jueves, 22 de mayo de 2014

La palabra



La palabra nace con el llanto primigenio. Va implícita en la esencia del ser vegetal o animal, en sus múltiples expresiones. Me atrevería a decir que se halla incluso en la sustancia inmaterial.
El niño llega al mundo, llena sus pulmones de aire y éste al salir impulsado hacía la boca provoca la expresión misma del sufrimiento y la angustia del parto. Ya cuando apenas era unas minúsculas células multiplicándose, cuando el desarrollo evolutivo le dio herramientas para oír la palabra que como una semilla comenzaba a germinar en una tierra reconocida, como cuando uno se reencuentra con lo conocido. Ese pequeño ser, aún sin alas, en el vientre de la madre, en un simulacro, en un tímido juego de iniciación, comienza a agitarlas y desentumecerlas con torpes movimientos que le llevará ya maduro a emprender, el vuelo.
El llanto es la expresión universal del sufrimiento al igual que la risa es del placer, pero ambos parten de un impulso físico desde nuestros pulmones hasta la ventana de nuestro ser por donde se abre al mundo, la boca. Reflejo que refleja un impulso aún no localizado por la ciencia, donde la trayectoria histórica puso en el corazón como el cerebro de las emociones pero conectado con el hígado, el páncreas, los intestinos, la corriente sanguínea o eso ya místico que llamamos alma o espíritu, un halo que recorre nuestro ser físico, perifísico, extrafísico y metafísico.
El llanto de ese pequeño ser que nace a un espacio de seres como él mismo que en su memoria ancestral, reconoce su voz, no sólo como sonido, sino como palabra, es para la ciencia un simple reflejo físico, un impulso regido por las leyes físicas y químicas, pero que curiosamente es reconocido con el dolor universal. El grito del llanto, el gemido, la gestualidad contraída, es la expresión de sufrimiento reconocida en el otro, que empatiza y simpatiza con él.
El llanto sin lágrimas, no es menos llanto, sigue siendo una manifestación del dolor, el profundo dolor implícito en el vivir. Muchos especialistas opinan que el bebé no hace más que dejar escapar el aire que se abre paso a través del instrumento fonador humano. Pero la palabra existe antes que su sonido, está dentro de nosotros, vagabundea por nuestros pensamientos, y mucho antes por nuestro cuerpo, y por el universo, aunque no siempre fuera reconocida ni recogida por un diccionario.
Qué fue el ¡ay! Antes de ser interjección, fue un suspiro, una angustia, un dolor, que a fuerza de repetirse es reconocida, después llegó todo lo demás, llegaron los lingüistas que iban por el bosque de las palabras con sus cazas mariposas.
El primitivo, el hombre primero no hizo más que repetir sonidos reconocidos por otro cercano a él, en los que la distancia iba poniendo pequeñas variantes, ese fruto encontrado en un lugar es llamado con un nombre, tal vez que no será el mismo de encontrarse en otro sitio. Pero ambos guardarán una íntima relación con la sorpresa que causó su descubrimiento, en el placer de su sabor en la boca, su color, su tamaño, su textura,  emoción expresadas en sonidos hechos sonoridad, como notas musicales. El dedo lo señaló, una mano lo cogió, y guiado por el impulso básico de supervivencia, lo hizo suyo. Lo come  para conocerlo, para tener la experiencia mística, de hacerse uno con  nuestro ser. Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
Los sonidos hechos palabras que a fuerza de ser repetidas son reconocidas. Sin embargo,  la palabra ya estaba ahí, antes de ponerle voz. Las palabras pueden tener distintos sonidos que sólo la usencia del objeto nos puede confundir, pero si un alemán me dice Ich liebe dich mirándome a los ojos y acariciándome con ellos yo reconozco la palabra, no al sustantivo, ni al determinante, ni la forma verbal o sus declinaciones, puedo no entender quizá su semántica o su sintaxis pero reconozco el amor, porque es más que un vocabulario unidos con una sonoridad reconocible en el lenguaje del amor. Pensar que puedo ser engañada pero no por la palabra sino por su mal uso, por su manipulación engañosa, por subterfugios de la seducción en un idioma conocido.
