jueves, 28 de junio de 2012

viernes, 22 de junio de 2012

África

África es una pera jugosa, la próxima fruta a comer.

El viejo continente muere de inanición, por propia voluntad o por un suicidio colectivo, promovido e incitado por gurús de la economía que ahora echan sus ojos golositos a las carnes frescas y morenas de la virgen África.

Hincaron ya el diente en el Asia Meridional, más por materia humana que por prima. Ahora le toca a esta caliente, diversa, joven, exuberante y pobre aunque inmensamente rica en vida orgánica y mineral, África, la madre entre las madres, donde surgió el alma primigenia.

En cuanto pongan en orden y firmes a sus dirigentes y aliados, en cuanto llenen sus bocas y bolsillos, en cuanto ya no interesen ciertos conflictos, ahí estarán los blanquitos emigrantes del negocio, y algún que otro negro o seminegro por aquello de la paridad racial, llamada más correctamente étnica. Sus ojos clínicos saben detectar el lugar y el momento más adecuado, linces en artimañas y juegos bursátiles. Sin importarles que los que queden aquí, se conviertan en los nuevos pobres del mundo.

Arrastrados a matanzas, donde sea conveniente inventar un conflicto y poner a raya a algunos que se salgan del plato y tengan la osadía de enfrentárseles. Que sepan quién manda y el que manda dispone, y al mandado se les echa desperdicios humanos, animales adiestrados para matar, para odiar, para cegarse contra el otro. Ejércitos dispuestos a morir por ellos, engañados o convencidos, a cambio de qué, ¿de honor? De otra compensación, el azúcar después de acometer con destreza la gracieta de turno, la pirueta o la palmadita, con servil entrega.

Ya se están dando los primeros pasos. Una retirada conveniente, hacerles creer que alcanzan estatus, control de sus riquezas, autonomía en sus políticas sociales…Pero, quiénes manejan los hilos de estas marionetas, siempre serán los mismos, los que tienen la última voz. Hacerles creer que ganan, para ser ellos los únicos en vencer al final.

Amiga África, ojo con las manos que mecen vuestras cunas. Crecer al fin de vuestras tierras vírgenes, secas por egoísmos. Beber de vuestros ríos y lagos y recoger los frutos de vuestros úteros. Ganar esa lucha por el bien del mundo, aprender de nuestros errores. Dicen, que nadie aprende por cabeza ajena; basta que de vuestra ancestral experiencia maméis. Aún que conserváis la esencia de la vida, que no os maten más ni de cuerpo ni de espíritu. Por el bien de la humanidad. Que así sea.

Este es su discurso prepotente: África ya estás preparada para recibir nuestras bendiciones.





Niños gordos


Hay muchos niños obesos en España, algo debemos estar haciendo mal, dijo el doctor.

Este mundo ha sido sometido a una o varias operaciones de estética, pero ni el colágeno, ni los estiramientos han conseguido hacerlo pasar por más joven. Este mundo está envejeciendo. Su aire, su tierra, su agua, ya no tienen la plenitud de la adolescencia. Su espíritu e ingenuidad, están degenerándose. Las mentes están chocheando, como se diría ahora enferma de demencia senil.

La línea levemente curva, más bien recta, excepto allí donde entró el bisturí, que hoy en día se le exige a la mujer, también, con sus diferencias cualitativas y cuantitativas se les pide al hombre, y hasta al niño.

Quedaron lejos la voluptuosidad de las carnes femeninas, quedaron lejos niños rollizos tan admirados con sus gorditos y colorados mofletes, síntomas de buena salud. Se perdieron en este camino la sensualidad del vello en el hombre, característica masculina desde nuestros amigos y parientes los primates.

Que los niños coman sano…, creo que nunca comieron mejor sólo que en las etiquetas  se esconde la trampa entre tanta letra pequeña.

En los tiempos donde encontrar un yogur en el frigorífico podía ser un objeto de disputa, al parecer nos criábamos más sanos. Con nuestros bocadillos de chorizo, el pan con chocolate o pan con aceitunas, hasta las chucherías eran más sanas.

Querido doctor, queridísimos expertos, por qué antes de acusar a la población , a esas madres desaprensivas que sólo saben dar bollería industrial a sus hijos, no buscáis el mal en las fábricas, en esos productos saturado de estabilizantes, conservantes, grasas insaturadas y saturadas desconocidas, potenciadores del sabor y aroma, etc. etc.

Observemos nuestros sanos productos del campo, llenos de nitratos, fertilizantes de origen innombrable, y pesticidas. Cultivos regados por aguas contaminadas con materiales orgánicos e inorgánicos, extremadamente peligrosos.

Ese ganado tan proteico cargado de hormonas, alimentados con productos transgénicos o con pastos fumigados.

Estos señores que envenenan el aire con sus contaminantes chimeneas, fábricas que producen alimentos muy saludables.

Querido doctor de la tele, tan afamado va usted repartiendo pedagogía barata, tan cómodo en su sillón del despacho desde donde riñe a sus enfermos y concede amablemente de vez en cuando una entrevista. Siempre por amor a la información, la divulgación  en pro de la salud y la educación de la población. Va siendo hora que por respeto a su juramento hipocrático, diga la verdad al fin. Y si es necesario póngase en contra de los verdaderos culpables, al menos irresponsables productores, deseosos de hacer negocio. Son los que están jugando con la salud de todos. Los peces, carnes, frutas y verduras y todo lo que sale de sus mercados, alimentos que ponen a la mesa esas cualificadas madres, anda engordando a sus hijos como pollos en granjas o peces en piscifactorías o cerdos y vacas hormonados o que comen pastos o piensos contaminados. Sus retoños señoras y señores tienen más estrógenos en sangre que la analítica de una mujer antes de llegar a la menopausia y en su momento álgido del ciclo menstrual.

Somos lo que comemos, quizá por esto, estemos podridos.

Un mercado más interesado en promocionar sus productos para incrementar sus ingresos, asunto del todo loable, que preocupado por que éstos se generen con la suficiente calidad nutritiva y sin contaminación. Atosigan publicitariamente a la población, fomentando un consumo excesivo, que si  hay que comer al día proteínas de carne y pescado, varias piezas de frutas, no sé cuántos gramos de verduras, legumbres suficiente para abastecer de fibra a una empresa textil y si es poca añadir más de cereales. Leche en todas sus variantes y huevos. Tal vez, olvide algo pero de seguir estas recomendaciones de la incuestionable OMS, creo que de la mesa no me levanto; tan sólo para beber al menos dos litros de agua y como es consecuente un número indeterminado de visitas al servicio, entre tanta agua, tanta fibra y tanto yogur.

Que si los niños no se mueven, que si mucha bollería. Pobres míos, entre taller y clase de inglés, natación y bádminton, tal vez, sólo les quede tiempo para un bollito de cacao, tan bien presentado y con tanta publicidad alucinógena y vitalista.

No convirtamos la alimentación en una religión. No estigmaticemos, mejor sería que produzcan alimentos más saludables.

Los productos llamados ecológicos son más caros, por lo tanto más elitistas. Como siempre serán los mismos quiénes se beneficien. Los hijos de éstos por supuesto serán muy guapos y delgados como sus papás.

Algo debemos estar haciendo mal, electivamente, permitir toda esta basura.

La princesa mimetizada


Pasea su estirado palmito, al fin domesticado. La recién estrenada princesa no fue nunca cenicienta. Apareció ante el pueblo como una mujer de hoy en día y con carácter, eso gusta y le imprime personalidad.

Su carta de presentación se preparó y gestó meses atrás, para que el pueblo la reconociese y no la sintieran extraña. Todos se mantuvieron calladitos, hasta a la prensa le pasó la historia desapercibida, profesionales despistados, consecuencia de la LOGSE.

La princesa y el príncipe se casaron, y eso al pueblo le encanta, la princesa y el príncipe tuvieron hijos, y eso tranquilizó a la población, la monarquía tendría sucesión. ¿Cómo vivir sin príncipes ni princesas, cómo prescindir de esas bonitas historias de cuentos de hadas?

La princesa ya está adaptada a esta nueva vida tan complicada. Tan difícil función y encima madre; eso lo sabemos las mujeres, lo estresante que es compaginar hijos y trabajo…La princesa es muy elegante y para nada tiene que envidiar a ninguna otra dama de su alta posición, no hay para ella competencia nacional o internacional. Su figura estilizada nos dejó en buen lugar ante la sensualidad y élégance extranjera.

La princesa se codea con lo más glaumoroso y a la vez consigue esa sencillez y cercanía que tanto admiramos el pueblo.

La princesa hablará de trapitos y gimnasios, de viajes y de estéticas, porque la princesa es como ya he dicho una mujer muy actual.

La princesa es un ente único que abarca  la esencia de todas las princesas de nuestra sociedad: elegantes, activas, bellas, delgadas, perfectas… Y como todas las mujeres nos dejamos aconsejar por esos truquitos de belleza, sobre todo, cuando vienen de alguien que ha conseguido tan buenos resultados. La princesa tiene esa amiga y aunque está lejos, sus aviones privados las ponen en contacto en cualquier momento o lugar. Esa amiga también es muy hermosa, tal vez algo más, por eso, la princesa se dejó aconsejar por ella y hablaron de mejoras y de estilismo y de médicos. Ahora la princesa cada vez se parece más a su amiga, debe ser que están tan unidas, que terminan con el mismo parecido. Ha conseguido quitar esas imperfecciones de fábrica y va logrando una mirada y estilo tan personal como su queridísima confidente.

