Saber encontrar tus palabras en aquellas palabras. Descubrir con su mirada las profundidades de las cosas simples. Ver lo que para otro pasa desapercibido, saber expresar lo que sientes, saber decir lo que otros ni siquiera ven. No son esas palabras dichas, ni su lugar en la oración, no son descubrimientos nuevos sino realidades cercanas, expresadas de tal modo que uno se sorprende de su capacidad observadora, de los detalles pequeños, de las emociones humanas. Es vida lo que expresan sus palabras, son llaves que abren ventanas donde otros apenas vislumbramos la silueta detrás de los visillos. Él, mi desconocido y sin embargo, tan cercano y comprendido, sin sangre que nos una ni afectos que nos relacionen. Siento su ausencia como la de un amigo y la fatalidad de saber que no veré más sus palabas, no me descubrirán el objeto oculto, la sorpresa de su sensible mirada, y cuál fue la última, la que emanó de su cerebro y se escurrió por el apéndice de su mano, sujetando una pluma en ese grafismo romántico o dedo que tecleó hasta el último fonema. Tal vez, como un instrumento, igual que con la lengua, otra mano la tradujo, letras mezcladas, ahora formando palabra castellana, ahora portuguesa, de su fuente primigenia; que los años nos acercan al origen inevitablemente, donde se grabaron a fuego en la piel de nuestras neuronas. No brotará de este manantial agua nueva, ahora recogida en perpetuo circuito, ahí quedarán un mismo escrito para múltiples significados. Cada uno interpretamos, incorporamos palabras y sentir, y el sentir con el que fueron dichas. El movimiento es vida, y ahora ese rostro pétreo, ese cuerpo frío, se paró todo mecanismo. Muerto el ser vivo, abandonará sus preocupaciones humanas y si algo sigue, si algo continúa, ya por el conocido, visible o invisible, movimiento será al fin y al cabo. Lo que creó el escritor tendrá permanencia más allá de la memoria humana. Aprender de sus palabras, de su mirada, robarles siempre, aunque sé que la belleza no está en sí mismas, sino cómo bailan sobre la hoja para expresar ese sentimiento, esa descripción, en apariencia lingüística que lleva de un corazón a otro una emoción, rabia, tristeza, empatía, de felicidad, de admiración profunda, qué maravilla mirar como él mira y poder decirlo como lo dice y qué bien sentir ese mundo suyo, sentirlo vivo todavía.
Una historia que siempre se ve reflejada en la presente. Una muerte que se ve reflejada en aquella contada, y en otras que llegarán, también la mía.
Viene
arrastrando los pies con paso corto pero rápido, cada mañana bajaba temprano
para comprar el pan bien calentito y tomarlo con mermelada y mantequilla,
desayuno que disfrutaba como un rey; aunque no había sirvientes que se lo
llevaran a la alcoba o se lo prepararan en la salita abrigado bien con una
mullida manta de cuadros en su sillón de orejeras con piel dibujando su
silueta.
No
quedaba lejos la panadería y los años que no vienen solos sino acompañados de
averías corporales difíciles de arreglar y uno aprieta la tuerca con un trozo
de trapo o ajusta la pata de la mesa con un pequeño cartón doblado. Así va uno
poniendo parches para seguir dándole utilidad a lo todavía aprovechable.
Su
andar particular de ritmo dos por dos, mirando al suelo formado entre su
perspectiva de vista y su altura, el cateto al cuadrado de su paso pitagórico,
pies que siempre llegaba tarde a lo que sus ojos alcanzaban, siempre pisando en
un futuro ya visto. Hombre simpático y amable, no saludaba a veces, por no ver
bien pero los amigos lo llamaban efusivamente, Antonio, ya vas aviado, Antonio,
que no vea a nadie, Antonio, después nos encontramos en el bar... A todo
asentía con un gesto amable, una palabra, una sonrisa, nadie quedaba sin
respuesta. Llegó al portal de un edificio tan viejo como sus inquilinos. Seis
vecinos quedaban aún en aquellos tres pisos y su ático donde vivía Antonio.
En el
bajo izquierda estaba Adela, octogenaria. Su hija iba cada día, arreglaba la
casa, aseaba a la anciana, le preparaba el desayuno y le dejaba en el
microondas la fiambrerita de la comida para el almuerzo. Dejaba el aparato
listo, marcado el tiempo, para sólo cerrar y poner en marcha. El plato al lado
con el pan, vaso, servilletas y cubiertos. Luego la sentaba en el salón, le
ponía la tele y le daba un beso. Vengo por la noche, mama. A ella aún le
quedaba una dura jornada limpiando oficinas.
