viernes, 1 de mayo de 2015

Ojalá al fin me calle



Cada mañana lo planeaba y por una cosa u otra acababa cada noche vivito y coleando. Estaba cansado de esta vida que ya me parecía muy larga, y el día a día sin sorpresas más que las acostumbradas: problemas al orinar, la pierna fastidiada, la compañía ruidosa de una sala llena de viejos y viejas como yo en una mezcla extraña de murmullos solitarios, algún que otro quejido o suspiro, a veces llegando al lamento, y esa maldita tele con su griterío de fondo, su mundo multicolor y paradójico de desgracias y anuncios ayudando a una ilusión casi ofensiva, sobre todo en este contexto donde sus prometedoras perspectivas caían en un destartalado saco roto.
Estaba harto de todo, de la comida, del horario estricto, saturado del muestrario variado de pastillas como carta de colores, repartidas en desayuno, almuerzo y cena. De tener que comer cuando no quería, de no poder comer lo que deseaba, del timbre para las llamadas, de las palabras de condescendencia y de reñirnos como si fuéramos niños mal criados. Sin más distracción y movimiento que el intento, qué digo, simple amago para coger la pelota en los juegos, el párvulo machaqueo en las sesiones de ejercicios que, con cierta grandilocuencia, llamaban hacer deporte. Mucho nombre para mover dedos hacia arriba y abajo, inclinar la cabeza de un lado a otro, que parecíamos patosos cabezudos en desfile. Giro del pie completo, nos insistían, marcando ese círculo perfecto. Pues antes hago la O con un canuto a pesar de este temblor de manos, porque este movimiento no llega a más que a un torpe intento frustrado, si de algo tuvo de ángulo, fue del llano y del círculo sólo el diámetro.
Lo había intentado con todo, un bote de pastillas robado al vecino de cama, que ya apenas se enteraba de que aún seguía en este mundo. Comiendo cosas en mal estado, un yogur, unas galletas revenidas, un pan con moho, pero nada, acostumbrado el estómago a la porquería con la que aquí nos alimentaban, ni se inmutaba siquiera, ni una triste diarrea que me llevara de este mundo cagando leches.
Dirán ustedes que dónde queda la fuerza, la valentía, el desgarro horripilante, la grotesca mueca de un buen trago de lejía, o ingerir aguafuerte; tirarse a la piscina sin agua o con agua y cargar el flotador con piedras o salir corriendo desde la puerta y lanzarse por la ventana. Incluso decidí un día dejar el bastón y aprovechar un suelo encerado o mojado para dar una carrerilla bochornosa y descalabrar mi maltrecho esqueleto. Pero ni las venenosas bebidas estaban a mi alcance, que estas jodidas limpiadoras guardaban a buen recaudo, ni la piscina era tan honda, que más parecía una fuente donde esta macedonia de carnes arrugadas se remojaba, pasando ya de garbanzos a la maceración putrefacta. Tampoco, como es de lógica, servirían anclas de peso para hundirse uno, pues de las pocas veces que intenté refrescarme en ese charco caliente, ni hueco tenía para moverme y mucho menos para intentar hundir la cabeza. De la ventana ni para asomarme, a no ser que tuviera un gato a mano para abrir las rejas y para el caso, apenas un metro tenía del suelo al piso, pues todo el edificio era de una sola planta baja. Y lo de provocar el resbalón lo pensé un poco mejor y creí que como mucho conseguiría romperme la cadera, y creo que eso aún complicaría más las cosas y no sería la solución perfecta, la despedida triunfante, el brindis al sol y decirle a la vida, ¡ahí te quedas, puñetera!