Es encantadora nuestra princesa. Su imagen es ella y ella, no sabemos quién es, pero todos dicen maravillas y a nosotros, el pueblo, se nos cae la baba mirándola posar con sus elegantísimos trajes y su porte tan solemne. ¡Qué suerte tenemos de contar con una princesa de cuentos de hadas! Con su príncipe tan hermoso y atento, y sus retoños tan guapos y listos, que ya saben hasta idiomas. Tan pequeños…

Es que no puede ser de otra forma para que este cuento acabe bien. Deseémosles larga vida y que coman perdices, sin problema a la línea. Porque la princesa es tan fina, que le viene de genética.

Existen personas que nacen para ser princesas y otras para representar al pueblo llano, así es la vida y cada uno en su guion que es lo mejor… o ¿no?

sábado, 9 de junio de 2012

Un cuento chino


Estoy cansada de oír estupideces peligrosas. Y lo que todavía es peor, ver como esas consignas y argumentos se instauran en la gente, se interiorizan cuando tendrían y deberían hacerles reaccionar enérgicamente.

Tan acostumbrados estamos a oír a diario mensajes del discurso económico incomprensibles para la mayoría de la población. Sería más eficiente hablar en términos comparativos que fueran claros y evidentes –fulano recibe cierta cantidad de dinero por dimitir (no despido), con la que podía vivir mil familias durante un año; ─ con que pagaran religiosamente sus impuestos 30 grandes empresarios, evitaríamos el recorte de los sueldos de un millón de familia; mostrar con gráficos sencillos marcando las claras diferencias… Pero les interesa más hablar con un lenguaje técnico, sobre cifras incalculables que la gente de la calle no puede manejar. A veces, ante todo ese murmullo incomprensible y mal definido, acabamos por tragarlo sin asimilar.

Los medios de comunicación bien diestros en estas estrategias para confundir al personal, manejan este código de distracción. La publicidad ha mamado de la psicología humana, que ante palabras extrañas reaccionan dándole un valor añadido, sobre todo si ese lenguaje tiene una connotación científica. Echemos un vistazo a los spots de cosméticas, toda una amalgama de términos desconocidos, incluso en otro idioma, para mayor confusión: nanosfera, genómica y tecnología intuin gen TM, proteína Nrf2, efecto polish, revitalizing supreme global anti-aging, serum bifásico antised, ácido hialurónico, coenzima Q10… Sí señores, y nos lo tragamos y embadurnamos nuestras pieles con toda esa mezcolanza de palabrejas que parecen ser muy importantes y por tanto eficientes. Y cuanto más caro el producto mejor.

Entre tanta palabrería y especialistas afanados en explicarle al hombre de la calle estos desastres económicos, nos bombardean con frases del estilo “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Me pregunto qué posibilidades se nos suponen. ¿Es, tal vez, un abuso de privilegio para el pobre vivir con dignidad? ¿De ese nivel, al parecer, tan superado están también ellos dispuestos a prescindir?

Me escandaliza pensar que este mundo no tiene remedio, si por un lado los poderosos, por supuesto, no están dispuestos a vivir sin sus comodidades y lujos (porque creen que se los merecen), mientras el pobre deba dar gracias por las migajas que se desprendan de su obsceno bienestar.

Pero lo aún más triste es ver como cala en la gente de la calle ese discurso ofensivo, denigrante, prepotente y devastador. ¿Cómo podemos pensar que el pobre ha vivido por encima de sus posibilidades por querer tener una casa, un coche, unas comodidades?, ¿es mucho pedir?, ¿es un privilegio para nosotros y para ellos no?, ¿simplemente es que se lo merecen porque son ricos, por mérito propio? Esas casas, esos coches, esas comodidades nos las ofrecieron en asfixiantes plazos.

A otros con ese cuento (literalmente) chino. Éste es el cuento de nunca acabar, como el de la Pipa Larga. ¿Lo recuerdan?: ¿Quieres que te cuente el cuento de la Pipa Larga? Y el niño contestaba sí, “Si yo no te digo ni que sí ni que no, sino si quieres que te cuente el cuento de la Pipa Larga”. Y, el crío pensaba si le he dicho que sí y no me lo cuenta, será que debo decir, no. Y de nuevo por respuesta, la misma pregunta.

Así andamos por la vida, gracias a este tipo de gentuza. Generación tras generación, siglo tras siglo, el poder se niega a perder sus privilegios. Y acaba exigiendo al débil toda la ética y el compromiso del que ellos carecen.

Siempre va a haber pobres, pues sí, son convenientes y necesarios para los ricos. Pobres e ignorantes. Pobres y sometidos. Pobres y engañados y manipulados. Y, ¡hasta pobres convencidos!

No hay remedio, miremos la historia y entonces pensemos. Revoluciones y luchas consiguen cambios positivos para progresar en la igualdad y nuevas revoluciones y luchas tiran por tierra todo lo logrado. Revoluciones y luchas estratégicamente preparadas desde el poder, promovidas, divulgadas por los medios en un continuo lavado de cerebros. ¿Cuántos podemos ser capaces de soportar estas acciones, que se pueden considerar como una tortura? ¿Cuántos pueden sobreponerse a tanto caos informativo? Unos porque tienen la suficiente preparación, fuerza o convencimiento firme de las prioridades basadas siempre en el respeto y en la necesidad de avanzar en la igualdad de todos los hombres. Que no nos engañen más con el sacrificio, ya está bien de tantos dioses aliados con el poder. Acaso viven ellos esos sacrificios, sobrellevados en  sus barcos de recreo, viajes exóticos, inmensas casas y mansiones. Una calidad de vida exquisita con la ayuda de sus sirvientes. Esta es la palabra mágica, necesitan sirvientes y estos, cuanto más necesitados, mejor. La pobreza obliga a tanta humillación por si ésta en sí misma no fuera poca.

Mientras que la verdadera revolución no sea desde la exigencia de no seguir permitiendo esta falta de respeto a la dignidad humana, desde todos los frentes, individuales y colectivos, políticos e institucionales, cercanos y lejanos. Que siempre que este derecho fundamental fuese dañado y se atentara contra él, un revulsivo social desprendido de egoísmos y envidias, luchara verdaderamente por los derechos del otro. Comprendiendo que la reivindicación por el perjudicado también nos beneficiará tarde o temprano.

¿Por qué nos revelamos ante las protestas de sectores o individuos que buscan el respeto, la igualdad y sobre todo una vida más plena y más llena de bienestar? ¿Por qué se despierta la envidia negándoles a ellos lo que deberíamos exigir para todos? Si aquel tiene mejor sueldo, más tiempo libre para disfrutar de la vida, del amor, de los hijos, de la familia y amigos. ¿No es esto acaso deseable y posible? ¿No es mejor desear también mejores condiciones, buscarlas y exigirlas desde la responsabilidad y el derecho a ser feliz en lugar de echarnos tierra encima unos a otros cuando todos estamos en el mismo barco?

Ese es el peligro, nuestra solidaridad, que el poder intenta, con todos los medios a su alcance destruir, corromper, tergiversar, a través del miedo, la mentira y la manipulación. Ellos cuentan con todos los mecanismos, pero nosotros contamos con la fuerza que se consigue a través de la unión. Somos verdaderamente los que tenemos el poder y ellos lo saben. Debemos exigir cultura (de la verdadera, no el folklore que nos distrae), derechos fundamentales, casa, educación, justicia, y auténtica igualdad para todos. Sin falsos demócratas que ocultan a ideólogos fascistas.

¿Cómo se atreven a quitar los derechos tan duramente conseguidos, arrancados a sociedades que sufrieron el avasallador poder que incluso pagaron con sus vidas? Vienen estos ahora a hablarnos de perderlos, de pedirnos que nos inmolemos, ¿para qué? ¿Para quiénes? Estamos sorprendidos con los continuos abusos que ellos cometen

Despertar de estas tinieblas, salir de la contaminación creada y exigir. No callar, no aceptar sus discursos, no confundirnos. Impidamos perder los derechos fundamentales. De otro modo sólo conseguiremos caer en sus redes y cuando nos hallemos totalmente perdidos, estaremos dispuestos al fin para ser sacrificados, desde sus parillas. Cuando nos priven de toda dignidad estaremos a su servicio, y entonces, como señores buenos y generosos, tendrán la benevolencia de ir ofreciéndonos sus pequeñas limosnas, pero que nunca alcanzarán la dirección de desarrollo en los derechos que habíamos ya conseguido y los que nos quedan por conseguir. No estarán dispuestos a permitirlo, les va en ello sus vidas de lujo.

Demostrémosles que si unimos nuestras causas nos protegemos y avanzamos. Hoy por mí, mañana por ti. No entremos nunca al juego de sus crisis y guerras, al final, siempre perderemos nosotros, incluso con la vida, o valdría ésta tan poco que para qué vivirla.

No sabemos quiénes son los que controlan el cotarro, ni nunca lo sabremos, los que salen en las fotos son sus ilustres lacayos. Pero sí sé cómo se llaman, de nombre de pila Cabrón, y de apellidos Hijos de Puta.

