enorme nos agarramos a dioses todavía impalpables. Abandonados nuestro dios sol o luna, viento o fuego, aún nuestros cerebros están dispuesto a aceptar teorías posibles basadas en una cierta intuición, de otros seres superiores que nos controlan y dirigen, o que nos otorgan “el libre albedrio”. Poder incluso imaginar un mundo virtual como el de Matrix.
Acaso no adoramos a dioses sin nombre ni rostro, o quizás con nombres, con muchos nombres. Les tememos, les ofrecemos sacrificios, son omnipotentes y se manifiestan con profecías y sus consiguientes profetas. Dictan dogmas de fe. Les rodean un misticismo que oculta su imagen, su corporalidad e identidad, sólo manifiesta a través de sus gurús, brujos o magos de un universo financiero, poderoso e inescrutable. Estos dioses tienen también su vocabulario subrepticio, bolsa, prima, quita, corralito, preferente, palabras conocidas con significados distintos y otras ajenas como Ibex, Hedge-found, sin que les preocupen hacerse entender. Sólo la fe y la confianza en su poder benévolo y  de su conocimiento supremo, incognoscible para la gente corriente. Debemos tener fe en ellos y de ellos dependemos. Dioses de los que desconocemos su verdadera esencia pero de los que percibimos su fuerza y su poder. Que llegan a nosotros a través de una estructura jerarquizada, de la que sólo conocemos sus cabezas visibles y que vemos a veces caer, sacrificados por el dios supremo, quemados en la hoguera pública  y mediática como ejemplo de herejes castigados. Personajes que después de los fuegos artificiales, nadie llega a saber más de ellos, hasta que algunos vuelven a salir a la luz mostrando su redención con un libro bajo el brazo. Libro que después de un pequeño paseo por los medios de divulgación que se prestan al juego, no ofrece mayor interés, que el que se reporta a su cuenta bancaria y a esos medios de comunicación con una gran audiencia bobalicona e ingenua cuánto menos y siempre fiel a sus verdugos.
Tras un adoctrinamiento soterrado, que subyuga y domina cualquier ideología, la opinión pública y ordinaria nada puede modificar ante todo un engranaje de poder que controla y maneja lo que quiere a su antojo.
Podríamos hablar, aunque nos tachen de exagerados, que el mundo entero está en guerra. Una batalla donde el ejército viste de Armani y las bombas y armas de destrucción masiva son números que suben y bajan arbitrariamente sin base objetiva y racional y si por dictámenes intencionados que manipulan estos nuevos dioses de la economía.
Cada mañana desayunamos un engrudo de proteínas e hidratos de carbono mezclados con sustancias tóxicas desconocidas y especialmente camufladas con colorantes vistosos y sabores agradables que después se nos indigestan o nos envenenan lentamente. Es la cruda realidad, la maldición de los dioses que nos envían sus plagas-crisis. El castigo divino por esta Sodoma y Gomorra del despilfarro, ellos que tan austeramente han vivido en sus tronos conseguidos por obra y gracia del espíritu santo, don esfuerzo.
Qué es lo que quieren de nosotros, es una pregunta retórica claro, porque todos sabemos que lo que más desean es mantener el control sobre todas las cosas. Que nunca estés seguro de nada, que los necesites para vivir, para respirar. Debes estar siempre agradecido de su benevolencia y acepta abnegadamente todo lo que te envíen y decidan porque es por tu bien, por la humanidad. Con tu esfuerzo, con tu entrega, con tu sacrificio, con tu dignidad, con tu vida si es necesario, el mundo será mejor y conseguiremos el paraíso aunque no el de ellos, que es el fiscal.
Esta guerra, como todas las guerras tiene sus muertos. Éstos a veces no tienen sangre, deambulan entre nosotros aparentemente sanos, pero van heridos de muerte. Nadie habla de estos muertos unos porque se sienten ofendidos, otros porque lo niegan, otros porque prefieren mirar para otro lado porque resultan incómodos, pero todos no son sólo números, no son trozos de carne. Son personas con nombres, con rostros, con sentimientos, con toda una vida detrás y probablemente sin vida hacia adelante. Pero que importa, ellos, los magnánimos, desde arriba van repartiendo su bondad y han entregado sus vidas por nosotros, qué menos podemos hacer nosotros por ellos, ¡oh! sus insignificante fieles, que obedecerles, adorarles, respetarles, aceptando con humildad sus voluntades. Porque ellos nos aman, somos sus hijos hechos a su imagen y semejanza. Como buen hijo entreguémonos en cuerpo y alma al sacrificio por amor a nuestros dioses y con la esperanza de  la vida eterna.
Los dioses nos quitan el vergel y de nuevo nos hallamos en el desierto. Bienaventurados nosotros que sufrimos porque nuestros dioses nos recompensarán. Hoy aceptemos su maná dosificado, mínimo, austero. Nuestra soberbia nos destruyó, cualquier cosa ahora añadida desde la nada es un regalo divino. Así que hemos perdido más que el paraíso, hemos perdido la esperanza de que un ser humano anónimo tenga derechos que sólo pertenecen a los dioses. No aprendimos con el Génesis, los dioses nos han tenido otra vez que poner en nuestro lugar, ese que nos hace merecedores, esclavos, súbditos de su poder, aceptando agradecidos su voluntad suprema, un día después de la muerte, seremos recompensados.  

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