La palabra no es sólo sonidos, eso ya lo sabemos y vinieron los expertos a confirmárnoslo, para otorgar a la palabra autoridad y grandeza. La palabra es la esencia que toma distintas formas, es más que la mezcla de sonidos aleatorios, es la expresión visceral de nuestras existencias, es un organismo vivo que como tal ya estaba en la materia cósmica, nació, creció, se multiplicó pero que nunca muere se transforma permaneciendo como la materia, eterna.
Luego vinieron los doctos señores del lenguaje intentando meter en sus encorsetados tratados unas sí y otras no, queriendo encarcelar a la libertad misma.
Pero la palabra recorre los espacios como el llanto del niño y el otro semejante lo reconoce, porque es vital para la supervivencia. El niño llora y la madre le da el alimento, el calor de una piel, y el amor del mundo. El niño después aprende a que con pequeñas modulaciones ese llanto se hace risa. El placer es parte del dolor primigenio de la existencia que empieza a descubrir las pequeñas alegrías del vivir.
A veces los sentimientos expresados se confunden, las palabras escogidas, suenan huecas, es entonces cuando recurrimos a la esencia de la palabra, la emoción aún no hecha pensamiento siquiera y basta entonces un abrazo, un beso, una mirada de amor y aliento.
Poco importa que fonema escojamos para reír o llorar, unos ríen con la “i” otros con la “e” o tal vez lo hagamos con la “u” y la más jocosa la “o”, porque la palabra ortodoxa arrastra con ella múltiples significados. Es cursi reírse con la “i”, decimos. De tontos hacerlo con la “u”, es sincera nuestra risa con una hermosa y abierta “a”, paradigmática o estandarizada la risa con la “je” y es Navidad si escuchamos un profundo y sonoro “jo, jo jo”.
La palabra es la vida misma, pulula por el aire, la tienen las nubes del cielo, las hojas y ramas de los árboles, la tierra, los seres que la habitan, todos, aunque no los escuchemos porque la palabra necesita de un canal autorizado, formado y educado para recibirla, está ahí, flotando en el aire, llevada por el viento, como el amor, decía una canción; pero también el dolor, el miedo, la ira, las emociones eternas en su lenguaje universal. Por ello decimos la ira de la naturaleza cuando se expresa cruel e implacable con toda su fuerza y la brisa que salpica su humedad en nuestro rostro, es la caricia de su ternura.
¿No es el grito la manifestación dramática en su expresión más simple, en un único sonido? La angustia, el miedo el horror a veces nos dejan sin palabra, pero la palabra también es silencio, un silencio que nos habla, que dice mucho más que miles de palabras escogidas por su excelente significado, por sus formas bellas, por su musicalidad. Podemos vestir la palabra con sus mejores y más hermosas galas, pero si no es palabra verdadera, forjada de la materia prima, no nos dirá nada, será palabra vacía, cáscara sin fruto, máscara que oculta su verdadero rostro. La palabra que surge del universo, es fecunda y debe ir enlazada como en un estrecho abrazo con la existencia inmortal, conseguir una relación íntima con la verdad de los sentimientos, de los elementos animados e inanimados. La verdad que llevamos dentro todos los seres del universo. La palabra desprovista de su esencia es sólo ruido, no dirá nada, pasará desapercibida más aún que los ladridos amenazadores de un perro protegiendo su propiedad. Pero la palabra también a veces es invisibilidad, aunque esté delante de nosotros mismos podemos no verla, ni oírla pero no por ello deja de existir. Insisto, la palabra, el verbo, la expresión de la existencia que nos hace ser lo que somos permanece siempre en nosotros. Porque quién sabe si no trasciende la muerte, porque la palabra es eterna, y  tal vez, la voz sólo sea silenciada, para nuestros sentidos, como la del árbol, la lluvia, el sol, la luna y las estrellas, pero también por qué no, a veces cuando no oímos una mirada.