¿Qué hacemos? No permitírselo. ¿Cómo lo conseguimos? Saliendo todos a la calle, abandonando todo el engranaje social para demostrarles quiénes mantienen el mundo a flote.

No permitiendo una injusticia más con el pretexto hipócrita de contribuir con la pérdida de derechos para salir de la crisis. ¿Qué están ellos dispuestos a perder si cuando dimiten se llevan millones? ¿Sabemos cuántas familias podrían vivir con una mínima dignidad con ese dinero que se lleva uno sólo? Y esto es de lo que nos enteramos, ¿podéis imaginar todo lo que ignoramos?

Parece haberse conseguido el desarrollo y progreso del mundo, pero si observamos más de cerca, si salimos de nuestro campo de visión, veremos que hay otros mundos, feos, llenos de desgracias humanas. Decimos, desde nuestra prepotente mirada, que el mundo ha progresado mucho, y sin embargo, las dos terceras partes de él aún viven en la miseria, en el subdesarrollo más absoluto y sumergidos en conflictos continuos.

¿Desean tal vez una nueva sociedad ahogada por servidumbres? Nos insinúan que sociedades dictatoriales son ejemplos de lucha y trabajo, como ocurre con China. Los chinos que están escalando poderes y beneficios no son la mayoría, ésta está viviendo por debajo de los umbrales de la pobreza. ¿Tal vez trabajar a todas horas y días es un estilo de vida deseable?

La crisis ha supuesto un abuso de poder queriendo instalar toda una dinámica de esclavitud.

Última noticia, España al rescate. Pero el ministro se apresura a decir que es sólo una ayuda. Quizás ayuda sustituya a la palabra tabú. En fin, seguimos sumando. Y concluyo con una nota necrológica, hoy sentada en el sofá escucho: “El país ha muerto de una grave y dolorosa enfermedad”

lunes, 4 de junio de 2012

Por el perfume de otras palabras.


¡Soooo! Resoplaron con profundos bufidos los caballos a la tensión de las bridas. El carruaje frenaba en el centro de una plaza bulliciosa y entraba en los oídos de sus pasajeros el intenso rumor de las conversaciones de otros muchos viajeros, sonidos dispersos e inconexos que llenaban el aire de un ajetreo vital, más bien vivificador. Traían aquellos el alma distraída, adormecidos cuerpo y espíritu por el soporífero sonido del campo, donde el rítmico avanzar de los caballos y el trino de los pájaros eran únicamente interrumpidos por una voz lejana de la llamada de un campesino a otro. Los campos verdes, en vísperas de cosecha, traían también el molesto zumbido de los insectos, algunos, inoportunos e impertinentes se colaban en la cabina incordiando el tranquilo sueño.

Se situó el cochero en un lateral libre cercano a un mesón. Los viajeros bajaron, las señoras entraron buscando en primer lugar los retretes del local, para aliviar sus vejigas torturadas por el trotar del carro y para acicalarse un poco, sacudir sus vestimentas del polvo y añadir otros en sus mejillas. Los hombres, sin embargo, siempre igual, buscando cualquier esquina o rincón para descargar. Entraron al mesón después y tomaron vino fresco para suavizar sus gargantas.

Habían llegado a la primera parada de su destino. Apenas tenían una media hora de descanso, lo suficiente para que los caballos comieran y bebieran. Debían continuar el camino hasta hacer noche en algún lugar despejado del campo.

Las señoras estuvieron un buen rato en los servicios del mesón así que apenas les quedó tiempo para beber o comer algo. Las mujeres siempre igual, dando siempre más valor a las apariencias que a las apetencias del cuerpo.

El cochero no se mezcló con los pasajeros, se quedó al lado de sus caballos, a la fresca sombra de un árbol. Allí sacó de su bolsa un buen trozo de chorizo y un basto pan de dura corteza, que cortaba a trozos con sus sucios y oscuros dedos. Debía estar el pan más seco por el calor, que terminó sacando una pequeña navaja.

Al sonido de la campana comenzaron a salir del mesón montando cada grupo en sus carros. Vendedores ambulantes ultimaban sus negocios. Vendían telas, especias y legumbres, vasijas y jarrones. También algunos montaban tenderetes donde se mezclaban frutas y verduras con bizcochos y galletas; pan, miel y vino y hasta abanicos y bisutería con productos de coquetería femenina. Los hombres compraban tabaco y vino, pan y longaniza. Las mujeres llevaban paquetitos de pasteles y fruta. Adquirían alguna baratija y dudaban si llevar algún objeto de barro por temor a que se pudiera romper con el traqueteo del viaje.

El camino se fue sombreando con grandes hileras de árboles, y entre espacios aparecía radiante e intenso el sol. Corrieron las cortinas dejando el interior con una agradable penumbra que invitaba al sueño.

La tarde fue cayendo y aunque los árboles se fueron haciendo escasos, el sol bajo y amable del atardecer, refrescaba la cabina dejando correr el aire tras sus pequeñas ventanas. El ocaso se aproximaba y el cochero anunció la parada nocturna, segunda a destino. Aún quedaba la aldea lejos y decidieron pernoctar en un claro protegido por algunos pequeños árboles. Bajó el cochero y preparó algunos troncos para hacer la hoguera. Las señoras pasearon un rato juntas estirando piernas por los alrededores mientras los hombres preparaban el fuego. Ellas, con pudoroso disimulo, buscaron un apartado para las necesidades del cuerpo.

La noche al fin había caído sobre el campo. Una bonita noche estrellada, dejando ver sus diminutas presencias gracias a haber una luna creciente, aún fina y delgada, que tenía bajo su punta dos pequeñas estrellas a modo de pendiente. Las mujeres, soñadoras, se admiraban con tan hermosa e idílica imagen y los hombres barruntaban para el día siguiente un día aún más caluroso.

Después de compartir alimentos y bebidas, los hombres se recostaron cerca de la hoguera tapándose apenas con una fina manta con la que acompañaban su equipaje. El cochero durmió cerca de sus caballos y ellas quedaron al resguardo del coche cubriéndose con sus mantillas y cerrando la portezuela con el cerrojo interior, para evitar impetuosas lujurias que del hombre todo se puede esperar, desde el más joven hasta el más viejo, las noches así tan hermosas les remueven el cuerpo y les confunden el pensamiento.

La mañana surgió como el ímpetu de la juventud, bonita, agradable, risueña, voluptuosa, y llena de bucólicos sonidos. Buscaron las mujeres un lugar para el aseo, los hombres apenas se echaron un poco de agua a la cara del barril que portaba el carro y buscaron un árbol donde soltar el vientre. Quedaron ellas preparando café y tostadas que untaron algunas con miel, otras con aceite y alguno la mojó en vino. Tomaron algo de fruta y emprendieron la ruta. Aún quedaban dos horas para la tercera a destino.

La segunda noche alcanzaron una pequeña aldea. Los dueños del único bar del pueblo les ofrecieron dos habitaciones, una para los señores y otra para las señoras. El cochero quedó en la cuadra con los animales. Allí, el descanso y el aseo pudieron realizarse con la comodidad y discreción necesarias y a la mañana siguiente, las mujeres aparecieron hermosas y frescas, y los hombres afeitados y bien peinados.

Así pasaron cuatro noches y cuatro días. Al principio distantes, pero las largas horas compartidas dieron la ocasión para charlas amenas y ánimos cordiales. Hubo algunas historias contadas, algunas bromas y algún coqueteo sin ir a más, que se supiera o se diera a entender. Pero, entre conversación y conversación, sustituyeron la distancia del descanso en animados momentos durante el recorrido. Juegos y bailes, cantaban ellas y ellos tocaban las palmas. Tomaron vino y todos estaban alegres, en el silencio de la noche les pareció oír el roce de la tela de una falda entre las hojas secas del maizal. Quiénes se movieron protegidos por la oscuridad no se sabe, sólo los vio el ojo negro del cielo.

Gente bien diestra en disimulo, no se dejaron al descubierto los amantes nocturnos, y a la mañana siguiente, última a destino, decidió el cochero llegar sin hacer paradas, tan sólo para comer. Hubo dos corazones que probablemente lo lamentaron y tal vez se conformaron con pequeños roces. Esperaba llegar temprano a la ciudad a la hora más o menos concertada, si no había ningún imprevisto. Hasta el momento no hubo percances, caballo y carro se estaban portando bien. Los descansos para los animales fueron respetados, y la calidad del coche quedaba demostrada, también fue mérito el recorrido por caminos planos y amplios, cubiertos de gravilla fina. Apenas encontraron un par de zonas malas, algo pedregosas y con algunos baches que se pasaron sin dificultad. Démosles también su importancia a los caballos nobles y de buena raza, y cómo no, al cochero, diestro conductor que logró llevar a buen fin, con la máxima comodidad y seguridad a sus pasajeros.

