viernes, 10 de abril de 2015

Las certezas inciertas



Hay días que te despiertas del sueño con la enorme carga de la vida y por breves momentos piensas, y qué si esto fuera la muerte, hallarse sumergida en ese mundo donde todo pasa sin ocurrir realmente. Y si la vida no es más que eso también, un poner la carne en el asador experimentando el dolor del fuego candente, el placer de la comilona, las ansias y el hartazgo, el apetito de cumplir ese deseo y la desilusión de ser insatisfactorio haberlo o no conseguido.
Cada noche vivimos una muerte provisional y una vida alternativa, sin embargo sumergidos en sus brumas, sus rostros conocidos y desconocidos que no sabemos de dónde salen, sus argumentos temáticos, sus recorridos sujetos a otras medidas de espacio y tiempo, son para nosotros reales en esas horas donde el giro rápido e involuntario de nuestras pupilas los recorre y hasta cierto punto los vivimos. Sólo las emociones se les parecen, aunque no sus actos. Pero, ¿se ha comprobado si también habrá sufrimiento físico?, puede que un fuego no nos queme, ni una bofetada nos ponga ardiente la mejilla, sin embargo sufra nuestro corazón, la sensibilidad de nuestra dermis, en resumidas nuestro cerebro, nuestro ser. Probablemente así sea al igual que el cuerpo llega a un orgasmo en esos placeres oníricos.
Cuántas vidas vivimos y cuántas reales, si bien caemos en un pozo profundo o en la angustia de una huida, el sufrimiento de ser perseguido o tragado por la tierra, la vivencia emocional y física (nos despertamos llorando) de una muerte ajena nos es tan dolorosa como la real. Está claro que a la machacona melodía de nuestro despertador todo se esfuma como la bruma al salir el sol, del mismo modo vamos retomando la realidad de las cosas, descubriendo la integridad de nuestro cuerpo, la compañía del ser amado, el terror convertido en una inofensiva pesadilla.
Los expertos hablan de los sueños lúcidos en los que la persona es consciente y maneja esa irrealidad que acompaña nuestros paseos nocturnos por mundos extraños y caóticos. Según nuestra mirada física y cognitiva de nuestra existencia, en la que si bien sabemos la recorremos con unas características humanas, con unos sentidos e interpretaciones particulares y hasta personales la consideramos real frente aquellas otras donde el cuerpo parece ser no se implica, marcando la clara línea de esto ocurre y esto es sólo mentira, al igual que sentado en una butaca del cine, gritamos, lloramos, nos emocionamos con una realidad que queda pegada a nuestra piel durante breves segundos después de encenderse las luces de la sala. Incluso a algunos más susceptibles les cueste desprenderse sin la ducha de los días y las cotidianidades y aún a otros se les agarre en algún rincón de su frágil cuerpo enquistando un dolor o hasta alguna pequeña felicidad de su recuerdo.
Pero a pesar de nuestras certezas no podemos más que reconocer al momento último lo que ya dijo aquel, cuánto más conozco más intuyo o llego a percibir cuán inmenso océano es el de mi desconocimiento.
Si la realidad esta que llamamos así con tal prepotencia no es más que otra cara de un prisma existencial, si el hambre y la sed, la felicidad y el dolor, su inutilidad es idéntica a los sueños, a la imaginación y la fantasía que no llega a traspasar esos límites que hemos construido nosotros al fin y al cabo, una barrera donde confirmo aquí sangro, sangre pura, real y cierta y aquí es una mancha de pintura en la película de mis sueños a veces oscura sin textura ni olor, en esos fotogramas de blanco y negro, porque  al abrir los ojos todo desaparece, palpo mi costado y respiro tranquila, despejo la turbia lámina que tamiza la realidad al descorrer las cortinas de mis párpados.
Lentamente una retoma esta realidad fuera de peligro y con grata sorpresa no me queda otra que sonreír con cierta ironía porque ahora es cuando comienza.