Hoy en día donde la palabra florece en sus múltiples y tecnológicas manifestaciones, está peligrando, no ella en sí misma sino sus variantes, su prole. En este mar de comunicaciones nunca antes brilló más la incomunicación, pero sin negar el progreso, sin obviar sus ventajas, la palabra siempre ha recorrido terrenos a veces angostos y difíciles, pero su hostilidad nunca la vence en su batalla, porque nunca podremos matar la palabra, porque no se puede quitar la vida a la vida misma.
Pero la actualidad informativa le hace a uno recapacitar sobre ciertas conductas que se realizan con las palabras. Está hoy en el punto de mira la expresión políticamente correcta. Un insulto, una palabra, una frase puede condenarte y en cierto modo reconocemos que debe ser condenable todas aquellas expresiones de odio y que vulnera la dignidad humana. Pero ocurre que la gente y esta vez sólo para los humanos, ignoro como irá por el reino animal y vegetal, siempre ha expresado odio al igual que amor para con sus iguales. De esas expresiones surgieron el racismo y la filiación. Es evidente que la palabra hace al hombre y no el hombre a la palabra aunque pensemos que sí. Nos enaltece o nos denigra según qué palabra usemos y está claro que en este devenir tecnológico, hemos colocado un gran altavoz a nuestras palabras, y aquello que quedaba en nuestro pequeño círculo hoy trasciende más allá de nuestras pequeñas, caseras y claustrofóbicas esferas. Entonces la emoción, según sea, se hace más cruel e injusta, o más dulce y verdadera a gran escala. La palabra educa y por lo tanto debemos procurar un mundo más civilizado, donde la palabra vaya formando a hombres más libres y más dignos, con sabiduría para respetar a toda la humanidad.
Pero no podemos aunque lo pretendamos, poner coto a la palabra, porque como ya he dicho la palabra tiene vida propia, aunque se valga de nuestra voz. La palabra es la expresión misma de lo que somos, hemos sido y queremos ser. Más allá de las palabras que quieran ponernos en la boca, con sangre o sin ella, la palabra busca sus resquicios, y no es culpa de la palabra que produzca daño u ofensa, tal vez debamos más pensar en por qué decimos a veces las barbaridades que se dicen, por qué piensan como piensan algunas personas, por qué se callan algunos mientras otros sin embargo abanderan sus estúpidas palabras. El problema no es decirlas y que vengan a castigarlas, porque no se encarcela a la palabra se hace prisionero al hombre. La palabra permanecerá siempre libre.
Si yo fuera juez, no castigaría con penas al injurioso, sino que le mostraría la belleza de otras palabras, lo sumergiría en la fuente pura de las palabras, que quita la sed del que odia, sana al enfermo que se envenenó con aguas contaminadas. Le mostraría el verdadero manantial que forma el rio de las palabras que a veces se desborda y hace sus márgenes más fértiles, no del que arrasa con todo. Si fuera sociólogo bebería del océano salado, del mar de las palabras no dulces, no correctas, incluso crueles e inhumanas para entender cuál es el curso que lleva la corriente de las malas lenguas, que cuando se extiende por el terreno social produce muerte y destrucción.
Primero fue la palabra, después se hizo con ella la filosofía y la política, más adelante cirujanos la diseccionaron; artesanos de la palabra la embellecieron, la corrompieron, la enaltecieron o la humillaron y de todo ello nació el arte como expresión de la palabra, de su esencia íntima y universal, en un simple tomar y tragar llegó a formar parte de nuestras células. En un círculo tautológico de vida, como el ciclo del agua, se convierte en un ciclo vital conocido y reconocido para la supervivencia pero también para la propia existencia.