En el
primer piso de sus cuatro viviendas sólo dos quedaban habitadas. Un matrimonio
con su hijo de cuarenta años, esquizofrénico; las drogas trastornaron su
cerebro, era un chico alegre y normal como todos los niños pero se echó malas
compañías. Cuando sus padres quisieron darse cuenta, ya luchaba con monstruos
imaginarios que sólo él veía. Enfrente vivía una buena moza que Antonio siempre
piropeaba y ella correspondía con un beso. Cincuenta años de soledad obligada,
quedó joven sin padres, las amigas se fueron casando, ella sólo del trabajo a
la casa, sus revistas, su telenovela y algún café en casa de una tía. Tenía
buenas carnes aún apretadas, pero ya se le pasó el arroz y nunca fue mujer
decidida, ni de hacer amistades con facilidad. Compró un ordenador más por
insistencia de sus compañeros de trabajo y una oferta comercial. Alguna vez
intercambió email y mantuvo algún chat pero no pasó de ahí. Al menos estas
conversaciones ayudaban para no perder las costumbres sociales.
Llegamos
al 2º, tres de las cuatro puertas están pintadas de un marrón oscuro, de
pintura brillante descascarillada, creando un paisaje desértico y abandonado.
Puertas que guardan la nada, como interior de cuerpos sin alma. Sólo una está
reformada, aspecto cuidado y moderno, con finas molduras y una pequeña mirilla
sobre la que está un pequeño cartel en el que se lee “Dios guarde cada rincón
de este hogar”. Es el 2º B. Ahí vive el pobre Pedro, lo guarda todo, recortes
de revista, libros antiguos, cajas de lata de galletas, cola-cao y membrillo.
Recoge objetos curiosos, rotos, que encuentra por la calle; mira la pieza y se
le ocurre construir un móvil, colgarlo en la ventana para que los días de
viento suene como campanitas. Últimamente colección a tapaderas de lata de los
botes de cristal, intentando convencer a su mujer que hará algo para el pequeño
de sus nietos. Veras mujer qué camión le voy a hacer. Pedro, hoy los niños
tienen de todo, eso no le va a gustar. Ay, Pedro, Pedro, esto son porquerías.
En un descuido se lo tira todo y él anda buscando durante días dónde lo dejó.
En el
3º se escucha música, normalmente nadie queda en este piso, pero será el hijo
de los García, compraron una unifamiliar en zona bonita de jardines y calles
cuidadas, rectilíneas, de aceras anchas, árboles jóvenes y verde césped regado
con regularidad, que el ayuntamiento atiende a las apariencias y éstas van
acompañadas de cuidadas fisonomías. Lo que haya dentro de aquellos muros ya es
cosa íntima, que lo importante es lo que mira el ojo ajeno.
Este
muchacho, con edad que exigía, traía sus aventuras al abrigo de censuras
paternas. Estos jóvenes, piensa al pasar por la puerta, no sin cierta nostalgia
de otros tiempos. Así anda esta juventud, entretenida en estos deleites, en un
mundo que roba identidades, confunde conciencias y anula juicios. Viven mejor,
tienen coche, y hasta un lugar donde sofocar estos ardores del cuerpo que
reconfortan el espíritu. Tienen más que aquellos que dedicaron esfuerzos desde
amaneceres y jamás pudieron soñar.
Sin
embargo, los ve ahí, engañados muchos, convertidos en números, uniformados de
vestimentas ideales y, sobre todo, inmensamente frustrados. Cabecea de un lado
a otro no encontrando el origen del problema, quizá la única realidad posible
sea este punto de locura para poder asimilar tal avalancha de información en
este mundo caótico donde persistimos con el único pecado, pero también virtud
de esta personalidad bipolar de la existencia.