En fin, que hoy, no sé bien cómo fue, que se me ocurrió esta solución. La salida de los jueves tenía la clave. Las monitoras, dos chicas alegres y amables, muy jóvenes y guapetonas, siempre con sus bromas con estos pobres ancianos que apenas les reímos sus gracias, no por malajes, claro, sino más bien por falta de oído. A nosotros lo que realmente nos gusta es contar nuestras batallitas e historias, retahílas de quejas, mostrar orgullosos nuestras fotos que llevamos en la cartera, demostrarles a estas jovenzuelas que uno también fue joven y con buen porte donde los haya, que este cuerpo trajinó a más de una como ellas. A las mujeres más dadas a los hijos y nietos les gusta contar sus vidas, duras pero hermosas, sus atentos cuidados con su familia, su conformismo en no ser ya lo que eran, ni sombra de aquellos ojos ni boca jugosa, ni dientes dentro de ella, ay todo se fue con los años y trajo el dolor inevitable ante cierto abandono de aquellos y de tantas soledades desde que se muriera su Paco, Manolo, Antonio o Eustaquio.
El jueves, como digo, nos sacan de paseo, nos hacen un pequeño recorrido por el parque, nos permiten hacer algunas compras, pero siempre bajo la atenta mirada y custodia de las monitoras, no vaya a ocurrir alguna desgracia o alguno se pierda tal como tienen la cabeza. Así que vamos vigilados como niños, pero recorriendo las calles como turistas del Imserso.
Ya lo tenía, lo único que me echaba para atrás era mi preocupación por buscarles un disgusto a estas chicas tan majas. Como todos vamos lentos, unos más y otros menos, con ayudas de sillas o taca-taca algunos, otros aunque confiados de sus piernas sus pasos ya no dan para grandes zancadas, en los semáforos siempre nos juntan a todos para cruzar en el mejor momento. Pero siempre en los minutos que dedicamos a visitar alguna tienda, comprarle algo al nieto o un capricho para uno y como casi siempre lo normal es que estos establecimientos estén situados por las calles más céntricas, nos obligan a ir caminando apretaditos abarcando toda la acera, a veces casi por el filo con el consiguiente peligro. Fue pensando en esto donde vi la ocasión.
La idea me vino tan de improviso, clara y nítida como una revelación, tan buena me pareció que dudé de mi inteligencia por no habérseme ocurrido antes, tan audaz, eficaz y simple solución. Sí señor, por si todavía no lo habéis imaginado, mi decisión era lanzarme al asfalto cuando los coches estuvieran pasando.
Pero gracias a las fantásticas resoluciones municipales para la seguridad de los ciudadanos y el extremo cuidado que últimamente ponen en el mobiliario urbano, las aceras por donde ahora nos llevaban tenían barandillas protectoras, abiertas sólo en aquellos espacios donde cruzar la calle era recomendable. Sin embargo, como ya estaba mi mente dirigida a, es decir, enfocada hacia ese fin, uno metido en el tema tiene más fácilmente respuestas alternativas, y fue así como ya lo vi del todo clarísimo. Cómo no lo había pensado antes… ¡el paso de peatones! Pues claro, ¿quién respeta ese espacio pintado, esa cebra de la selva de asfalto caliente? Nadie o casi nadie. Aprovecharía el descuido de las monitoras o mientras las viera atendiendo a otro compañero y, ¡hala! me lanzaría confiado como adolescente queriéndose comer el mundo y al fin ser tragado por él.
¡Vaya bochorno! No conseguí más que un rapapolvo. ¡Por qué me tuvo que tocar el conductor más cívico, el vehículo con el mejor sistema de frenado! ¡Qué ridículo hice! Fue tan grande que si no morí en ésta podría haber muerto de vergüenza. Encima me sentí culpable porque las jóvenes, aparte del gran susto que se llevaron, recibieron una reprimenda en el despacho y, por si fuera poco, tengo a todos los demás ancianos en mi contra pues el asunto este ha traído consecuencias. Por lo pronto, dos semanas sin salir y a partir de ahora, nada de compras por estas zonas, a lo sumo parque y palomitas, cháchara al aire libre, a la sombra de un buen árbol y el reposo tranquilo y sin peligro del duro banco.