La palabra es un descubrimiento constante de una realidad o irrealidad más allá de nuestros límites conocidos, una realidad cósmica.
El arte sería la expresión humana de la palabra, el átomo del conocimiento. Una expresión a veces sublime, cercano a lo divino, pero inevitablemente imperfecto. El arte tiene algo de encuentro pero también de búsqueda que debe hacernos siempre mejores.
La voz, nace de la palabra, y la palabra ya existía mucho antes que nosotros.  Antes, probablemente, que el universo conocido. Tal vez fue la palabra la que explotó en sus infinitas ramificaciones en aquel lejano big bang. Y su explosión llegó a nosotros millones de años después recogiéndola nuestros oídos, y unos escucharon dios, otros yahvé, alá o dinero; madre, padre, hermano o pan. Pero es realmente la palabra, lo que mueve todo, lo que se extendió por los confines del espacio sideral.
No nos prestó su sonoro y contundente runnnnnnn la tormenta, que nos trajo la velocidad de la luz y otras velocidades más terrenales. Acaso el tambor primitivo no nos obsequió con su festivo y a veces amenazante tan, tan. No se inundó nuestro corazón de susto con el
ju ju  del búho. Del trino del pájaro no hicimos la palabra más melodiosa. Tal vez no creímos en fantasmas cuando el viento aulló por los resquicios de la ventana y el miedo colocó un fuerte aaaahhh en nuestra garganta cuando repentinamente cerró la puerta. ¿Y qué decir de canalizadas malas intenciones de las hienas para cierto estado de humor?
Para la agradable sorpresa el perro nos prestó su voz hecha palabra. Las olas del mar o las gotas de lluvia inventaron la palabra soledad o melancolía. La palabra callada, la noche o los copos de nieve, que se hicieron susurro posados leve y lentamente en el suelo. Nos prestó la palabra la máquina más rudimentaria o el cohete supersónico. ¿Pero de verdad creemos que por no haber aire en el espacio no hay palabra en su silencio?
La palabra paz se aprendió del gorjeo del agua en una fuente, el fuego nos dejó muchas palabras, desde calor hasta el fuuu de un soplido, la tierra seguridad, imaginación el cielo. Las múltiples palabras que me enseñó el día, su amanecer o su ocaso. De la espina de una rosa aprendí el ay. De unos labios unidos el mua de mi correo electrónico, de una caricia, deseo y del sonido de dos cuerpos, una mirada, una abrazo, miles de besos, una  intimidad compartida, la excitación y la calma. El amor, en definitiva.
¿No nos puso un olor un hummm en la boca y el gusto un aggg? Un barco surgió de un chelo y todas las primaveras de todos los instrumentos.
Es todo ecos de la palabra, transmitida por las ondas del espacio infinito, en cada elemento. El movimiento se llamó mar, y del mar nació el azul, el verde  y el gris del cielo. Del blanco la espuma, el todo y la nada.
La palabra se hace balbuceo y como en un cuadro se va definiendo pincelada a pincelada, lo que ya estaba ahí. Lo que ya existía. El mundo entero balbucea la palabra y en el otro encuentra el significado.
El bebé ha descubierto el sonido universal, juega con el ma ma ma, pa, pa, pa y el otro se la completa, le dio el significado que aún él no tenía, sólo probaba, sólo intuía la palabra.   
Y así, en una monótona retahíla interminable, cansina y angustiosa sirena que repite el mismo sonido como una agonía, así es la palabra, millones de ecos en el universo. Porque la palabra no se hace palabra por ser nombrada aunque necesita escucharse en el otro, como nos reconocemos ante un espejo. De igual forma uno adopta la postura, la mueca, el gesto del otro, pero no olvidemos que nosotros somos el espejo y la palabra como aquel hermoso cuento, existe al otro lado.
La palabra no es el signo, éste es simplemente el dibujo que aleatoriamente hemos acordado un grupo.
Como la palabra nunca se agota, sólo nosotros nos rendimos, tras este batiburrillo de sonidos, después de este caótico juego de palabras robadas a la duramadre, no me queda más que añadir, tan sólo fin.