Al
fin llegó, el pan ya está frío. Metió con dificultad la llave que antes buscó
en su bolsillo. Abre la puerta a un pequeño espacio apenas unos muebles, unos
electrodomésticos antiguos, un frigorífico que enfría más por el hielo que
lleva en sus entrañas, un pequeño televisor en la pequeña cocina, un fuego aún
de gas y un microondas oxidado. Una pequeña alacena con algunos platos, vasos,
tazas, una sartén grande y una pequeña. La olla roja con cardenales negros de
muchas caídas y ya preparado en el fuego la cafetera aún caliente, pero no lo
suficiente. Una vez más tendrá que calentar el café en el microondas, mientras
unta de mantequilla y pone mermelada al blando y blanco pan, la harina
espolvoreada como nieve sobre montaña, como caspa sobre jersey oscuro.
La
mesa ya está preparada, con su mantel individual, e l azucarero y el libro.Del
saloncito se sale por unas puertas acristaladas a una pequeña y hermosa
terraza, llena de macetas selváticas, aleatorias, revoltosas y alegres,
esparciendo olores y colores que alcanzan a su corta vista, frente a un espacio
acotado de altos edificios, azoteas con trastero y ropa tendida, un mar de
antenas como un espacio interestelar, redondas, alargadas, y llenas de aristas,
torretas metálicas, ventanas y más ventanas, abiertas, entreabiertas y
cerradas, muchas ahora vacías, que, como verbenas se encienden cada noche
cuando sus dueños las habitan. Se llenan entonces de olores, de voces, de
gritos, de calor humano, todos arrastrando cansancios del día.
Lleva
la taza y el plato con el pan, se sienta agotado, callado, mira, costó subir
estas escaleras, cuesta vivir esta vida sin ella, sin nada y entonces mira
hacia arriba, tan cercano como para tocarlo con el dedo, este cielo, esta luz
del día, esas nubes esponjosas. Merecía la pena subir cada día estos altos
escalones para tener ante su vista este inmenso cielo, esta paz infinita, no de
ruidos, que no eran pocos, sino de esta guardada, acumulada por hermosos
recuerdos que aparecían y desaparecían por las calles de su cerebro y, de vez
en cuando encontraba en alguna esquina. Ella apoyada sobre aquella vaya y su
sonrisa.
Entraba
de mañana, salía cuando oscurecía. Aquellos cuarenta y cinco años en la
empresa, empleo que consiguió gracias a un vecino. La fábrica, su familia, más
horas le dedicaba, es la dignidad del pobre, su entrega al duro trabajo. Es de
locos, aunque peor sería el dorso inclinado sobre la tierra, de nuevo la mirada
oblicua. Es la desgracia del pobre, ser corto de miras, ahí andan los ricos
expansivos, con amplios horizontes donde nunca cae la noche. Él, sin embargo,
tuvo más sombras que luces, que no es lo mismo que decir hombre de poca
sensatez, formal fue toda su vida. Hubo mujer e hijos, ilusiones y pesadillas,
lucha y enfermedades tempranas, y un tras-trás, tras-trás de la cinta empaquetadora,
vigilante siempre, cayendo aquellas piezas en su justo espacio cuadriculado y
él atento de manos y ojos, y cerebro ausente, libertad que a estas alturas se permitía.
Cuando llegó la hora de vivir se acabó en dos días.
No es
de un sólo color la vida, la risa se improvisa, el sol calienta, este desayuno
que es una delicia y cae en el estómago arrugado como maná en tierra árida pero
agradecida. Este libro que avanza página a página, estos pasos, escalón tras
escalón hasta su guarida, y aquí ahora, por fin, tragándose esta luz infinita, tantos
años negada, que a ella se adaptó su vista.
Una
bocanada de aire, otra de pan con mermelada y mantequilla y para que baje, un
sorbo de café. Esto es vida.
Recién inaugurado el parque que
apenas divisaba desde la ventana de la cocina de su nuevo piso, una tercera
planta, este sí, con ascensor, en una recién estrenada urbanización, como un
traje nuevo que se cuida de estropear y manchar. Calles, farolas, árboles,
aceras y papeleras con aún etiquetas de compra. Pero a cambio, ausencias de
tiendas y bares, de conocidos vecinos, de encuentros cotidianos en los lugares
de costumbres: la carnicería, la panadería, el quiosco de prensa o el pequeño
supermercado que abastecía sus despensas.