Fin del viaje a destino, apenas había aclarado el día, la ciudad se vislumbraba con las primeras casas que iban apareciendo. Una gran plaza los recibía. Gente que iba y venía como locos sin un rumbo cierto, porque aparecían y desaparecían por la plaza como actores en escena. Carros y caballos se cruzaban con algún moderno vehículo a motor, y gente, mucha gente, como un caos de bultos humanos, restaurantes y tiendas. Toda una explosión para los sentidos, sentidos que venían abotargados. Sus miradas, acostumbradas a la tranquilidad del campo, no lograban adaptarse a todo aquel barullo. Cuando pararon los caballos a la voz del cochero, había en sus rostros un aire triste y melancólico, un abandono del espíritu al recuerdo de una fugaz vivencia, de exhuberancia campestre y goces mundanos.

A la más joven la esperaba un señor alto de mediana edad, tal vez algún pariente que venía a recogerla. Las otras dos fueron corriendo y excitadas hacia un pequeño grupo familiar que las recibían escandalosamente. Los hombres, más independientes, salieron cada uno en una dirección, dos cogieron un coche porque coincidían el camino. El cochero llevó los caballos a beber. Respondió al adiós a los hombres con la mano, y a las señoras, con un ridículo pero respetuoso saludo con el sombrero. Alcanzada la ciudad que recibía a cada uno, también separó sus vidas, sus destinos.

domingo, 3 de junio de 2012

Uno necesita estirarse no para crecer, sino para no encogerse

viernes, 1 de junio de 2012

Positivismo realista, escuela de Eduard Punset


Empezaré por un punto concreto, por no retroceder demasiado y perderme en los abismos de las ideas entrando, como suelo, en un bucle, un atolladero de reflexiones donde acabo perdiéndome como en un laberinto donde no vale seguir siempre en la misma dirección. Parto de una entrevista realizada hoy a nuestro líder mediático Eduard Punset. Es conocido por todos gracias a sus continuas apariciones en programas de televisión y radio. Él ha creado una imagen y los medios la han reforzado con cierto valor científico, pero no deja de ser una seudociencia con elementos atractivos para la población. ¿Quién no desea ser feliz? Pero, ¿qué es eso de la felicidad sino un concepto inventado? Manipulado estratégicamente por la publicidad para fomentar e incrementar nuestro consumo. La publicidad dirige nuestros deseos, supuestos impulsores de nuestras pequeñas o grandes felicidades, pero auténticos verdugos de ella cuando no conseguimos realizarlos.

Esta sociedad consumista, ya no tan actual, engaña a nuestros pobres espíritus con satisfacer deseos inoculados acumulando elementos supuestamente necesarios que determinan nuestra felicidad.

La felicidad también es víctima de la moda y lo que hoy podía hacernos felices, mañana no. La élite va marcando tendencia. Esta élite, siempre satisfecha, nos habla de una mirada positiva, casi ingenua de la felicidad. Tal vez, lo que esta gente quiera con esta bonita y deseada palabra sea conseguir atontar a una población, banalizarla, convertirla en mentes poco exigentes, esforzándose en sentir la paz interior a través de contextos espirituales, deportivos, de ocio, de moda… llenando nuestras vidas. No importa que lleves meses sin trabajar, que te hayas quedado en la calle, que no puedas dar a tus hijos lo mínimo para vivir con dignidad (una estabilidad, una formación adecuada, una alimentación correcta, un desarrollo pleno de su personalidad) amparados por unos padres que le puedan dedicar su tiempo. Y ¿qué decir de ese muestrario de placeres culinarios que famosos chefs nos muestran a través de la hipnótica ventana de nuestro televisor? No son platos de todos los bolsillos, pero son mostrados como objetos de deseo. La élite siempre marca la diferencia entre ellos y nosotros.

Podemos seguir añadiendo: programas donde nos enseñan casas habitadas por glamorosos personajes de estupendos jardines y piscinas; diseñadores que lamentan tener su sector en crisis y sin embargo están sustentados por grandes inversiones y presentados sus desfiles ¡hasta en los telediarios!

Querido Punset, esta mañana nos hablabas de que todos nuestros problemas tienen fácil solución si somos optimistas y positivos, si nos conformamos con pequeños placeres, si hemos tenido la inmensa suerte de ser queridos y apoyados en nuestra vida. Es cierto que la autoestima, un ánimo positivo, y una vida cómoda, ayudan, siempre ayudan. Una actitud positiva siempre es recomendable mientras que otras fuerzas no se estampen, como una tarta, en tu rostro.

Mañana me levantaré positiva, me pondré en marcha y me esforzaré para conseguir un trabajo, mantener mi hipoteca y tener a mis hijos colmados con todas las posibilidades y competencias a su alcance.

Cualquier esfuerzo en la formación requiere tiempo y dinero. Es una idea peligrosa creer que tenemos lo que nos merecemos y que, con esfuerzo, se consigue y se puede alcanzar un futuro mejor.

Claro que, como mis hijos son tan listos, porque han heredado mi inteligencia, que si llegan a heredar la de la madre, a ver cómo iban a poder estudiar, que se esfuercen, dice esta gente tan entendida. Tal vez estos no hayan comprendido aún que esfuerzo y resultados no son parte de un continuo, quizás para ellos, porque, si no valían, siempre contaban con otra salida, otro colegio privado, profesores particulares, cursos en el extranjero… ¿Cómo repercute la recompensa de un esfuerzo en una persona que antes debe atender mil necesidades? ¿Cómo puede competir un atleta minusválido con el mejor corredor del mundo, incluso con uno normalito, incluso con uno flojo convencido, pero con chófer particular? Estos Punsetes son peligrosos porque hacen una sociedad conformista que acepta y mira al mundo con una ingenuidad que no lo merece. Pero ellos saben que el pueblo unido compensa la economía de un país, donde las grandes fortunas tienen sus paraísos fiscales. Saben que sólo con sus sacrificios, el carro tira para adelante. La fe mueve montañas, pero esta carga demasiado pesada, formada por todos estos sinvergüenzas y aprovechados, nos hará derramar sangre y no esperemos que se compadezcan y nos ayuden a tirar de él. Ellos no lo necesitan, a nosotros nos va la vida en ello.

Me pregunto si le sirvió de algo a los esclavos del Antiguo Egipto construir aquellas maravillosas pirámides que sirvieron para anunciar sus grandezas y esfuerzos o si fueron alivio para su postrero descanso.

Invito a pensar, la felicidad no se construye con cosas pequeñas sino importantes y necesarias que nos ayuden a crecer libres. Armonía y equilibrio entre la gente de todos los países. Equilibrio y equidad, huyendo de falsos salvadores.

Llenemos nuestro cuerpo y espíritu y bajo la sombra de un hermoso árbol, mejor con frutos, descansemos y disfrutemos de las maravillas que nos rodean, además, veréis qué bien se hace la digestión o lo que se rodee. También a mí me gusta disfrutar de las cosas simples y pequeñas que te ofrece la ingravidez y liviandad de la felicidad. Pero no en vano dijo aquel que la felicidad está llena de pequeñas cosas, un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…

Bromas aparte, debemos saber que toda esa avalancha de filosofías positivas, nos arrastran a la misma ignorancia a la que nos suele tener acostumbrados el poder. Ilusiones para crear un ánimo hipnótico no consciente e irresponsable. Hace falta un carácter de acción, una acción orientada, no a un placer individual, que sólo abarque mi mundo particular, sino que necesita de una catarsis total, un cambio de mentalidades. De una vez por todas, demos utilidad a esa parte del cerebro que tanto se suele tener dormida y no es el equívoco y malentendido potencial del que tanto hablan esos gurús científicos, sino uno que siempre ha estado ahí y funciona con energía ecológica: pensar. Pero con una mirada crítica, cuestionándolo todo, digiriendo argumentos y discursos, muchos de los cuales nos los tragamos ya triturados.

Pensemos desde el amor, no sólo del propio, sino del ajeno, del respeto, no sólo a nosotros, sino hacia los demás.

Fuera demagogia, cuidado discípulos punsetianos, la vida no trata a todos por igual, por eso el hombre debe luchar por esa igualdad. Un mundo mejor para todos, esta es la verdadera filosofía positiva.

La felicidad no es un concepto universal, ni tan determinante para todos. Hay sociedades que ni siquiera se la plantean. Es un recurso de las sociedades tecnológicamente desarrolladas contaminado, como sus grandes ciudades, y utilizado como cebo para la población.

Es una ideología elitista, cuanto menos, de una parte de la población que suele desconocer los mundos subterráneos, tal vez la hayan leído o estudiado, pero siempre desde la protectora distancia del que tiene lo fundamental cubierto, y a partir de ahí se permite disfrutar de la vida.

En este mundo desarrollado, nuestras satisfacciones son éticamente mediocres, frente a las injusticias cometidas al resto de la humanidad. Quién si no se recreaba antaño con el arte y la cultura, quién llegó, si no por origen o mecenas, a un desarrollo de sus capacidades. El hombre fue creando derechos para todos, ahora quieren, en esta sociedad desarrollada, volver a andar para atrás. Que no nos engañen, la pérdida de estos derechos y los soporíferos rumores de falsa filosofía seudocientífica de distracciones superfluas y el desarrollado control de los medios, nos quieren dirigir hacia una vuelta a la ignorancia.