sábado, 26 de abril de 2014

Estoy enferma



Estoy enferma, mis oídos están infectados de palabras obscenas, prepotentes, dañinas. Mi estómago anda revuelto afectado de una indigestión o infección vírica por agentes patógenos que pululan por los medios. La cabeza me da vueltas con imágenes grotescas. Mi cuerpo no puede más, y lo peor es que no existe medicina que lo cure, al menos parece que no se investigará la solución por ahora. El sufrimiento continuo me ha provocado una intoxicación enfermando también mi alma.

Una creía vivir en un país libre y democrático. Una creía que la humanidad podría salir de su desesperación ante los tiranos, pero una va viendo que si alguna vez existió esta ilusa esperanza fue por las hormonas propias de la juventud y la traición de una percepción inmadura y errónea.

No me da tiempo a analizar cada insulto a la inteligencia, cada bofetón a la dignidad, cada ofensa que el ser humano sencillo, sin privilegios, simple animal racional, recibe día a día. Espectadora traumatizada miro impotente un mundo ruin, falso, manipulador, sumamente peligroso no sólo por individuos que de entrada ya son etiquetados así, sino lo que es muchísimo peor, desde una supuesta legalidad, desde puestos de responsabilidades políticas, desde un poder capitalista, que no anda contento con que EL HOMBRE tenga la dignidad que se merece, y que sólo desean su mundo particular de privilegios. 

Si una persona exige sus derechos más fundamentales, cuando se ultraja su dignidad como ser humano, ese poder que se supone que mira por los intereses de todos los ciudadanos, pone en marcha sus mecanismos de control. Primero con manipulaciones informativas, con expertos comprados y profesionales de la comunicación vendidos. Si el desprestigio no ha surtido efecto, pasan a otras armas más poderosas y represivas, y por último si aún esto no ha sido suficiente para aniquilar a cualquiera, cargan con su potencial jurídico, hecho a su medida.

Es bochornoso como mínimo el sistemático derrumbe de una sociedad a la que se le niega levantar cabeza. El que tiene poder, el que ha gozado de privilegios toda su vida, desprecia al que no los tienen simplemente por haber nacido pobres. 

No hablo de esos ricos que ofenden a la especie humana, estos ya se les ve venir, sino también de esa población, adinerada, que nació en cuna confortable, protegido de todo mundo feo, con todas sus necesidades cubiertas y todas sus aspiraciones cumplidas, que van alardeando de méritos propios, de esfuerzos continuos, de currículos frutos de sus abnegada entrega al duro trabajo, que sin embargo no es más que el resultado de haber nacido donde nacieron, con padrinos, amigos y apellidos que fueron abriéndoles puertas o al menos, ventanas.

Siempre me hicieron gracia aquellos riquitos de poca monta o de cierta posición, que creyéndose humanamente bondadosos, alardeaban de tratar al servicio como parte de su familia. Serán hipócritas, si son de su familia por que los tienen trabajando día y noche para servirles por una mierda de sueldo. Aún recuerdo aquellas pobres criadas que entregaban toda su vida a esas familias, sin que ellas pudieran formar una propia pues sólo tenían tiempo para limpiar sus mierdas, llenar sus barrigas y hasta acunar y educar a sus hijos, quedándose solteronas y entregada su virginidad, como mucho,  a su señorito. No se les permitían tener más vida que su entrega absoluta a la casa de sus amos, por eso apenas si tenían amigas, se les apartaban hasta de sus familias para que todo lo que ellas tuvieran en el mundo fueran, los señores. Sí se les dejaba tiempo para salir, a veces ni siquiera salían, con quién, a dónde ir: señora prefiero quedarme aquí y hacer remiendos. Pero sin embargo, estos señores y los hijos de estos señores, se les llenaban la boca diciendo de cuánto querían a la tata que los crio.

Estoy convencida de que la gente corriente es invisible para ellos. Incluso desprecian a quienes intentan emularnos con pretensiosas imitaciones. Puedo afirmar que les asqueamos aunque traguen sus escrúpulos ante la opinión pública o un dios. Pero a veces les puede la soberbia y quedan evidenciados sus más bajos instintos, un desprecio absoluto al hombre anónimo, al que trabaja por una mierda de sueldo, al que tiene que formase difícilmente cuando no hay dinero, cuando es más válida su mano de obra esclavizada que su mente productiva, cuando es más válida su entrega abnegada que la voz que exige una igualdad. Y se le intenta callar, se le pone zancadillas, burocráticas, legales, sociales, humanas… Y a veces se le pisotea impunemente. ¡SILENCIO, que aquí mando yo!