Qué fácil sería creer que nada es real y construir esta vida poliédrica al antojo, pero no somos dueños ni de una ni de otra, sucumbimos a su dictadura como irremediablemente somos esclavos de los sueños, aunque extraigan miedos y deseos internos, ansias y fobias personales, retomemos retazos de aspectos vividos a este lado de la frontera para llevarlos de uno a otro, transformados, deformes a veces, sorpresivos en ocasiones, dándonos respuestas. Prisioneros somos de un vivir que no sabemos en qué consiste, pero si podemos ver el peligroso juego de no ponerle nombre a una realidad, frente a la ausencia de sus parámetros, sus límites estipulados, comprobamos cuánto sufrimiento pueden ocasionar.
Hay personas que desdibujan esas líneas diferenciadoras y se convierten en monstruos, otros en juguetes rotos y otros en despóticos emocionales, por ello se nos hace necesario marcar con tinta indeleble la frontera de esos espacios distintos donde todos nos movemos acostumbrados, más o menos realmente y establecidos sus códigos legales y de respeto.
Qué es diferente en un hecho que me sucede el lunes por la mañana, exactamente a las once menos veintitrés del mes de junio, con un sol que viene enérgico, en un contexto físico y con un ánimo determinado, al sueño que difícilmente recuerdo, retenido a trozos incoherentes y por consiguiente aún con mayor freno en memorizar, poniendo pequeños elementos aquí y allá para que me cuadre, o esa historia triste que me contaron unos actores, o el pensamiento de un proyecto, el sueño por un sueño, el plan organizativo de un viaje o de la comida que se materializará horas más tardes. Meses o años para concretar un hecho imaginado, son circunstancias que consideramos fuera de la realidad pero sin embargo,  reconocemos que son a veces muy hirientes a pesar de retirarle la cáscara y advertir que no había nada dentro más que humo que se esfuma difuminándose en el aire sin tocarnos si así lo consideramos y creemos.
Tal vez, sea una buena filosofía de vida, entender ésta como una parte más de este conjunto y relativizarlo todo, hasta la muerte, el dolor y el sufrimiento, pero cuesta no atender a esas punzadas que tus nervios trasladan hasta tu cerebro y de él al órgano que sufre, negarle a la evidencia de tus ojos la ausencia de alguien, el martirio ajeno, no oír esas voces que insultan la inteligencia, ser inmune al desprecio. Que nada nos importe, sólo se experimentan en ciertas religiones y costumbres, tratando de protegernos o anestesiarnos. Únicamente la inyección química nos deja frio ante el inmenso dolor. Pero nos cuestionamos, es eso vida, un camino sin deseo, ni amor, sin ilusiones, ni alegrías evidentemente hermanadas en su pérdida con la apatía y el odio, la frustración o el sufrimiento.
Vivir donde una patada en las espinillas sea ignorada, aceptando que otra realidad se puede imponer o surgir cuando ésta se anula, no está al alcance de la mano, ni para todos. Creo que aún nos falta mucho si es que lo logramos, el aceptar la existencia como una situación anómala, confusa, engañosa, poliédrica, ignota e inalcanzable de encapsular en un tubo de laboratorio, en un álbum de fotografías, en un búnker protector, en la ignorancia más profunda o la sapiencia más prepotente.
Aunque disfruto cada noche de una realidad que creo controlada, o liberada del peligro amenazante, entro entre las sábanas para sumergirme en la otra realidad de los sueños, dejo las preocupaciones del día, la incertidumbre siempre reinante y entro sin miedo, aun sabiendo que me pueden esperar los terrores más inimaginables durante la noche. Recorro sus espacios a veces benévolos, otras edificantes, agradables, que me aportarán en el despertar sensaciones placenteras, alegres y soñadoras. Pero, quién está libre de los sueños angustiosos, terroríficos, extremadamente dolorosos de los que una despierta creyéndolos, durante breves segundos, realmente sucedidos y descubres con alivio al despertar que son productos de tu mente. Cierta ingenuidad conlleva estos pensamientos cuando aparte de algunas circunstancias, por lo general, casi todo es producto de ella, incluso hasta esas que nos da miedo pronunciar por su nombre.