El hombre es libre cuando piensa por sí mismo, y este pensar sólo tiene un camino para la felicidad, la igualdad desde el respeto.

jueves, 31 de mayo de 2012

miércoles, 30 de mayo de 2012

Oscuridad

Al fin trajo la noche la oscuridad en la habitación. Hacía un año que vivía con la hija y tenía la delicadeza de irse a la cama temprano, como le decía con esa voz cansada y esa pose aún más cansada, regalándole la ilusión de esta necesidad, cuando en realidad lo hacía para dejarla tranquila con su marido con esa intimidad tan natural que tienen las parejas cuando llega la noche y los cuerpos se relajan frente al televisor en ese juego tácito de un deambular entre las cadenas con la simple intención de sumergirse en ese atontamiento previo al sueño.

Le habían dejado la habitación del piso de abajo que estaba al fondo en la cocina y que fue antes de que él la invadiera el comedor familiar. Sintió profundamente los cambios que sin querer tuvo que provocar en las rutinas y en las mudanzas de la casa, él que de tan prudente a veces pecó de desagradecido, pero tanto le insistió la hija y vio en ella la sinceridad necesaria y suficiente para que a su pesar abandonara la triste soledad de su hogar. Su hogar, aquella ruina de casa donde quedaron tantos recuerdos cuando el destrozo cruel pero inevitable provocó en su vida la muerte de su amada esposa.

Ahora se quedaba en el dormitorio con las luces apagadas para que su hija no viera la luz encendida y, aunque quizás entendiéndola, se enfadara con su mentira. Descorría las cortinas para que la claridad de la noche entrara en esa aún más enorme oscuridad de la habitación, como en una metáfora, los rayos de la luna o el fulgor de alguna estrella más intensa, iluminara ese pozo profundo y oscuro de su tristeza. Así en esa penumbra agradable, íntima y secreta se quedaba sentado al filo de la cama inmóvil tanto por convencimiento como por rigidez muscular, observando en las sombras del patio que se dibujaban en el suelo el ritmo sosegado y onírico de las ramas de un árbol. En ese mecer de ramas y el sutil movimiento de sus pequeñas hojas, imaginaba duendes o pajarillos que probablemente permanecían ya dormidos entre los recodos de la copa. Parecían saltar como una pequeña población viva y alegre de seres que se mostraba como en un descubrimiento frente a sus ojos. Era quizá como se sentía ya en este mundo, como un observador del continuo bullir de la vida donde él sólo miraba para poder reinventar aquellas sensaciones, aquellas imágenes que él intuía también haber vivido o tal vez no fuera más que una mezcla entre lo que fue y creyó ser, una alquimia entre realidades interpretadas, sueños imaginarios, fidelidad a los hechos reales y oníricos, confundido en esa contradicción y paradoja que tiene la vida donde el hombre pasa sin tener claro cuál es la verdadera existencia, qué es cierto y qué no lo es, dónde radica y persiste el enigma que intuimos de la verdad.

Permaneció un tiempo, no sabía bien si largo o corto, en este recreo hasta que tuvo la necesidad de cubrirse con una pequeña manta que se hallaba sobre los pies de la cama, la misma que también le servia para echarse sobre las piernas, cuando sentado en el sillón del salón se quedaba de día entonces dormido.

Siguió mirando a través de la ventana cómo avanzaba la noche, cómo describía aquella oscuridad con otra forma de luz el avance de los astros en el cielo. Los calambres en las piernas le obligaron a tenderse pero reposó la cabeza hacia los pies de la cama para poder seguir mirando en un sin ver, porque aquel contexto no era más que un escenario que soportaba como un bello encuadre toda la escena que se desarrollaba en su cerebro. Entonces, poco a poco, como la excitación entra en nuestros cuerpos ,comenzando en un leve escalofrió, recorriendo en sutil roce nuestra piel, iba sumergiéndose en ese mundo tan intenso y real donde se encontraba con ella y, como cada noche vivían su pasión con la misma intensidad de los primeros encuentros, cuando los cuerpos aún no presentados comienzan ese íntimo conocimiento o reconocimiento, pues es un revivir de las emociones primigenias, tanteando recorridos que se continúan o abandonan, amplificando y haciéndonos conscientes, como la luz de un foco sobre un objeto, en esos momentos del sonido que hace el aire al entrar y salir de nuestros pulmones y se descoloca el corazón de su sitio y siente su pálpito ahora en el pecho, ahora en aquellos espacios que sólo recorremos cuando buscamos el placer.

Cuando llegaba la mañana, la luz de nuevo describía los objetos del espacio y el armario volvía a ser el mismo armario, con sus oscuras vestimentas; la silla, el mismo soporte para sus reposadas ropas que cuidadosamente dejó preparadas la noche anterior. La cama apenas deshecha, los dos pequeños cuadros con esas imágenes cursis y bucólicas de unos niños sentados en un prado y una bonita casa allá en lo alto del pequeño montículo, más bien apenas una mínima elevación del terreno. Las ramas eran lo único que aún permanecían en esa especie de irrealidad pero tremendamente por el contrario, real para él. También el sol las incorporaba en el suelo con otro tipo de sombras a la luz intensa y amarilla distinta a la luz blanca que acompañó a la noche.

Se cambió de ropas y cogió la limpia, se calzó los zapatos, se acercó a la ventana y saludó al día. La mañana, aunque fresca, prometía la bonanza primaveral, que él pasaría sentado en su sillón, viendo entre despertares y sobresaltos el bullicio, generado por las rutinas cotidianas, sintiendo esa atención siempre tierna pero a la vez tan ausente de aquellos que deambulaban de aquí para allá, cuando el mínimo espacio que dejaban sus párpados diluía esa realidad ficticia para él, sin embargo al parecer tan intensa e imprescindible para los otros. A ese mundo alguna vez también perteneció. Ellos hablan a veces bajito para no molestarle o para hacer pequeñas quejas, es que quiero ver la tele y el abuelo está siempre durmiendo. Entonces él cree que un impulso generado tal vez por algún sueño, le hace levantar y va a darse una vuelta por el barrio. Es un andar lento, un cargarse de pequeñas dosis de experiencias distantes con el desprendimiento que se tiene hacia lo que se siente ajeno. Un saludo a alguien conocido, un girar de aquí para allá, recomponiendo itinerarios de colores, gente, coches, ruidos... Hay que cargar las pilas, le dicen, y lo que él hace es incorporar esos olores, esa canción que sale y viene de algún lugar, ese rostro, ese reconocido piar de los gorriones, esa explosión de los tamarindos, que tanto ensucian las aceras, y sin embargo desprenden esa agradable esencia. Sensaciones que guarda en su caja torácica donde siente que guarda sus recuerdos que incorpora cada noche al escenario de su habitación.

Algún día dirán, se ha muerto el abuelo, acaso ignorantes de su abandono. Hace tiempo que ya dejó este mundo, primero se fueron los sentidos; apenas veía, poca utilidad ya tenían las gafas. Dejó de oír algunas palabras o entendiendo otras, hasta que a veces se le veía ausente pero ocurría que las conversaciones eran tan sólo un hilo continuo de sonidos inconexos e incongruentes. Del gusto y el olfato, pareja indisoluble, recuerda que fueron los últimos que le abandonaron; galletas o leche, garbanzos o fideos, pollo o croquetas, todo se convertía en jugo impreciso. Vino después la falta del sentido común, al menos así creía cuando los demás no comprendían sus cosas. Hasta llegar al fin a este maravilloso estado, tan verdadero, tan especial, tan real. Y utiliza ese calificativo para hablar con el lenguaje de los vivos, que algo es menos fiable si hablando no se le concede; así quedaría desterrado a ese inframundo de lo inservible, como aquellas noches para él tan intensas.

Volvía después sobre sus pasos en ese caminar desprovisto de intenciones, con el único objetivo de regresar. A veces miraba distraído la imagen paciente de los pasajeros a la espera del autobús, que contrastaba con la urgencia de los que iban de un lado para otro como en una búsqueda sin sentido, que tal vez sólo encuentran en la oscuridad de sus habitaciones.

De lo que queda


Hace un mes que el abuelo falleció, las pocas pertenencias y algunos ahorros se iban a repartir entre los familiares más cercanos. Él solicitó el maletín de cartón duro que el abuelo guardaba arriba del armario y que de vez en cuando, bajaba y ponía sobre la cama, para echar un rato de nostalgia. Ratos que, más de una vez, había compartido con él, contándole historias que le parecían tan extrañas y como de otro mundo, muchas veces dudaba de las anécdotas que le relataba y no sabía bien si efectivamente eran parte de su historia o sólo producto de su senil mente.

Siempre la visión de aquellos recuerdos, acumulados en aquel pequeño maletín, tan avejentado, como el abuelo, compañero de sus trayectorias y símbolo aún vivo de su memoria, le transmitían una mezcla de curiosidad y ternura. Resultaban como un espejo de la imagen que tenía de este viejo hombre, venido de tan lejos que, con voluntad, trabajo y dignidad le habían colocado en estas frías tierras, con un bagaje, del que se negaba a prescindir, pero sin olvidar lo que también debía agradecer a aquellas gentes tan distintas a veces y sin embargo tan cercanas. Aunque, cuando, a veces, le escuchaba, mostrándole fotos, billetes de tren, alguna correa de un ya inexistente reloj, le parecía todo tan alejado de su abuelo, tan ajeno a su actual vida, que más pareciera pertenecer a otro hombre, quizás a una invención del abuelo para darse importancia con un pasado aventurero.