Nada, los días van pasando y la amenaza de los años parece no ser suficiente para que ya vaya acabando esta rutina de una vez, pesada y cansina, venga sonda cuando esta agüita amarilla se niega salir, estas llagas en la boca, estreñimiento cada dos por tres, malas noches de insomnio y días de esqueleto oxidado, dolorido que dicen tiene que ser esta maldita humedad del mes de abril. Pues no sé yo que pensar cuando llegue otra vez diciembre.
Mira, lo que ahora me he propuesto es matarme a cigarrillos, en plan vicioso, así que a ver si puedo chantajear a alguno de éstos y los compro de contrabando conseguido a través de algún nietecillo que les hace de camello. Me he propuesto gastar la paga entera para esto, en fin, ¿para que la quiero? Mejor comprar todas las cajetillas que pueda y fumar como un carretero a escondidas, a lo loco, como una chimenea, poniendo en peligro mi vida si hace falta al relente de la noche. Si no caigo de esta ya lo que me queda es atragantarme con algo o, ¿quién sabe?, si cerrar pico y negarme a comer, pero esto no es posible pues corriendo te meten un tubo o te atan a la cama con la aguja del suero… ¿Y si esta noche me niego a respirar cuando todos estén dormidos? A ver, ya les cuento, ¡qué digo!, ojalá al fin me calle.

jueves, 30 de abril de 2015

Julia



Julia venía del trabajo cruzando la calle camino a casa con su uniforme blanco y una rebeca negra que cubría el desabrigo de unas mangas cortas, por otro lado tan imprescindibles en las duras jornadas laborales que aún en invierno eran necesarias con el continuo trajín limpiando suelos que le hacían a una entrar en calor tan rápidamente, en un sofoco intenso sobrándole todo lo que llevara encima.
Venía hablando sola con un leve movimiento de labios y una gestualidad enfurruñada, a saber qué historia rondaba su cabeza en esos momentos, alguna discusión en el trabajo, un problema con alguien o preocupada con qué poner de comer. Ahora le tocaba continuar trabajando en casa, los niños estaban a punto de volver del colegio y el marido que solo tenía una hora para almorzar y volver al taller.
Anoche apenas pudo dormir y el cuerpo le dolía como si sobre él hubiera caído una montaña de piedras, pero iba andando ligera, entretenida con su monólogo interior, tan abstraída en ese mundo mental que tuvo que pitarle un conductor. Desde la ventana Carmen, la vecina, sufrió el sobresalto del peligro al que estuvo expuesta y ahogó un grito convertido en su nombre, Julia, ten cuidado mujer que te van a atropellar. Pero Julia iba erre que erre con su tema en cuestión que, como si nada hubiera pasado, siguió su camino sin inmutarse y ni se enteró de lo que la vecina le gritaba.
Cuando abrió las puertas de su casa, con el desorden de la mañana aún intacto, comenzó como una autómata, metida en su papel acostumbrado, a recoger pijamas tirados por ahí, la mesa con algunos restos del desayuno. A una velocidad de vértigo hizo las camas y, con las cosas más o menos en su sitio, cogió una fiambrera del congelador y mientras se calentaba en el microondas, puso la sartén y en unos segundos picó el ajo y sofrió unas judías, colocó los platos sobre la mesa, fregó los pocos vasos y tazas de la mañana y todavía tenía brazos para ir removiendo el guiso y echarle un continuo vistazo a lo que tenía en el fuego.
Con todo controlado, suspiró y fue corriendo a la puerta cuando con insistencia llamaban los niños, bulliciosos, alegres y hambrientos y subiendo los últimos escalones llegaba Antonio con el mono azul, lleno de grasa hasta la frente. Anda, lávate esa cara y las manos y ponte a comer, le dijo cariñosamente mientras cerraba la puerta tras de él y se dirigió al comedor para atender a los críos.

