viernes, 19 de septiembre de 2014

Alter Ulises




Ulises mira hacía la lejanía esperando que vuelva su amada. Ella partió hace años en busca de Ítaca, emprendió su aventura para hallar ese paraíso donde vivir juntos eternamente.
La espuma del mar juega con su imaginación, le engaña haciéndole creer ver en cada encaje de ola, las velas del barco que la retorne a casa.
Quedó fija en el recuerdo su bella imagen en aquella dura despedida, abandonando el puerto, alejándose hacía un destino perdido e incierto, diciendo adiós con su menuda y delicada mano y sus cabellos agitados por el viento y brillando al sol.
Pero el horizonte es un espejismo, un oasis engañoso en ese desierto salado y los barcos vienen y van, los ve pasar uno tras otro, sonando sus sirenas, desapareciendo entre las brumas, como cuerpos etéreos desvaneciéndose, por la línea que marca la vista, donde más allá se pierde el mundo.
Al igual que barcos de papel, se deshacen sus ilusiones en la inmensidad de la esperanza de volverla a ver, cuando continúan su viaje hacía otro puerto, otro lugar, otro destino.
Es su único impulso seguir cada día, movido por el deseo de que uno de esos barcos la vuelva a traer a sus brazos.
Caen las hojas del calendario y él continua subiendo a lo alto de aquella roca, donde chocan las olas como el desánimo en su espíritu, tratando de divisar cualquier indicio, el mástil de un barco, unos remos, un cambio en los elementos. Agudiza el oído tratando de reconocer entre los graznidos de las gaviotas y el ulular del viento la sirena que anuncie su llegada.
Sube allí  con su traje de domingo, quiere que cuando ella regrese lo reconozca a lo lejos y sepa que él, como le prometió, la sigue esperando, que su amor es fuerte y sincero, es paciente y eterno.
Nada más llegar el amanecer, cuando el sol todavía no alumbra el cielo y pide permiso a la luna y a las estrellas para poder entrar en escena; mientras se intercambian saludos y se hacen las despedidas; donde se dan consejos y buenos deseos para el nuevo día y se cuentan detalles y pequeños percances que la noche trajo –unas nubes densas y tenebrosas que se unieron en un abrazo y en pocos momentos envolvieron en tinieblas la oscuridad luminosa de un estrellado cielo–, él aprovecha para hacer el camino y llegar con la salida del sol a lo más alto del cerro.
Al fin sol y luna hacen el relevo y la luz de un bello día aparece como la fe en el reencuentro. Ulises saluda a un estrenado sol, le da las gracias por traerle un nuevo día y entona una oración, que su luz le ilumine en su búsqueda, que en la confusión que impone la distancia logre divisar el regalo que tanto ansía. Ruega que hoy la tierra se convierta en cielo donde sus ojos, al fin, puedan gozar de su presencia.
Pero baja y sube la marea para volver a bajar, como el sol allá en el otro mar del cielo. Cae la tarde fría que trae la brisa del mar y el rumor de las olas le canta ahora melancólicas canciones de amor. El sol se despide, un día más se marcha sin traerle a su amada.
¡Mi Penélope! –suspira–, soy tu amante fiel que te espera. Ven a mí, no tardes, vida mía.
Apenas queda ya un hálito de luz y la fe tiene que hacerse fuerte. Ulises se dice, tal vez mañana. ¡Mañana será el día!
La noche se impone como la certeza, se hace señora de la cruel realidad.
Un día más le llena su ausencia. ¿Son lágrimas esto que escuece en mis ojos? ¿O es sólo sal que las olas salpican? Se pregunta amargamente.
Desanda el camino hasta el siguiente día, de vuelta a la soledad del hogar. Mi amor, ven pronto, tu amante te espera, se dice no por miedo a que flaqueen sus fuerzas, sino por entablar una continua batalla con el olvido, ese enemigo implacable de la memoria. Y no existe mejor antídoto que mantenerla siempre alerta.
De saber cuál sería ese gran día, la fecha que marcara indeleble el feliz reencuentro; de haberlo sabido, hubiera dibujado el cielo de bellos fuegos artificiales, lanzado al viento cometas y globos multicolores, echado a volar palomas blancas, arrojados pétalos de flores sobre el mar, engalanado el muelle con farolillos y guirnaldas y la hubiera esperado en el puerto un cuarteto de cuerda, tocando la suite para chelo de Bach. Las notas de sus acordes enmudecerían el rugido del mar y él, desde lo alto, estaría agitando los brazos sin descanso y lanzando gritos al viento, llamándola por su nombre. Cuando el barco estuviera próximo al puerto saldría corriendo para que, cuando sus pequeños pies posaran la tierra, los dos se fundieran en un apasionado beso.
Como una plegaria repetía, Penélope, mi amor, aquí me hallo esperándote y vivo gracias a ese sueño. Ruego a todos los dioses que me recompensen hoy con tu regreso.
Pero ella llegó un día sin avisar, y él estaba esperándola allí arriba, oteando el horizonte, como otro día cualquiera, como aquel en que ella se lanzó a la mar con la promesa de encontrar para ambos, ese paraíso donde vivir por siempre su amor verdadero.
A pesar del fondo traslúcido que el sol en el agua pintaba con reflejos sobre el paisaje, le pareció ver a lo lejos el barco donde hacía ya tanto tiempo Penélope se alejó.
Salió corriendo desde la loma para llegar a puerto cuando el barco arribara. Llegó apenas sin aliento cuando los pasajeros se disponían para bajar por la rampa de desembarco. Ansioso buscaba entre ellos, niños, mujeres, hombres y viejos que iban bajando, pero entre la multitud uno sólo tiene ojos para la persona que busca.
Ella desde arriba sobre las cabezas de rostros ajenos, muchos amigos y familiares saludándose, abrazos, besos y llantos de alegría, sin embargo, entre toda aquella celebración, buscaba y no hallaba. Ambos con el corazón en vilo y el aliento contenido por el desasosiego, insistiendo aunque aún seguían sus miradas llenas del vacío del otro.
Veintitrés años de ausencia, de caricias sólo soñadas, de memoria de un cuerpo, de una voz, de una sonrisa, de una mirada, de un beso. Cubrió la hiedra de una casa abandonada sus ventanas, como ojos ciegos, y buscándose se cruzaron y no se reconocieron.

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