Manuel abandonó la casa vieja
donde vivió los mejores años de su vida. Allí entraron una chica morena de pelo
rizado, con la mirada inocente de sus veinte años. El se dejó bigote para
parece mayor. La vida entonces también tenía color aunque todo parecía sepia;
que envejecía en aquella fotografía, uno de los días más hermosos de su
historia de amor. Allí fueron padres, allí se agotaron calendarios y se
estropearon relojes. Allí se reconocían en el espejo aunque si se miraran ahora,
se extrañarían como desconocidos. La vida necesita de esa continuidad, pero hay
cosas que no soportan el paso del tiempo y delatan dejando en evidencia como
niños descarados o impertinentes, arrugas de dentro y fuera. Los hijos que
crecen, los achaques y deterioros del cuerpo, los muchos que marcharon, los
pocos que iban siendo amigos. Las emociones despintadas y el desengaño
continuo, eso sí nunca renegó de lo vivido y aunque apenas perdieron pelo,
estos blanquearon. La niña se casó y el pequeño marchó al extranjero. De nuevo
como novios, se dijeron pero poco les duró aquella nueva luna de miel, y la
vida le entregó a ella la última carta. El tiempo aquel día lo acompañó en su
dolor que continuó en una larga temporada de intensas lluvias pero como siempre
tras la tormenta vino la calma.
El día a día estableciendo una
nueva rutina. La habitación a oscuras cada mañana aireada, aquella ventana que
dejó abierta cuando salió de aquella casa. Ventana por la que cada mañana
tomaba la temperatura al día con el termómetro de la palma de su mano. Hoy
cogeré chaqueta que aún refresca este mayo. Bajó las viejas escaleras con mucho
cuidado y encontró en el portal a un funcionario que echaba papeles blancos con
tinta negra, doblados y grapados por el centro. Qué son estos impresos, tuvo la
osadía de preguntar, él que siempre fue hombre discreto. Ya lo verá usted
cuando lo lea. Son del Ayuntamiento. Déme el mío, por favor, es el 4º C. Cómo
se llama. Manuel Blanco. Y qué más, pero hombre, que soy el único. Tenga. La
orden de desahucio. No le extrañó, meses antes ya vinieron aquellos señores,
arquitectos y peritos que entraron en su casa invadiendo sus adentros. Miraron en dormitorios y baños, tocaron paredes y techos, tomaron fotos y para ver una
grieta retiraron el retrato que con tanto cuidado veneraba cada día. Un mes
para recoger tantos recuerdos, fotografías de tantas cosas vividas. Qué sería
de su memoria frágil sin éstas. Los libros compartidos, regalados, dedicados
con frases de intenciones ocultas y significados secretos; algunos encontrados,
la gente todo lo tira. Discos que acompañaron sus viajes y tantos otros
momentos. Tantas horas y días, como en una cacharrería, se acumulaban los
objetos cargados de recuerdos.
No le importó demasiado, había
tenido que decir adiós a tantas cosas que una más qué importaba. Era perro
viejo y sabía que la vida tiene mal pronóstico y al final siempre hace su
despedida a la francesa.
Su hija hizo todo lo posible para
que se fuera con ella. Estaba lo bastante lejos para quedar a comer, pero lo
suficientemente cerca para encontrarse de fiesta en fiesta. Quedó en llamarlo
cada día. Y el extranjero, es una aventura demasiado joven para el que se ha
hecho ya a las viejas costumbres y rutinas.
Al final todo tiene una solución
fácil y aunque nunca encontraría un alquiler como el de su vieja casa, ahora tenía
pocos gastos y podía pagar aquella subida.
La urbanización, no era el típico
barrio, que suena a añejo y a historias de vidas de Berlanga. Estas viviendas
de extrarradio no desean mimetismos, más bien buscan diferencias, unas piedras
aquí, una valla transformada, un elemento de color, unas ventanas de madera o
un balcón hecho cierro. Su casa quedaba cerca de unas unifamiliares,
uniformadas inútilmente intentando lucir su personalidad.
La soledad no era allí mayor pero
sí que se encontraba con menos gente. Aún no conocía a sus vecinos, por lo
general parejas jóvenes con niños pequeños, llorosos, mocosos y gritones y sin
embargo su corazón agradecía esa calidez. Procuraba dar una vuelta por la zona,
donde se cruzaba con los que iban paseando sus perros, entregados a sus
necesidades con el pretexto de sentirse sus dueños; otros haciendo footing o
con bicicletas y mujeres de cierta edad que acostumbran a andar para mantener a
raya su colesterol. El parque era perfecto para sus paseos, allí entre sus
plantas recién sembrada, sus árboles, que aún no conseguían dar sombras, pero
con bancos generosos para el descanso y el deleite de observar; observar a los
otros, los que viven. Él rebajó el ritmo, ya nada era igual. Sí, respiraba,
dormía, comía pero este ser vivo abandonó hace tiempo el tren del que se bajó,
o más bien, lo tiraron. Así se sentía como un viejo, sentado en banco de
estación, viendo a los pasajeros en su trajín vital, sus idas y venidas. Para
él, la distancia era corta y para ella le bastan los pies.