viernes, 10 de abril de 2015

Las certezas inciertas



Hay días que te despiertas del sueño con la enorme carga de la vida y por breves momentos piensas, y qué si esto fuera la muerte, hallarse sumergida en ese mundo donde todo pasa sin ocurrir realmente. Y si la vida no es más que eso también, un poner la carne en el asador experimentando el dolor del fuego candente, el placer de la comilona, las ansias y el hartazgo, el apetito de cumplir ese deseo y la desilusión de ser insatisfactorio haberlo o no conseguido.
Cada noche vivimos una muerte provisional y una vida alternativa, sin embargo sumergidos en sus brumas, sus rostros conocidos y desconocidos que no sabemos de dónde salen, sus argumentos temáticos, sus recorridos sujetos a otras medidas de espacio y tiempo, son para nosotros reales en esas horas donde el giro rápido e involuntario de nuestras pupilas los recorre y hasta cierto punto los vivimos. Sólo las emociones se les parecen, aunque no sus actos. Pero, ¿se ha comprobado si también habrá sufrimiento físico?, puede que un fuego no nos queme, ni una bofetada nos ponga ardiente la mejilla, sin embargo sufra nuestro corazón, la sensibilidad de nuestra dermis, en resumidas nuestro cerebro, nuestro ser. Probablemente así sea al igual que el cuerpo llega a un orgasmo en esos placeres oníricos.
Cuántas vidas vivimos y cuántas reales, si bien caemos en un pozo profundo o en la angustia de una huida, el sufrimiento de ser perseguido o tragado por la tierra, la vivencia emocional y física (nos despertamos llorando) de una muerte ajena nos es tan dolorosa como la real. Está claro que a la machacona melodía de nuestro despertador todo se esfuma como la bruma al salir el sol, del mismo modo vamos retomando la realidad de las cosas, descubriendo la integridad de nuestro cuerpo, la compañía del ser amado, el terror convertido en una inofensiva pesadilla.
Los expertos hablan de los sueños lúcidos en los que la persona es consciente y maneja esa irrealidad que acompaña nuestros paseos nocturnos por mundos extraños y caóticos. Según nuestra mirada física y cognitiva de nuestra existencia, en la que si bien sabemos la recorremos con unas características humanas, con unos sentidos e interpretaciones particulares y hasta personales la consideramos real frente aquellas otras donde el cuerpo parece ser no se implica, marcando la clara línea de esto ocurre y esto es sólo mentira, al igual que sentado en una butaca del cine, gritamos, lloramos, nos emocionamos con una realidad que queda pegada a nuestra piel durante breves segundos después de encenderse las luces de la sala. Incluso a algunos más susceptibles les cueste desprenderse sin la ducha de los días y las cotidianidades y aún a otros se les agarre en algún rincón de su frágil cuerpo enquistando un dolor o hasta alguna pequeña felicidad de su recuerdo.
Pero a pesar de nuestras certezas no podemos más que reconocer al momento último lo que ya dijo aquel, cuánto más conozco más intuyo o llego a percibir cuán inmenso océano es el de mi desconocimiento.
Si la realidad esta que llamamos así con tal prepotencia no es más que otra cara de un prisma existencial, si el hambre y la sed, la felicidad y el dolor, su inutilidad es idéntica a los sueños, a la imaginación y la fantasía que no llega a traspasar esos límites que hemos construido nosotros al fin y al cabo, una barrera donde confirmo aquí sangro, sangre pura, real y cierta y aquí es una mancha de pintura en la película de mis sueños a veces oscura sin textura ni olor, en esos fotogramas de blanco y negro, porque  al abrir los ojos todo desaparece, palpo mi costado y respiro tranquila, despejo la turbia lámina que tamiza la realidad al descorrer las cortinas de mis párpados.