Él era el último nieto, sabía de su origen español, pero, a parte de esos momentos de confidencia, compartiendo con él su memoria, no tenía más referencias que hechas en las comidas de domingos y fiestas, así como alguna que otras salidas y viajes con la familia; que atrás fueron quedando, a medida que fue haciéndose mayor y comenzó su independencia.

Cuando, de vez en cuando, en algún que otro encuentro, iba observando que el abuelo se estaba haciendo más viejo, temió que desapareciera habiendo desperdiciado más momentos con él, presintió perder parte de su memoria, que parte de ese hombre también le pertenecía, también se hallaba en él y tuvo la necesidad de acercarse más a su vida.

Vivía dos calles más abajo, así que algunas tardes, con o sin pretexto, se presentaba en casa de sus abuelos. Cada vez, irremediablemente, tenía que soportar la retahíla de preguntas propia de las personas de cierta edad, y sobre todo, y especialmente, la de sus abuelos que, aunque, bien adaptados al progreso, conservaban en ciertos aspectos detalles muy característicos de su cultura: “qué, Yuri, ¿cómo andamos de novias? Que te estás haciendo mayor, y la mamá no va a durar siempre”. “Abuela, que todavía soy muy joven, ya habrá hora para formar familia”. “Adela, deja al chico, lo que tiene que procurar es asegurar su futuro, y, entonces, buscar una buena chica y a darme biznietos, a los que pueda seguir contando mis historias”. No sé si por costumbre, o por falta de memoria, este interrogatorio lo repetían una y otra vez en cada encuentro; era cansino tener que contestarle siempre lo mismo, así que a veces deseaba poder darles por fin una respuesta afirmativa y poder pasar a otras, porque vendrían otras seguro.

Recordó lo que le contó su madre cuando, mirando una foto, donde estaba mamá con los abuelos, siendo un bebé. La fotografía de un crudo invierno de Rusia. El nunca fue el típico andaluz, siempre decía que se sentía muy ajeno a aquellos tópicos, cuando en ciertas ocasiones, se reunía con la comunidad de andaluces que había por allí, a veces le molestaba el alarde de identidad cultural de sus compatriotas. Él, que era un hombre que, aunque sociable, era más dado a los paseos solitarios, huía de los bullicios y, aunque opinaba que era andaluz porque simplemente nació allí, sí que reconocía que, inevitablemente, habría heredado toda una genética cultural, además de un acento que los años y la mezcla de un idioma distinto, no eliminó totalmente.

Su madre le explicó lo duro que fueron sus comienzos en este país que acabó sintiendo tan suyo. No sólo fue el idioma, que el apoyo de otros que se encontraba en la misma situación suavizaron las dificultades. Aquellos primeros años fueron especialmente duros con una niña pequeña, buscar un trabajo, una casa, hacerse un hueco en aquella sociedad. Él, que nunca había salido más allá de Sevilla, algunos viajes a las playas de la costa gaditana y el viaje de novios a Granada.

Allí se veía en un país tan lejos, tan desconocido, la única historia era la que la enciclopedia le dio tiempo a aprender, y la que la vida le enseñó, que lo convirtió en el hombre que era, un hombre que amaba la libertad y que respetaba tanto al que tenía al lado, que, por no molestar, pecó más de una vez de no tener interés.

Echaba de menos aquellos días en los que se sentía melancólico, la luz de su tierra, el olor de azahares cuando llegaba la primavera, el sabor de los guisos, de la brisa con olor a salitre de aquellos días de verano. El contraste de luz entre Sevilla y Cádiz, esta última que el reflejo del mar le hacía más estridente; recordaba las aceras manchadas de tamarindos, la vida en la calle, la sensación tan agradable cuando venía el buen tiempo, de desprenderse de camisetas y calcetines. Salir por la noche aquellos días de calor y sentir la bocanada de aire caliente, eso, inimaginable por aquellos lugares de dios. Hablando con su madre, que creció en aquel hogar ya totalmente adaptado, mantuvo el idioma de sus padres, con grandes errores ortográficos y de dicción. Cuando tenía aquellas charlas, siempre le hablaba en español, y en casa, aunque iba siendo cada vez más difícil preservar ese idioma, se hacía necesario, para poder entender a los abuelos en sus discusiones y conversaciones de las reuniones familiares.

Había heredado el aspecto de su padre, pero por carácter se sentía identificado más con su madre y sus antecedentes españoles.

Aquella tarde de abril estaban los recuerdos aún frescos del funeral del abuelo y el cielo soleado, los árboles en el apogeo de floración concentraron los elementos suficientes para que su ánimo se sintiera preparado para ver, en esta ocasión, ya solo, aquellas pertenencias del abuelo. Cerró la ventana pues la tarde refrescaba y con cierto pudor por entrar así, sin su presencia, en su vida, le intimidaba y le hacía sentir como si entrara en lo más profundo de sus secretos.

De todo el material que allí se encontraba, sólo reconocía algunas cosas y alguna que otra foto de mamá cuando era pequeña. Sin embargo, ahora estaba con la maleta abierta y, frente a él, la memoria del abuelo en sus manos. Leía con atención una carta de su bisabuela, con el ritual de presentación tan poco usual de aquellos tiempos “…espero que al recibo de ésta, estéis bien, nosotros bien, a  Dios gracias…”. A pesar de la mala ortografía y ese lenguaje retorcido, su conocimiento del idioma fue suficiente para entender el sufrimiento que aquellas palabras llevaron a mi abuelo. Aquella carta, cuyas líneas pasaban de algo tan dramático como el anuncio que a su hermano lo habían llevado al campo de concentración de La Almadraba, como le comunicaba la boda de su hermana que consistió en pasar por la iglesia y con algunos familiares tomar algún queso, chorizo, aceitunas y vino blanco, sin mucha fiesta, que los ánimos no daban para más. Aquella otra carta, que le agradecía al abuelo el envío del dinero para poder pagar la deuda con el colono; la foto de Antoñito, el hijo del tío Antonio. Estuvo leyendo cartas y cartas, el anuncio de la muerte de la tía Concha, por cáncer, que tanto afectó al abuelo, alegrías y tristezas del avance de la vida.

Sus estudios en la facultad estaban en ese punto donde es necesario obtener más formación con alguna beca en el extranjero, y tuvo claro dónde iría. Llegado el momento preparó la maleta, estuvo los meses anteriores mejorando su español, y aquella mañana de mayo, cogió el avión rumbo a España. Llegaría a Madrid, desde donde seguiría el vuelo hacia el lugar que vio nacer a sus queridos abuelos; aquel lugar que sólo vio en fotos, que sólo sintió con las emociones ajenas, que sólo imaginó con las cosas que ellos le contaban. Al salir del aeropuerto, le impactaron dos cosas, el color del cielo y su luz, y el olor fresco a flores del campo.

Cogió el taxi, dándole la dirección de la residencia donde ubicaría su estancia esos seis próximos meses. Tenía todo un verano para conocer y experimentar por él mismo aquellos lugares que en la memoria del abuelo aparecían tan lejanos, pero estaba seguro de poder sentir aún más vivamente aspectos tan íntimos de aquel ser, tan distinto a él que, con sus historias, alimentó una identificación con todo su mundo, de un modo tan intenso que más de una vez sintió ya ser parte de él.

Cogió la foto del Prado de San Sebastián, el blanco y negro, la ausencia de edificios, que ahora aparecían ante sus ojos, la gente, los coches, era ver un paisaje que sólo en algunos elementos le decía que seguía siendo el mismo, pero aquel lugar era ya otro, era ver, con la mirada de otro, un mundo tan distinto, otro mundo.

Las calles estaban llenas de gente, un tráfico intenso, los autobuses turísticos hacían su recorrido por los lugares más típicos, y los tranvías, en un intento de volver a otra época, falsificaban con su imagen de progreso la estampa.

Su abuelo, tan atípico andaluz, sí que le hablaba de la alegría cuando llegaba la primavera, la vida en la calle, la gente sacaban las sillas y se sentaban en a las puertas de sus casas. Aquello le parecía una idea motivada por la añoranza, más que por la realidad, pero ahora podría comprobarlo, seguramente con enormes cambios, persistía esta sensación de bulliciosa alegría.

Pronto hizo de amigos y buscó, como es natural, relacionarse con los autóctonos, por aquello del idioma, pero esto, que parecía lo normal, equívocamente solía pasar lo contrario, cada oveja con su pareja, y, al final, teníamos franceses por un lado, alemanes por otro, y bueno, rusos, la verdad es que no había muchos. A él, sin embargo, le motivaban otras razones y quiso acercarse a la cultura de su abuelo, de su esencia.

En una de aquellas tascas, con sus terrazas en plena calle, con cerveza fresca, la gente hablando alto y rápido, a las que costaba entender, las chicas, con ese aspecto tan racial y fue allí, en la Plaza del Salvador, donde quedó con amigos y apareció ella. Hizo lo posible por acercarse, hasta que lo consiguió. Era una chica morena, de grandes ojos oscuros, alegres y simpática, que hacía cómoda la presentación. Sin miedo a los silencios. Era gaditana y, en un intento de crear complicidad hizo comentarios de las playas, robando los recuerdos del abuelo, provocando en ella la risa por lo desfasado de sus conocimientos. No fue la única ocasión que tuvieron para hablar, porque, a partir de aquel día, compartieron viaje en ese intento de recorrer aquellos lugares de su memoria heredada.