Puestos a elegir admito que alguna de esas mañanas una prefería seguir soñando aunque por breves momentos, cuando comprueba que, a pesar de esta dura carga que es el vivir, es mejor compartirla con los seres que te rodean y que otorgan a tu existencia una realidad si no total, sí la fuerza para movernos por las distintas coordenadas, aristas, puntos o nada con lo que se pueda nombrar este absurdo, ese o aquel, singular o plural universo.
La tan popular y últimamente recurrente palabra resiliencia no es más que construir una nueva realidad a partir de unas circunstancias negativas acaecidas, aceptándolas de la manera más positiva y edificativa posible. Es por ello que los expertos dan tanta importancia para lograr ser felices, el modo en el que interpretemos nuestras experiencias.
Sueño con una fuente que sacia y refresca mi boca seca aliviando su sed, mi falta de glucosa se equilibra o mi deseo reprimido disfruta en un sueño de una suculenta tarta de chocolate, la opresión de mi vejiga se libera en el mar de los sueños o atiendes en esa imaginaria onírica el ring del teléfono insistente para obviar la inoportuna y perturbadora alarma del despertador.
No sé si existen estudios al respecto, donde estos estímulos y respuestas generen las necesarias sustancias químicas estabilizadoras o reactivas, aun preservándonos de las respuestas psicomotóricas. Por suerte en ciertos casos como el esfínter, interrupciones transitorias no son menos diferentes que las conseguidas a veces por medios voluntarios. La acción química o meditativa que engañen o compensen a las papilas de nuestro gusto, a la satisfacción lograda, al descanso y el placer de hacer lo que se quiere en el momento inmediato, logrando poner la balanza nivelada para no terminar cuando andemos despiertos totalmente desquiciados, en nuestra impuesta identidad de postergadores sin elección ni remedio, abanderando la insignia de la paciencia, procurando encontrar el dial que sintonice la melodía perfecta.
Pero todo ocurre en este cerebro nuestro, aunque se frene en un punto determinado del recorrido de su circuito. Quizás esto puede hacernos pensar que tal vez sean posibles conjuntamente todas estas realidades, que simplemente estemos desconectados para poder recibirlas en este contexto limitado y concreto, que nos rodea.
De todas las posibilidades me quedo, en esta mañana fría apenas desperezada y temiendo ser arrancada de una realidad sin esfuerzo, con la idea que merece la pena continuar aunque sólo sea por la esperanza de las cosas hermosas venideras y a pesar de las dificilmente aceptables.
Compartir una misma realidad con los otros, la certeza de recibir un beso o un abrazo, una voz que me llama, el calor de un cuerpo, todo esto sentido de mil maneras las que llamamos imaginadas, soñadas, pensadas y ésta que tiene fecha en un calendario.
Cuando el día comienza y entiendo que sigo viva en este sueño que es la vida, cargada del mismo modo que aquellos otros con terrores, frustraciones y angustias, no hay peligro mientras la sangre no llegue al río, el dolor no sea tan intenso y el daño ocasionado no abra heridas que no se puedan curar con los pétalos de unos labios o cubrir con una tirita. Mientras tanto prefiero esta realidad hasta que otra me inunde con sucedáneos y prestados sentidos, otros conocimientos e ignorancias, tinieblas que tal vez, no se ahuyenten con aquella mano prometida.
Sobre la pantalla de mi cerebro, sólo encuentro realidades infinitas y certezas inciertas. Una mezcolanza de sentidos y sinsentidos.
      

martes, 7 de abril de 2015

Y con la manzana llegó el miedo

Qué es la vida sino un aprender a vivir con el miedo. Los primeros miedos, aquellos grabados en nuestras células, los primigenios, los ancestrales. El niño llora al estar indefenso, la oscuridad le aterra. El espacio abierto le angustia porque su soledad se hace inmensa. Sólo al vacío se atreve, acostumbrado en el seno materno a existir sin dimensiones de alto y bajo, un límite esférico donde el horizonte no es el ignoto mundo.