Lentamente una retoma esta realidad fuera de peligro y con grata sorpresa no me queda otra que sonreír con cierta ironía porque ahora es cuando comienza.
Qué fácil sería creer que nada es real y construir esta vida poliédrica al antojo, pero no somos dueños ni de una ni de otra, sucumbimos a su dictadura como irremediablemente somos esclavos de los sueños, aunque extraigan miedos y deseos internos, ansias y fobias personales, retomemos retazos de aspectos vividos a este lado de la frontera para llevarlos de uno a otro, transformados, deformes a veces, sorpresivos en ocasiones, dándonos respuestas. Prisioneros somos de un vivir que no sabemos en qué consiste, pero si podemos ver el peligroso juego de no ponerle nombre a una realidad, frente a la ausencia de sus parámetros, sus límites estipulados, comprobamos cuánto sufrimiento pueden ocasionar.
Hay personas que desdibujan esas líneas diferenciadoras y se convierten en monstruos, otros en juguetes rotos y otros en despóticos emocionales, por ello se nos hace necesario marcar con tinta indeleble la frontera de esos espacios distintos donde todos nos movemos acostumbrados, más o menos realmente y establecidos sus códigos legales y de respeto.
Qué es diferente en un hecho que me sucede el lunes por la mañana, exactamente a las once menos veintitrés del mes de junio, con un sol que viene enérgico, en un contexto físico y con un ánimo determinado, al sueño que difícilmente recuerdo, retenido a trozos incoherentes y por consiguiente aún con mayor freno en memorizar, poniendo pequeños elementos aquí y allá para que me cuadre, o esa historia triste que me contaron unos actores, o el pensamiento de un proyecto, el sueño por un sueño, el plan organizativo de un viaje o de la comida que se materializará horas más tardes. Meses o años para concretar un hecho imaginado, son circunstancias que consideramos fuera de la realidad pero sin embargo,  reconocemos que son a veces muy hirientes a pesar de retirarle la cáscara y advertir que no había nada dentro más que humo que se esfuma difuminándose en el aire sin tocarnos si así lo consideramos y creemos.
Tal vez, sea una buena filosofía de vida, entender ésta como una parte más de este conjunto y relativizarlo todo, hasta la muerte, el dolor y el sufrimiento, pero cuesta no atender a esas punzadas que tus nervios trasladan hasta tu cerebro y de él al órgano que sufre, negarle a la evidencia de tus ojos la ausencia de alguien, el martirio ajeno, no oír esas voces que insultan la inteligencia, ser inmune al desprecio. Que nada nos importe, sólo se experimentan en ciertas religiones y costumbres, tratando de protegernos o anestesiarnos. Únicamente la inyección química nos deja frio ante el inmenso dolor. Pero nos cuestionamos, es eso vida, un camino sin deseo, ni amor, sin ilusiones, ni alegrías evidentemente hermanadas en su pérdida con la apatía y el odio, la frustración o el sufrimiento.
Vivir donde una patada en las espinillas sea ignorada, aceptando que otra realidad se puede imponer o surgir cuando ésta se anula, no está al alcance de la mano, ni para todos. Creo que aún nos falta mucho si es que lo logramos, el aceptar la existencia como una situación anómala, confusa, engañosa, poliédrica, ignota e inalcanzable de encapsular en un tubo de laboratorio, en un álbum de fotografías, en un búnker protector, en la ignorancia más profunda o la sapiencia más prepotente.
Aunque disfruto cada noche de una realidad que creo controlada, o liberada del peligro amenazante, entro entre las sábanas para sumergirme en la otra realidad de los sueños, dejo las preocupaciones del día, la incertidumbre siempre reinante y entro sin miedo, aun sabiendo que me pueden esperar los terrores más inimaginables durante la noche. Recorro sus espacios a veces benévolos, otras edificantes, agradables, que me aportarán en el despertar sensaciones placenteras, alegres y soñadoras. Pero, quién está libre de los sueños angustiosos, terroríficos, extremadamente dolorosos de los que una despierta creyéndolos, durante breves segundos, realmente sucedidos y descubres con alivio al despertar que son productos de tu mente. Cierta ingenuidad conlleva estos pensamientos cuando aparte de algunas circunstancias, por lo general, casi todo es producto de ella, incluso hasta esas que nos da miedo pronunciar por su nombre.