Los seis meses se iban acabando y se contaban por un par de semanas el escaso tiempo que le quedaba allí. Habló con profesores y tomó la decisión de hacer la tesis, con ello alargaría su estancia allí. Su llegada, tan diferente a la de su abuelo, sus viajes, tan distintos, y sin embargo, el círculo se cerraba así. Un ruso libre que libremente viaja, que no deja atrás nada, que irremediablemente no pueda retomar con menos miedos y limitaciones, y con las circunstancias tan diferentes. Pretendía unir aquellos recuerdos de la maleta vieja, con la vida que él ahora vivía para entrar en comunión con aquella parte de sus ancestros, que corría por sus genes, ¿qué es el hombre sin memoria? Menos aún que un animal. Sacó de su bolsillo la foto descolorida, aunque bien cuidada, de la torre y el río al fondo y, en primera línea, ellos, los abuelos, con sus tímidas sonrisas solícitas, sus ropas alegres, sus rostros frescos, juveniles, felices y atrapados para siempre por el clic de la cámara.

No se sentía integrado


No se sentía integrado en la sociedad, a veces preferiría haber sido una pulga, una cucaracha o una rata, pero tuvo que conformarse con ser sólo un bicho raro.

Másha


Llegó hasta aquí desde las frías tierras de Eslovaquia. Vino con su pareja hace ahora dos años. Él encontró trabajo en una empresa de mantenimiento, ella, limpiando en una casa. Entre los dos reunían el sueldo suficiente para vivir colmando las expectativas con las que emprendieron aquel arriesgado viaje. De este nuevo lugar desconocía todo, sus costumbres, su clima, su gente, y sobre todo, su idioma. A medida que fue aprendiéndolo, también iba comprendiendo todo mejor, porque una lengua siempre es mucho más que reconocer palabras.

Las cosas fueron empeorando, el trabajo se volvió más precario y el jefe de su marido amenazaba con el despido si las cosas no mejoraban. Aquellas amenazas se cumplieron y de nuevo cada mañana éste buscaba chapuzas pateándose la ciudad. La situación se había complicado precisamente ahora que Másha había quedado embarazada. Al menos los señores de la casa no le habían puesto pegas para seguir trabajando. Por seiscientos euros llegaba a siete y media de la mañana daba el desayuno a los hijos del matrimonio y los acercaba al colegio. De vuelta seguía con su tarea hasta después de bien entrada la tarde, cuando los bañaba y les preparaba la cena. Para entonces sus padres ya habían llegado y jugaban un rato con ellos antes de acostarlos. Así todos los días. De lunes a viernes, excepto los sábados que los tenía libres y el domingo que sólo iba por la tarde para prepararles la cena a todos. Acostaba a los niños y mientras sus padres les contaban un cuento, ella aprovechaba para recoger la cocina, quitarse la bata, meterla en una bolsa y, al fin, la jornada había terminado. Siempre rechazaba la amable invitación a cenar con ellos. Prefería llevarse la comida preparada para hacerlo en casa con su marido.

Bajó cansada y distraída los tres pisos del edificio. Le dolían las piernas y la espalda pero, al salir del portal prefirió hacer el camino andando en lugar de tomar el autobús que, seguramente, iba abarrotado a estas horas. Además la noche lucía hermosa y había una brisa fresca cargada de aromas primaverales. Al pasar por un kiosco de prensa quedó mirando las portadas de las revistas, los coleccionables… Llamó su atención el titular de un periódico que se repetía en casi todos los demás. Una ministra atendía sus funciones sin descanso tras su reciente maternidad. Recordó también aquella otra política francesa que volvió al trabajo a los pocos días, totalmente recuperada de una cesárea. ¿Cómo lo hacían estas mujeres? ¿Qué mensaje sutil transmitía aquella noticia? La opinión pública en general valoraba a aquellas mujeres liberadas de viejas servidumbres maternales y era esto lo que se esperaba de todas las demás.

- Si ellas pueden, ¿por qué no tú?

Es fácil dejarse engañar, pero no todas cuentan con las mismas facilidades.

Continuó caminando despacio, casi paseando, con más peso sobre sus piernas como si sus pensamientos se hubieran echado sobre su espalda como un saco de piedras. Miraba los escaparates y las gentes con las que se cruzaba y, sin saber bien por qué, sintió ganas de llorar aunque a pesar de todo era feliz. El ambiente y la noche animaban a un estado placentero pero le dolía todo el cuerpo y le quemaba en lo más profundo de su ser ese futuro incierto. Habían llegado hasta aquí para mejorar sus vidas y ahora no sabían cómo iba a poder afrontar esta bella aventura. ¿Cómo lo cuidaría? ¿Cómo disfrutaría de verlo crecer? No deseaba para su hijo lo que veía en la casa donde trabajaba, unos padres siempre ocupados.

Sus piernas protestaron y el cansancio la obligó a continuar el camino en autobús. En la marquesina la foto de un bello cuadro anunciaba una exposición. Desconocía su autor, y la escena, de otros tiempos, representaba a unas mujeres trabajando en una fábrica de tabacos. Sorprendía ver, mezcladas en esa actividad, a dos trabajadoras con sus bebés en los brazos. Reflejaba una situación cotidiana. Quedó largo tiempo admirándolo. Fue consciente de su abstracción cuando vio que se marchaba su autobús. Ahora quedó sola en la parada y ahora ya no pudo evitar romper a llorar. Veía los coches correr por la avenida a intervalos frenados por los semáforos. La gente en las terrazas charlaban en voz alta, comían y bebían. El mundo le parecía, sin embargo, más hostil. Cuánto había mejorado éste desde aquellos tiempos, aunque quizás… no para todos

miércoles, 23 de mayo de 2012

jueves, 17 de mayo de 2012

Metió la mano en el bolsillo


Metió la mano en el bolsillo izquierdo buscando unas monedas para comprar un paquete de chicles. Hacía un par de meses que se había separado, y aún las paredes de la casa le oprimían con tanta soledad. Giró calle abajo, paseando tranquilamente, se acercaba el invierno y la noche era fría y húmeda. El relente caído impregnaba en el asfalto un brillo especial, creando con las luces de farolas y letreros fluorescentes una combinación verdaderamente llena de gran belleza. Siguió masticando los pensamientos al mismo ritmo que machacaba el chicle, cada vez con menor sabor y mayor dureza, “igual que la vida”, pensó. Torció a la derecha, y en la esquina de Menéndez Pelayo y la calle Júpiter se encontraba una cafetería donde más de una vez tomó café. Miró hacia dentro y el ambiente reflejaba calidez frente al frío externo. De pronto, en una mesa lateral, al lado de los grandes ventanales, estaba ella con un grupo de amigos, se la veía feliz, sonriendo con aquella bonita sonrisa que seguramente enamoraría a otro del mismo modo que le enamoró a él. Esquivó rápidamente la vista, no fuera a verle y pensara que andaba observándola, aunque la hora le protegía, era más fácil ver de fuera a dentro que al revés, él estaba en penumbra y ella, a plena luz. Cuando sus pasos le fueron retirando de aquella imagen nostálgica intentó cambiar de pensamiento planeando algún proyecto para el fin de semana, pero unas ganas enormes de llorar estrangulaban su garganta y decidió, antes que llorar en público, volver a casa rápidamente. Subió la cuesta de Higuereta, aunque, le alejaba más, la tranquilidad de la zona le protegía de las miradas ajenas. Estos razonamientos fríos y calculadores fueron consiguiendo salvarle del humillante desahogo, antes de llegar a la intimidad protectora del hogar. El ascensor estaba otra vez estropeado, y aún le quedaban cuatro tramos de escalera con sus siete escalones cada uno, en los que el peligro aún acechaba si algún vecino se le ocurría, en ese momento, salir y verle lacrimoso inspirando terriblemente su compasión. No era eso lo que quería precisamente, pues hacía ostentación, por lo general, con el vecindario de haberse adaptado perfectamente a la nueva situación, hasta un tanto liberadora que pretendía representar. Para cuando llegó a la puerta, que aún tuvo que esperar a abrir, pues no encontraba las llaves hasta que las localizó en el bolsillo trasero del pantalón, cosa extraña, pues siempre las metía en el derecho de delante. El silencio de la casa y su espacio vacío le abofeteó así que encendió inmediatamente la tele, zapeó un rato hasta dejarlo en un programa de humor. Fueron todas estas cosas las que al final le alejaron totalmente el sentimiento depresivo que lo trajo urgentemente aquí. Decidió prepararse algo de cenar y sentarse a ver el animado programa. Puso la bandeja en la mesa del salón, cogió la mantita y se tendió cómodamente, con una agradable sensación de bienestar. Las lágrimas asesinas se fueron diluyendo con los pasos cotidianos de la vida, hoy había conseguido vencerlas, puede que otro día lo sorprendiera desprevenido. Hoy no.

domingo, 13 de mayo de 2012

La crisis


Acababa de sonar el despertador, por eso aún se removía entre las sábanas cuando escuchó un fuerte golpe en el cristal de la ventana. Se levantó sobresaltada. A tientas buscó con los pies desnudos las zapatillas, y el frío suelo la sacó definitivamente de la somnolencia entrando directamente y sin preámbulos en el mundo real.