Más tarde aparecen los miedos vitales, el hambre y la sed; el dolor y el sufrimiento físico y emocional. Miedo al frío, al fuego, ahora sí, al vacío, al vértigo a las profundidades, sometidos a la gravedad bajo amenaza de ser tragados por ellas. Persisten los miedos ancestrales a los espacios abiertos, inmensos desiertos donde perdernos sin brújula que nos oriente. A la muchedumbre que nos ahoga sin el espacio suficiente, sin la perspectiva ni la distancia necesaria desde con nuestra vista alcanzar el destino, multitud humana, bosque donde los árboles nos impiden ver el horizonte, sujetos a la tierra como troncos perdidos sin este ni oeste, tan solo con el cielo por norte y el suelo por sur.
Vendrá cargando nuestras espaldas el saco de los miedos ambientales a la tormenta con sus desahogos violentos de relámpagos y truenos, del frío y el calor, de un amado y respetado abismo del océano. Las fuerzas de la naturaleza que desatan su rabia contra nuestras frágiles prepotencias. De un cielo que se hace infierno y el tormento desbocado de lo recóndito de las entrañas de la tierra. Miedo del enemigo, del desconocido que nos rodea, de la amenazadora consciencia del peligro externo que nos puede llegar de cualquier parte, del otro, de una máquina, la simple rama que cae sobre nuestras cabezas, del tropiezo que nos descalabra, del grito, de la bofetada y hasta de la risa irónica del que nos ridiculiza. El miedo interno.
Miedos circunstanciales, de una guerra, una enfermedad, una pierna rota o un dolor de muelas, esa vulnerabilidad manifiesta de una seguridad tan esquiva. Miedo al desamor, de la lanza de una palabra que nos atraviese el corazón, del pánico de un silencio. De perder un refugio, un sustento, un confort y quedarnos al amparo de los vientos que nos lleven a su antojo, como diminutas pelusas sin ofrecer resistencia, hojas secas engañadas a participar en un baile, una danza sin coreografía estudiada en un girar y girar, a veces sujetas a la deriva de la dirección antojadiza del aire que ahora las eleva y luego las arrastra por el suelo.
Aquellos miedos y temores previsibles e incuestionables al perro rabioso, a ser blanco perfecto en el centro de una sabana, rodeado de depredadores en la selva de la urbe. Miedo a la inestabilidad de la felicidad, a los refranes que nos advierten que no hay bien que cien años dure como no duraron los del mal. Miedo a la voz oscura, a la mirada aviesa, a la sirena, al ulular del viento amenazante, al diagnóstico irremediable.
Sentir miedo de nuestros propios miedos y de los ajenos, contagiados los unos de los otros como un círculo vicioso irrompible, en la costumbre de la supervivencia.
Somos responsables y víctimas de nuestros miedos inventados, creando fantasmas y monstruos donde no los había en principio que acaban apareciendo por arte de magia traídos de sus ficticios mundos al nuestro con la esencia de lo real, antes libres y ahora esclavos de ellos. Prisioneros somos también de los miedos impuestos, instaurados por los otros, los allegados, transmitidos con la leche materna, la dirección determinada por el dulce amor progenitor. Los comunes por ser lo que somos, mujeres y hombres que comparten una misma sociedad. No siempre necesarios, casi siempre evitables pero que lenta pero firmemente van recorriendo las venas de nuestro ser, aceptando sin remedio sus estímulos dirigiendo nuestros cerebros sin juicio previo, sembrando la desconfianza que expresamos como actos reflejos ante la más mínima insinuación de un posible sospechoso.
En ese batiburrillo se mezclan los miedos reales y los imaginarios, se hacen un solo cuerpo. Los miedos a lo desconocido y también a lo que por conocerse se temen.