Esa mañana lucía un día de esos
que te entran ganas de vivir, donde todo es hermoso, la gente amable, el aire,
su olor perfumado que alimenta los bonitos recuerdos y los pensamientos
tiernos, todo tiene una tonalidad blanca como la luz descomponiéndose en un arco
iris de emociones coloridas y positivas. Estaba bien entrada la primavera pero
el sol aún se hacía soportable, así que entró en el parque, jugaba unos niños
con una pelota, otros andaban por los columpios, las madres charlaban y reían.
De vez en cuando gritaban un nombre seguido de alguna advertencia: ¡Rubén,
cuidado que te vas a dar! ¡Carlos, Javier, no juguéis así que os vais a hacer
daño! ¡María no le des tan fuerte a tu hermano, que lo vas a caer! Un continuo
juego de control y habilidad para escapar de él. Un hombre paseaba con un perro
pequeño y peludo a pesar de los carteles que prohibían su entrada. Las mujeres
lo miraron desafiantes, sin atreverse a decirles nada, esperando que interpretra
sus miradas asesinas –lástima no viniera ahora la policía y le pusiera una
buena multa- decía una a la otra bajito, como se dicen los secretos.
Al rato, se levantaron llamando a
voces a sus hijos, el infractor y su perro también marcharon y él quedó feliz,
solitario, respirando la mañana como si esnifara una droga que le aportaba
vitalidad.
De pronto la vio, reconoció su
figura inconfundible, conocía tan bien cada línea de su cuerpo, esos límites, esas
carreteras secundarias y autopistas sin peajes, que tantas veces había
delimitado con sus manos. Se acercó, ¿qué haces aquí? ¿Por dónde viniste? dijo
con extrañeza fingida ¿Dónde iba a estar si no? me dejaste en aquella casa
sola. Por eso te dejé la ventana abierta. Sí, pero tuve que presenciar aquel
destrozo, nuestros humores salieron huyendo, nuestras palabras dichas,
sepultadas; entre los escombros nuestros besos y abrazos, nuestros lloros y
rezos; y aquellos monstruos de hierro ahogando las risas de nuestros hijos. Vente
conmigo, te enseñaré nuestro nuevo hogar. Allí de nuevo lo llenaremos de amor.
Ella le miró, se te ve cansado, no, sólo estoy viejo.
Aquella noche hicieron el amor
como sólo se hace en los sueños. Por la mañana el teléfono sonaba insistentemente.
Nadie lo cogió.
Dejad que los niños se acerquen a mí. Esta máxima ha sido llevada a sus últimas consecuencias por religiosos de todas las épocas. Gente que “gozan” de unos privilegios e impunidad. Esta gentuza encuentra en esos ámbitos la posibilidad y el encubrimiento perfectos para sus inclinaciones perversas. ¿Se justificarán después en frío? ¿Serán conscientes del daño tan atroz que ocasionan, o se engañarán con argumentos novelados del Decamerón o justificaciones prepotentes?
Mis años han tenido que ver y oír muchos de estos desgraciados casos. Estos individuos actúan con todas las ventajas posibles, tienen a su alcance “mercado fresco y abundante” y cuando se conocen algunas de estas desgraciadas actuaciones, la Iglesia, esa respetable institución que vela por la vida de un embrión, no es capaz de respetar la vida de un ser humano, no en potencia, sino en acto, que sufre y cargará con las consecuencias toda su vida. Esta, como digo, poderosa institución, los coge y los envía a otro lugar donde seguirán haciendo lo mismo, ocultos y protegidos por individuos que, probablemente actúen igual, pero que aún salvan el pellejo. Seguramente les dirán, cuando se sabe públicamente, ¡pero, hombre, padre, tenga usted más cuidado, disimule y extreme la cautela y, sobre todo, elija bien a sus víctimas, no a débiles que confiesan todo…!