¿Quién os dijo que pudierais todos tener derechos si tus derechos me impiden los míos?, dicen sin pudor. Y sin embargo los suyos vulneran los derechos de los demás, permitiéndoles vivir a costa del sufrimiento ajeno, gozar de ventajas, prevalecer sus intereses sobre los intereses de una sociedad más justa e igualitaria, viviendo del trabajo de otros para engrandecerse, exigiendo continuamente más y más. Son insaciables.

Y esta desfachatez trae una larga cola, donde se apuntan todos aquellos que logran codearse con ese nivel privilegiado; un universo donde todos desean llegar algún día y donde el resto tienen prohibido ni siquiera soñar, poniéndoseles tantas trabas e impedimentos hasta minar su autoestima, hasta que ellos mismos crean no merecerlo.

He visto al pueblo engañado, atribuyéndose los errores de aquellos, culpabilizándose por desear la igualdad, vivir mejor. Responsabilizándonos de todo lo que ellos han provocado. Todo un engranaje construido y deconstruido como la tortilla moderna, para amenazar y amedrentar y obligarnos a continuar siendo sus esclavos, ¡y por tan poco!

Sólo la muerte nos igualará, pero ¿qué debemos hacer mientras haya vida?… Hoy una señora se atreve a decir públicamente que hay personas que no sirven para nada. Y lo máximo que una escucha de respuesta es que tiene razón en parte pero que no son formas. Formas, formas, formas… sí formas grotescas, monstruosas, inhumanas, las de este tipo de gente. Estoy enferma, enferma de ver toda esta podredumbre humana. Y dice la señora ésta, que probablemente tendrá criada para la casa y los hijos, que estarán formándose sin necesidad de becas, o tal vez con padrinos bancarios, que debemos trabajar más y por mucho menos y que mientras las empresas nos forman y no somos productivos no nos den sueldo. Nuestro tiempo es trabajo, nuestra dedicación para que tú te enriquezca es trabajo, señora mía, doña fulana de tal. Esta señora se dirigía a una periodista interrogándole qué pasará cuando sus hijos o los míos terminen sus masters en el extranjero… y ni tan siquiera son consciente de ese privilegio sólo permitido para ellos y gente como ellos, como si todo el mundo lo tuviera, Es inaudito. A mí esto me da vergüenza y asco, de que le sigamos permitiendo tantísima desfachatez.

Me gustaría perder yo también las formas con esta gentuza y llamarles con los nombres que se merecen, pero no me pondré a su nivel, sólo les diría que no les voy a permitir sus desprecios aunque se que es difícil luchar contra ellos, porque es confuso un mundo donde se manipula hasta el extremo más sórdido y profundo, donde sus guerras las hacen ellos y morimos nosotros, donde los terroristas son controlados por ellos porque de otra forma no tendría explicación que caigan siempre los más desgraciados mientras los líderes escapan a islas desiertas. Que control más absoluto y eficiente cuando el ladrón roba al pobre y no al rico. ¡Pero miedo nos tendrán cuando se toman tanto trabajo para controlarnos!

La vida avanza por delante mía y el recuerdo de una historia me deja apenas sin esperanzas, sin embargo, hay que seguir con la cabeza bien alta, hay que usarla, trabajarla, no aceptar sus injurias, no permitirles que nos traten como despojos, porque si fuera perro le mostraría mis dientes pero como soy persona le muestro mi inteligencia y ésta queridísimos señores y señoras adineradas, que os creéis de una especie diferente, os llevará y os mostrará el camino que todos debemos seguir. Podréis quitarnos el trabajo, la casa, las posibilidades óptimas de formación, el pan, la alegría y hasta la salud, pero no la inteligencia, la educación, la humanidad y dignidad humana.