Miedo a la vida y miedo a la muerte. Miedo de ti y de mí mismo, porque es imposible eliminar nuestros miedos para siempre, como la energía que no se destruye, solo se transforma en otro miedo. A veces, no quedan más que soluciones intermedias y limitadas, sujetas a cuestionables ayudas químicas, legales o no. Cuando el miedo nos atenaza podemos tomar un camino radical e ilimitado, sin retorn, ni desvío, la locura o el dramático suicidio.
Tristemente no nos queda más que reconocer si las anteriores decisiones no nos convencen, que debemos aceptar estoicamente vivir con nuestros miedos, lo más cuerdo y de la mejor forma posible, conociéndolos a fondo, reconociéndolos cuando los tenemos frente a frente, con honestidad, sin engaños, sin trampa ni cartón, tal cual, ahí los tienes míralos a los ojos con valentía, sin enfrentamiento absurdo sabiendo que tienes todas las de perder. Aceptemos resignados nuestra fragilidad porque ellos siempre serán más fuertes.
Los miedos dominan nuestras vidas, están tan presentes que hasta tememos por diversión, jugamos con el miedo, lo generamos con nuestra fantasía, en los sueños y para soñar y probar nuestros límites. Miedo por culpabilidad, pillado in fraganti, esconde el niño el cuerpo del delito inútilmente. Siempre el miedo como espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas, temiendo ser descubierto nuestro secreto, el error cometido, el vicio que nos subyuga, la vergüenza que nos humilla, la desviación que nos pierde y nos esclaviza, nos oprime y nos controla, el crimen que nos delataría.
Miedos a nuestras imperfecciones, no hay mayor miedo que el descubrirnos que no somos perfectos, que somos mortales, débiles criaturas que viven en un perpetuo infierno con breves espacios en el purgatorio y apenas segundos en un paraíso efímero que se desvanece como la oscuridad al encender una bombilla. El miedo se expande por toda nuestra existencia como gota de tinta en un vaso de agua, y toda la claridad se vuelve turbia y así miramos la vida a través de una lágrima permanente que desdibuja el paisaje.
Tenemos miedo a envejecer, a que no nos quieran, a que nos odien hasta causarnos la muerte. Miedo a la crítica y a ser menos que el otro. Miedo al deseo. Existen miedos cervales a volar, a las serpientes, al abismo o a ser perseguido. También hay miedos superficiales que sin embargo nos amargan la vida con la hieles de sus costumbres, son los nimios pactos sociales y los cánones publicitarios. Pequeños miedos a un examen, a mirarnos en el espejo y no reconocernos y nos cuestione, al grano subversivo, a nuestro reflejo en la mirada del otro, a engordar, al jefe, a levantarse con esos pelos o quedarnos calvos, a soñar que se nos caen los dientes, a no poder disimular las apariencias, al pronóstico del tiempo que nos amargue las vacaciones, al virus informático y a perder el internet. 
Miedo a la tierra y al cielo. Miedo al espacio infinito que el hombre intenta alcanzar con insistente empeño, aunque no habría mayor logro para él ni mejor sueño ni invento que lograr una vida sin miedo, porque hasta tenemos miedo del propio miedo y como en el cuento, miedo a no tener miedo.       

domingo, 8 de marzo de 2015

Homu



Esta mañana Javier y yo hablábamos sobre la discriminación de la mujer, especialmente visible cuando hoy se celebra el día de la mujer trabajadora, en trabajos remunerados o no, no lo olvidemos. Comprobamos que sobre todo el tema da para mucho y no muy bueno valorando el panorama actual. Porque, a pesar de grandes avances y de derechos conseguidos, éstos son todavía escasos y frágiles e indudablemente mal repartidos (como podemos comprobar con sólo un vistazo por niveles y estratos económicos, sociales y culturales).