Puestos a elegir admito que alguna de esas mañanas una prefería seguir soñando aunque por breves momentos, cuando comprueba que, a pesar de esta dura carga que es el vivir, es mejor compartirla con los seres que te rodean y que otorgan a tu existencia una realidad si no total, sí la fuerza para movernos por las distintas coordenadas, aristas, puntos o nada con lo que se pueda nombrar este absurdo, ese o aquel, singular o plural universo.
La tan popular y últimamente recurrente palabra resiliencia no es más que construir una nueva realidad a partir de unas circunstancias negativas acaecidas, aceptándolas de la manera más positiva y edificativa posible. Es por ello que los expertos dan tanta importancia para lograr ser felices, el modo en el que interpretemos nuestras experiencias.
Sueño con una fuente que sacia y refresca mi boca seca aliviando su sed, mi falta de glucosa se equilibra o mi deseo reprimido disfruta en un sueño de una suculenta tarta de chocolate, la opresión de mi vejiga se libera en el mar de los sueños o atiendes en esa imaginaria onírica el ring del teléfono insistente para obviar la inoportuna y perturbadora alarma del despertador.
No sé si existen estudios al respecto, donde estos estímulos y respuestas generen las necesarias sustancias químicas estabilizadoras o reactivas, aun preservándonos de las respuestas psicomotóricas. Por suerte en ciertos casos como el esfínter, interrupciones transitorias no son menos diferentes que las conseguidas a veces por medios voluntarios. La acción química o meditativa que engañen o compensen a las papilas de nuestro gusto, a la satisfacción lograda, al descanso y el placer de hacer lo que se quiere en el momento inmediato, logrando poner la balanza nivelada para no terminar cuando andemos despiertos totalmente desquiciados, en nuestra impuesta identidad de postergadores sin elección ni remedio, abanderando la insignia de la paciencia, procurando encontrar el dial que sintonice la melodía perfecta.
Pero todo ocurre en este cerebro nuestro, aunque se frene en un punto determinado del recorrido de su circuito. Quizás esto puede hacernos pensar que tal vez sean posibles conjuntamente todas estas realidades, que simplemente estemos desconectados para poder recibirlas en este contexto limitado y concreto, que nos rodea.
De todas las posibilidades me quedo, en esta mañana fría apenas desperezada y temiendo ser arrancada de una realidad sin esfuerzo, con la idea que merece la pena continuar aunque sólo sea por la esperanza de las cosas hermosas venideras y a pesar de las dificilmente aceptables.
Compartir una misma realidad con los otros, la certeza de recibir un beso o un abrazo, una voz que me llama, el calor de un cuerpo, todo esto sentido de mil maneras las que llamamos imaginadas, soñadas, pensadas y ésta que tiene fecha en un calendario.
Cuando el día comienza y entiendo que sigo viva en este sueño que es la vida, cargada del mismo modo que aquellos otros con terrores, frustraciones y angustias, no hay peligro mientras la sangre no llegue al río, el dolor no sea tan intenso y el daño ocasionado no abra heridas que no se puedan curar con los pétalos de unos labios o cubrir con una tirita. Mientras tanto prefiero esta realidad hasta que otra me inunde con sucedáneos y prestados sentidos, otros conocimientos e ignorancias, tinieblas que tal vez, no se ahuyenten con aquella mano prometida.
Sobre la pantalla de mi cerebro, sólo encuentro realidades infinitas y certezas inciertas. Una mezcolanza de sentidos y sinsentidos.