Lo que fuera que había chocado en su ventana había dibujado en finas líneas un sol quebrando la lámina transparente. Aquella noche había dormido sola, él estaba de viaje, de vez en cuando hacía esas escapadas como maliciosamente ella llamaba a sus viajes de trabajo. La habitación estaba fría esa mañana, o tal vez era su mal despertar, o quizás su mal dormir. Cada vez le resultaba más difícil aquella situación de soledad, aquella distancia continua que poco a poco iba instaurándose en su relación.

Abrió la ventana, el sol de la mañana le dio directamente a la cara, como una bofetada sintiendo el ardiente picor en sus mejillas. Se inclinó mirando hacia abajo, buscando en la acera el arma homicida. Y allí yacía gris y blanco sucio aquel pequeño bulto de plumas. Una paloma, pensó, le pareció que aún estaba viva, pero fue una fugaz ilusión, provocada por el aire, que, además de los papeles del suelo, removía aquel sucio plumaje. Por si no estuviera su ánimo lo bastante decaído, la visión de aquella paloma muerta la sumió irremediablemente en un estado de pesadumbre y tristeza. Como punto a punto iban tejiéndose en su mente uno a uno los pensamientos negativos.

Él, tan lejos, la casa tan fría, su corazón tan solitario, la muerte del pobre pájaro, la vida tan vacía, las noticias de la crisis. ¿Qué llevó a la paloma hacia ese horizonte plano? ¿Qué reflejo le atrajo, estampando sus deseos por alcanzarlo? ¿Fue un suicidio tal vez, o acaso todo lo contrario? ¿Un intento de conseguir la liberación, la culminación de un deseo, la más auténtica manifestación de vida? Pensaba estas idioteces asomada a la ventana, sin mirar a nada en concreto, por eso, cuando fue al baño, y vio su reflejo en el espejo, sus mejillas estaban sonrojadas, pensó, por qué ella había ofrecido la otra mejilla. Se sintió derrumbada. Volvió al dormitorio, cerró la ventana. La imagen radiada del cristal roto parecía el dibujo de la viñeta de un cómic con la voz de crack. Así se sentía, su mundo roto. Enfrentarse al día con la que se venía encima. Desayunar con las mismas noticias del desastre económico, engullir apenas sin saborear la dulce mermelada de la tostada que se amargaba en su garganta, porque todo se rompía bajo sus pies, porque todo lo aprendido, lo acostumbrado, lo habituado, aquellos proyectos que un día planeó, que incluso llegó a alcanzar, aquellas ventajas hacia la felicidad, se iban cayendo como los trozos cortados de un folio, como aquel que soporta la desesperada manifestación de nuestros sentimientos y ahora sucumbía frágil a la fuerza de nuestros dedos descuartizándolos.

Crack, esa caída de ave sin vida, de los planes de nuestra edificación emocional, de los principios y derechos, de los progresos arrancados a la decadencia humana. Pero la utilización de estos elementos maliciosamente manejados nos destruye y sin embargo, si ves claro, si la transparencia es nítida, si deja pasar los colores, sin dibujar una imagen falsa, imaginaria, creada por nuestra mente o por otras mentes, la realidad se presenta clara y distinta, y un verdadero impulso surge para crecer y mejorar.

Las crisis son innatas en el ser humano, innatas y necesarias, innatas, necesarias e inevitables. El único modo de progresar.

Observó el espacio que la rodeaba con la conciencia plena distanciada de su ser. Vio los objetos, el espacio entre ellos, los vacíos falsamente interpretados, vacíos pues llenos de aire, de otras vidas, unidos unos a otros, dejando otros pequeños espacios habitables, los elementos que configuraban su mundo. Y sintió su cuerpo, escuchando su corazón, sentía la sangre correr por sus venas, saboreó el aire entrando por su boca, mezclado aún con los restos del amargo café aún agarrados a sus papilas gustativas. Se descalzó para sentir el frío suelo. En un impulso del aire saliendo de sus pulmones brotó de su garganta un rotundo y enérgico “sí”. Era dueña de su crisis, era la protagonista de su existencia. Tras la muerte hay una nueva forma de vida. No iba a permitir vivirla sin dignidad, se sentía con fuerzas para seguir luchando, poseía la verdad y no seguiría mintiéndose, ni dejarse engañar.

Descolgó el teléfono, tras seis largos tonos, escuchó su voz:

- Alfonso, debemos hablar.

Una mañana cualquiera


La mañana exhalaba ese aire exultante, efervescente de la adolescencia del tiempo atmosférico. Antecedentes estivales, mezcla de calidez y brisa fresca de los últimos días primaverales. Días que dejan intuir el juvenil ardor, el clímax metereológico de la próxima estación.

Aún el cristal frontal del coche, allí donde no habían llegado los rayos hirientes de un voluptuoso sol, se hallaba cubierto de una fina agüilla y el rocío marcaba de purpurina un mar de flores en el campo, con ese espectacular goce para todos los sentidos y también el común, el más alterado de todos, lanzándote a una piscina de ilusión y esperanza que solía secarse con la triste melancolía de los primeros días que ya advierten que se acabó lo que se daba. Pasó el verano entre sofocos, viento de levante y absurdo fluir vital, engañándote una vez más, porque la vida es lo que es, una sucesión continua de días y noches, de días buenos y malos, de buenos y malos momentos, un ir y venir de haceres y deshaceres.

El coche reaccionó con un ronco hablar al chispazo que provocó la llave en el contacto. Dejó los niños en el cole como quien deja la ropa en la lavandería, con la certeza de que te la devolverán limpia y planchada. Metáfora que sólo nos sirve para el plano pedagógico, porque de este espacio de formación de seres humanos suelen salir más bien guarretes y desarreglados.

De vuelta a casa, se encontraba ante el desastre que se extendía en el plano rectangular de la mesa, donde entre restos del desayuno pululaban los botes de cereales, café y cacao, tazas y servilletas sucias; las ropas abandonadas, esparcidas por las sillas y ese café maravilloso que ayuda a disfrutar aún más la crujiente tostada. La televisión, con su dosis diaria de temas políticos y sucesos. Sucesos a los que nunca llegaba hastiada ya de tanto morbo, de tanto presentador frotándose las manos ante la perspectiva de horribles asesinatos, corruptos e indeseables personajes. Noticias que ayudaban a rellenar estas mañanas monótonas y tristes de la gente. De ella no. Ella aunque triste no quería dejarse contaminar por tanta basura.

Cuando entró en el salón aquello parecía la entropía del universo, donde distintas galaxias funcionaban dentro de un perfecto mecanismo. Entre cojines y mantas revueltas se percibían tres mundos distintos, donde simultáneamente la noche anterior habían quedado los restos de una orgía, el espacio de la abuela y el caos de una avalancha de críos inquietos.

Recogió como pudo todo aquel desastre, puso el cd de un Bob Dylan que parecía copiarse a sí mismo, aquella canción parecía Like a Rolling Stone, sonaba parecido a Like a Rolling Stone, pero no era Like a Rolling Stone. Cambió a un Van Morrison tal vez anodino hoy. No acertaba y aunque los dos fueran sus cantantes favoritos, decidió no poner música.

En el dormitorio miró por la ventana, un par de mujeres caminaban a paso ligero, un chico paseaba un perro enorme, algún coche cruzaba el espacio de carretera que quedaba a la vista. Inspiró de nuevo el aire de aquel espléndido día, como si sólo en ese momento hubiera decidido respirar, y antes, sólo se mantuviera en un estado entre aletargado y vegetativo.

Llamaron a la puerta, era la vecina de al lado, agitada y llorosa. La hizo pasar una vez más, siempre recurría a ella. Tenía quizás ese don tan preciado y escaso que es saber escuchar. Sentadas en la cocina, le relataba su gran tragedia, se había peleado de nuevo con el novio. Una vez más, su impulsividad desembocaba en arrebatos de gritos que solían traspasar las finas paredes de su tabique. Y es que él… y entonces yo… Y es que no sé cómo controlarme. De nuevo la tranquilizaba y le aconsejaba lo típico que había escuchado. No discutas cuando estés alterada, cálmate, cuenta hasta diez y luego intenta poner las cosas en su sitio, dialogando y haciéndole saber qué te ha molestado. Pero tranquila, sabes que cuando estallas acabas perdiendo los papeles y después, ya ves, te sientes fatal y culpable. Después de este pequeño tirón de orejas, le quitaba hierro al asunto. La recolocaba de nuevo en una tranquila armonía, la desculpabilizaba, estimulaba su autoestima y la calmaba con las palabras que sabía que quería oír. No te preocupes, ya sabes que cuando vuelvas se le habrá pasado el enfado y os daréis cariñitos. Le sirvió una tila y poco a poco acabaron hablando del maravilloso día.

La mañana avanzaba y el dulce aire cálido se fue convirtiendo en un tórrido día primaveral. Escuchó el timbre sonar y sonar en la puerta del vecino de arriba. Alguien se obstinaba en ser recibido y no se resignaba ante una puerta cerrada.

Aún quedaban algunas cosas por hacer, y también algunas horas. Al fin dejó de escuchar el timbre de arriba. Se rindió ante la evidencia y ella siguió llenando el día.