Y aunque alardeamos los países desarrollados de grandes progresos, hay una cuestión de gran importancia cuando precisamente de estos países parten comportamientos abusivos. El capital se traslada a zonas en vías de desarrollo o subdesarrolladas, hipócritamente amparándose en aquellos sistemas se siguen repitiendo comportamientos y actitudes desiguales y aún más abusivas. Insistimos erróneamente en decir que estas desigualdades están superadas en nuestro entorno aunque parece ser no lo están tan universalmente cuando estamos en casas ajenas; como antiguamente considerábamos, con cierta excusa inmoral, cuestiones privadas los asuntos que sucedían en la esfera íntima. Es como si un delito fuese una cuestión diferente según la perspectiva de nuestros argumentos basados en el principio fundamental de ojos que no ven…
En los últimos tiempos, estos que se imponen a una velocidad de vértigo, donde los lustros son semanas y las décadas días, los derechos que se creían ya asentados con leyes, incluso de modo tácito, y reprobados socialmente en nuestras interrelaciones personales, laborales y sobre todo íntimas, se están contaminando de ideología machista en toda la estructura social como un gas inodoro, insípido y transparente. Invisible para la gente que parecen haber perdido los sentidos, sin olvidar el tan preciado sentido común que resulta ser el menos común de todos. Parece mentira que siendo tan evidentes y desagradables su sabor y olor, su aspecto tangible y perceptivo repulsivo a poco que recorras con la mirada en bruto, pasen desapercibidos estos machismos. No hace falta ser muy quisquilloso o pejiguera, basta con los ojos de nuestra inteligencia crítica situada en un coeficiente en la media, para ver el mundo que nos rodea.
Las voces, casi gritos contradictorios, las acciones paradójicas, los programas y mensajes de los medios van instalando modelos de comportamiento que creíamos ya superados y que a modo de divertimento están colaborando en un claro retroceso.
A las innovaciones de sistemas tecnológicos centrados en su afán por los grandes ingresos que priman estos a su compromiso social, no se les cuestionan su falta de colaboración en hacer una sociedad más igualitaria.
Yo viví una época donde ciertos comentarios sexistas, si bien legalmente aún no estaban sancionados, recibían el total rechazo de nuestras miradas. Con el auge de ciertas libertades rompíamos las cadenas de un pasado retrógrado y oscuro, defendimos muchas de nosotras y algunos de nosotros la reprobación inmediata surgida como un resorte visceral ante el grotesco gesto, voz o comentario soez, de ciertas actitudes machistas de hombres y MUJERES. En el interior de muchas aquellas conductas cuestionables germinaba la discriminación, por eso significaba tanto la respuesta como un revulsivo, rechazándolas de pleno para ir consiguiendo una sociedad mejor y más igualitaria que debía partir de lo más básico a lo general y viceversa.
Debíamos enfrentarnos a madres y padres, a jefes y hermanos, con amigos y enemigos de la igualdad y el respeto, cuando demostraban con sus “pensamientos, obras y omisiones”, su ignorancia y a veces alevosía ante la flagrante desigualdad, cargada de razones por una cultura impuesta, incluso avalada por la legalidad.
Como el tema, cuestión vital, da para tanto, es tan largo, tortuoso y lleno de imprevistos, en este camino de injusticia hacia las mujeres, es una necesidad el grito en el bosque que debe hacerse oír.
Es bochornoso mirar a nuestro alrededor y comprobar, por lo menos con asombro y yo diría hasta repugnancia, cómo se están imitando comportamientos que creíamos superados y que vemos que vuelven a surgir como residuos nucleares a la superficie. En ello tiene una responsabilidad enorme, sin olvidar la personal y de los organismos oficiales, la incomprensión y actitud de los medios de comunicación y publicitarios, que siguen fallando en estas cuestiones tan imprescindibles, primando las ganancias económicas al derecho y respeto, que parece inadmisible con qué facilidad se pasan el código legal, que a su vez hace la vista gorda, por el forro o sus partes impúdicas. Un desprecio absoluto en estos asuntos por el objetivo único y fundamental de aquello que dijo Góngora, “poderoso caballero es don dinero…”, que ni siquiera respetan a aquellos que son tan frágiles, como son los niños y niñas, las mujeres y hombres del futuro, que están formándose en el fango de sus intereses, en lugar de poner su maravillosa y potente fuerza en dirección hacia la meta de hacer ciudadanos mejores. Sólo creer ya que es una razón ingenua pedírselo está presente nuestro convencimiento de debilidad, transmitido en una estudiada y progresiva manipulación que ha generado una marcada sensación de indefensión aprendida.