He escuchado en muchas ocasiones de representantes y acólitos de este club, que deben ser considerados también como hombres, con sus debilidades, con sus pecados y sus tormentos. Y yo les digo, -y la gran mayoría no sienten ni arrepentimiento-, si son hombres, ¿por qué deben tener estos privilegios? Sus comportamientos son delictivos y, como consecuencia, supeditados a la ley civil, con todas sus consecuencias, y no tapujos y con tierra por medio, quedando totalmente impunes sus delitos y lo que es aún peor, dejándoles la puerta abierta a estos depredadores y al alcance, tiernos cachorritos. Desde que la Iglesia encontró el perdón para justificar todo, piensan que todo se arregla con el arrepentimiento –falso por lo general-, lástima que sólo aplique ese acto de bondad y caridad, ese celo por el bien, con sus miembros, pero no tengan misericordia con los demás seres humanos.
Caen con todo su equipo sobre personas buenas que necesitan la comprensión y apoyo social y qué cautos se presentan cuando tienen que tomar partido y opinar sobre estas bestias.
La Iglesia defrauda continuamente, se les ve el plumero a poco que arañes la primera capa, apesta a poderes y bajos fondos, de apariencias falsas.
¿Por qué tanto empeño en demonizar a las mujeres con vídeos y dibujos escabrosos de abortos, imágenes truculentas que fundamentalmente encubren una enorme misoginia, y sobre todo mostrar un escaparate de humildad y respeto que no tienen? No más que estadísticamente se da en la población. No son sus hábitos los que los hacen buenas personas, ni siquiera su ideología que tergiversan a su antojo. Que no sólo se arrepientan, sino que eviten el pecado, el daño al prójimo y a uno mismo. Esto es asequible para cualquiera. De poco sirven sus Concilios y sus muestras pomposas y grotescas de falsa humildad. Sus hábitos sólo les sirven para cubrir sus bajos instintos, sus personalidades enfermas, sus intereses lucrativos y de poder, y, sobre todo, su arsenal de destrucción masiva. No lo busquemos en el pueblo, éste ya tiene sus castigos, espías, su vigilancia y su justicia. Busquémoslo en sus congregaciones, sus colegios y conventos, sus organizaciones beáticas aniquiladoras de cultura y dignidad, busquémoslo en su cúpula de poder y nos quedaremos trágicamente sorprendidos. Ningún país, ningún organismo, ninguna mafia es diferente en su despotismo y aniquilación humana, sólo que a éstos, ya los conocemos, vigilamos y, a veces, con suerte, los destruimos. Pero aquellos, aquellos están bien protegidos de oro y diamantes, de poder en todos los sentidos. Y si te atreves a atacarlos te muestran como a endemoniados sus crucifijos, como si ese pobre hombre desnudo tuviera culpa de algo, más bien tiene que estar en el paraíso revolviéndose como en sepulcro de cómo estos canallas dicen que Él dijo, y donde dijo digo, digo Diego.
Mi respeto al hombre decente, sin título. Sus justificaciones, las mismas que las del asesino o el vagabundo, que sin respaldo, se enfrenta a su cruel destino.
Generalizo, cierto, porque, cuando ellos hablan, también lo hacen, se sienten uno; estupendo, pues su cuerpo apesta, porque están corrompidos, obsoletos, fuera de la realidad, pero peligrosamente bien sujetos a ella.
La Iglesia es sólo poder, que no engañen con falacias, “la Iglesia somos todos”. Hace tiempo que saben que un club sin miembros no hace nada, cuanto más números para alardear, mejor, pero hacen trampa, y ellos lo saben. No son todos los que están. Venimos de épocas tristes, y la religión es, ha sido y será un enorme poder de control, y el controlado no es libre, pero basta como número, basta que repita adoctrinadamente su mensaje y, si apuras, ni siquiera esto es necesario. Lo apuntas y ya está dentro, aunque lo hagas por costumbre, aunque lo repitas por defecto, por adaptación social y pocas veces por convencimiento. Que hay convencidos que dan miedo de cuánto odio camuflado de palabras vacías, llevan dentro.
Abramos ventanas y puertas de iglesias oscuras. Rompamos vidrieras luminosas, “de colores” engañosos que ocultan su negrura. Limpiemos de confesionarios retrógrados que ocultan rostros y gestps que convierten a la persona en objeto, de pecado, de voz que relata sus secretos, secretos morbosos, que alimentan otros secretos. Yo te digo, te absuelvo, y tú vuelves al rebaño hasta nuevo infierno. Cuanto más intelectualizado, más justificadas sus debilidades y pecados.
El sacerdote se perdona lo que tienen de ser humano, tres padres nuestros para la mujer infiel, para el niño travieso, dos avemarías y un credo, pero él tiene a veces, mujeres y niños ocultos, declinando y abandonando sus responsabilidades; ellos escuchan los placeres humanos y ellos los practican con asiduidad.
Gente buena las habrá, ya digo, como en la población en general. Si eres buena persona, deseas y buscas el bien para el otro. No te hacen falta espacios protegidos ni vida cómoda sin responsabilidades ni sueldos por subirte a un púlpito. Sal a la calle, acércate al que sufre, sé una persona que trabaja como cualquier otra y lucha por unos hijos que, además, de alimentarlos y cuidarlos, intenta hacerlos hombres buenos y personas felices. No hace falta encerrarse en un convento, es más, hace falta que ayuden fuera, sus vidas son egocéntricas, cómodas, tranquilas, sosegadas y protegidas. La vida, la verdadera está fuera de esos muros, de necesidades reales, dejémonos de trascendencias, de miradas místicas y de intenciones lascivas.
Que abran puertas y ventanas, que derriben muros, que salgan a las calles y convivan con sus convecinos, que se desprendan de lujos y artificios, que por favor, no me vengan con argumentos de este tipo: “es que si tuvieras a tu padre, no le darías lo mismo”, o “esto es arte y un beneficio para la humanidad, que de otro modo no hubiera existido”… Pero mientras, yo me lucro. Anda, practicad vuestra ley, desprenderos de bienes materiales, ¿no predicáis acaso, que no tengamos apegos de este tipo?
A veces me pregunto si podemos ser, a veces tan ilusos, nos engañamos por torpes o por listos. ¿Cómo, con el nivel de progreso alcanzado, aún estemos por este camino? ¿Son conveniencias o es que su poder es infinito? El ser humano es susceptible y vulnerable en estas miserias y en psicología humana son expertos, nuestras incógnitas y miedos requieren a veces de estos artificios. Y ellos lo saben, pero, por Dios, ¿es qué no lo vemos? ¿No nos damos cuenta de su gran mentira, que engañan a inteligentes e idiotas, a pobres y ricos? ¿Vamos tan preocupados en nuestros quehaceres que ni siquiera cuestionamos? ¿Son tantas nuestras necesidades de trascendencia que preferimos mentiras no demostradas que preguntarnos si todo esto es lógico? ¿Si es peor un silencio que una mentira, si debemos permitirles este dominio? Las víctimas siempre son más numerosas, pero ignoran su poder, el día que lo reconozcan, el ogro será destruido; pero ellos son estudiosos, saben mover hilos, saben dividirnos, saben entender nuestras debilidades y utilizarlas en su beneficio. El hombre es religioso por naturaleza, no amigo, ¿qué es eso de religioso, y qué naturaleza es esa? Que yo no veo a monos entregados a rezos, que no veo a pájaros en coros ni a pingüinos con gorros absurdos, no veo a vacas abnegadas fustigando sus pecados. Sólo veo a hombres creídos de inteligencia y engañados como simples lombrices, que hasta ellas son más sabias y saben para qué existen.
El hombre sólo se necesita para ayudarse, para conseguir su supervivencia, y en este mutuo beneficio, más vale ser bueno que malo, aunque muchos prefieran los segundo.
Que miramos al cielo y nos inunda el miedo a lo desconocido, pensemos que eso es bueno, busquemos, que es lícito. Pero, por favor, no seas esclavo de nuevo. Ellos, término genérico, te quieren manipular en su beneficio. Eres un rédito con intereses, eres un tonto que se engaña fácilmente, aunque debo reconocer que tienen buenas estrategias, que no es tan fácil verlos venir, que tienen otros poderes a su alcance. Y la información es un arma de doble filo. Y a la vista está cuál están usando en todos los sentidos.
¿Qué poder tenemos el hombre y la mujer de la calle, qué coraza, qué trinchera, qué armas, si incluso el saber está contaminado de correligionario y proselitismo, de conocimiento manipulado? A veces, una ausencia es suficiente, otras, un pequeño cambio y artificio.