Hoy, la verdad, que no tengo el sentir de celebrar tanto como, más bien, de seguir reivindicando, cuando veo cómo se tambalea la base social en desigualdades tan patentes, los ecos de gritos desgañitándose y detenidos en simples anécdotas. Mientras, seguimos barriendo bajo la alfombra o sacudimos su polvo por la ventana, trasladando nuestras inmundicias a otros lugares, en una retórica discursiva para casa y otra para la calle, lo mío y lo tuyo, lo propio y lo ajeno.
Después de escupir esta sustancia agria de mi boca para eliminar el asco que me genera, sentimiento por otro lado innato del ser, pongo a modo de propuesta inicial y no por ello menos importante, un cambio sistemático en nuestra lengua, más allá de sus elementos evidentemente contrastados y am-PAR-ados en la igualdad en los conceptos de género, porque bien es sabido la importancia de su uso en la influencia de nuestros pensamientos y, por consiguiente, sentimientos percibidos. Palabras nombradas como exabruptos, metáforas y silencios que dentro de un discurso continúan transmitiendo todo un cuerpo social argumentado, repetitivo, consensuado que abonado en los distintos ámbitos de una sociedad siguen retroalimentando comportamientos que de principio debían ser inmediatamente rechazables. Pero el cerebro es cómodo y su permeabilidad asume sin grandes conflictos, como agua que va por un surco, antes que crear la voluntad de un recorrido distinto.
Sabemos la importancia que el lenguaje tiene en la percepción de nuestro mundo y en los sentimientos generados, puesto que ya conocemos y reconocemos su influencia, deberíamos tomar más interés poniendo todo nuestro empeño en mejorarlo e inventar nuevas metáforas, en cuidar nuestros silencios en el pentagrama de la conversación, incluso el lenguaje no verbal de una importancia sutil pero manifiesta, que insisto debemos modificar. Escogiendo las palabras para ver de otro modo las cosas e interpretar en una dirección ética e igualitaria la vida, personal e individual, grupal o gremial, propia y ajena, como una globalidad universal, abandonando el genérico oficial y creando un ser, por imperativo legal y ético, único. Un camino arduo que espero no sea tan lento que los ojos presentes no los llegue a ver.
Cambiar los esquemas de valores de bolsa por el interés de llenar nuestra bolsa con verdaderos, consensuados valores éticos.
Y aquí lanzo, ingenua y frágil como un “brote verde”, como una pequeña flor que surge en el muro de piedra, mi sugerencia por comenzar buscando una palabra unisex, que se identifique con una definición sin género ni sexo y que no constituya una alternativa colectiva o aunque individual (como persona o ser humano) abarque una representación simbólica del ser completo. Palabra-concepto que ayude a expresarnos no de modo cansino cuando hablamos o escribimos con sus consabidos paralelismos y deseando eliminar diferencias que presuponen privilegio o nivel de prioridad, que anteponen la una a la otra. Incluso cuando intentamos remarcar esta desigualdad nombrando primero el concepto en desventaja, es decir mujer antes que hombre, como solución de discriminación positiva. Optar por una que nos iguale, nos haga un todo en derecho y equidad y como me gusta inventar palabras, como jugando con sus letras e imitando el azar del universo, mezclo sus sílabas iniciales y de modo aleatorio ha surgido este palabra:
                                                HOMU
Dícese de la persona, en su más extenso significado bio-psico-social, eliminando las connotaciones de las palabra inicial, como de la piedra aquellas aristas que indefinían las formas y encorsetaban su belleza. Y que con este concepto nuevo sin reminiscencias, modulado por el cincel, surja la escultura perfecta.
El homu capta la esencia de aquella frase: los ángeles no tienen sexo, y yo añado, sólo para el deseo.

lunes, 26 de enero de 2015