¡Iros al puto infierno donde nos queréis llevar!

miércoles, 2 de abril de 2014

El escaparate indiscreto



Llevo dos o tres días que sueño con olores, y todo viene a raíz de haber cogido la gripe. He estado recluido en casa y en la cama, acurrucado con el edredón, durmiendo y comiendo y de vez en cuando reunía fuerzas para entrar al cuarto de baño aunque no para ducharme.
Mi mujer me cuida de maravilla. Cuando vuelve del trabajo me acaricia la cabeza y me ha vuelto a hablar, como cuando comenzamos a salir, con ese tono siempre dulce y cariñoso. Incluso cuando me riñe o se enfada por mi falta de aseo, me lo dice con una voz como de mimo, como una madre comprensiva, cogiéndome la cara y diciéndome: voy a tener que meterte en la bañera uno de estos días, que ya apestas. Y me achucha. Pero no lo dice enfadada y entonces yo le hago arrumacos y le lamo el cuello, aunque eso no le gusta demasiado porque dice que le hago cosquillas.
Ayer, cuando volvió de su trabajo me preparó una comida exquisita. Como me encontraba algo mejor, nos sentamos para ver una película que echaban en la tele. Se puso a comer galletas como una niña pequeña y a ratos me daba una, me froté contra ella, con cariño y ternura apoyé mi cabeza en su regazo mientras ella la acariciaba dulcemente y bajaba por mi espalda su mano suave, haciéndome estremecer. Era extraña la comunión que sentíamos, estábamos disfrutando del contacto como nunca lo habíamos hecho, o al menos hacía tanto tiempo que no gozábamos de esta cercanía.
Así en esta postura, ella comiendo galletas y viendo la peli, y yo apoyado en su regazo, debo decir que agudizado mi olfato, olía su sexo y comencé a olisquear su entrepierna. A ella le molestó pues sin decirme nada apartó mi cabeza, aunque no enfadada pues me volvió a acariciar la espalda.
Yo me sentía excitado aunque no podría decir que tipo de excitación recorría mi cuerpo. La intensidad de los olores fomentaba en mí una nueva visión de las cosas.
Cuando acabó la película, me dijo de salir a dar una vuelta por el barrio, y me pareció una idea estupenda, me puse feliz como un crio, dando brincos. Cuando salimos del portal, un vecino se nos acercó iba con su perro y se nos unió al paseo. Me pareció de mala educación pero muy a mi pesar, comenzó a caminar con nosotros. Eso me molestó bastante, porque además sólo se dirigía a ella. Comenzó a hablarle de su perro, que si le había enseñado tal o cual cosa, que si comía no sé qué, que si aún no controlaba bien sus necesidades. Yo creo que por educación o por seguirle la corriente, ella dijo que el suyo era muy inteligente y hacía las suyas en el cuarto de baño. Se rieron un poco y yo no atinaba más que a continuar a paso ligero y adelantado y de cuando en cuando ella me decía, cariño espera. El tipo después de dejar que su perro orinara en cada árbol y de paso plantara un pino que recogió con una bolsa de plástico, dijo a mi mujer, bueno después de esto tengo que lavarme las manos. Y al fin, dijo que se marchaba.
Yo comencé a saltar de alegría y ella me habló como si nada pasara, yo tampoco quise decirle nada sobre lo inoportuno del tipo y de su descaro, porque estábamos tan bien en tanta armonía que no quería molestarla. Eso sí, antes de que él se fuera, le dirigí una sonrisa mostrándole los dientes, ¡a ver que se piensa ese ligón de perra!
Ya en casa, mientras que ella se preparaba en el cuarto de baño, me metí en la cama y con deseos de sentir su cuerpo, pero estaba tan cansado que me quedé dormido sobre la colcha. Cuando me desperté amaneciendo, ella estaba a mi lado tan calentita metida debajo de las sábanas que me introduje en ese nidito confortable y empecé a lamerla, a subirme sobre ella, despertándola, con tan mal humor que me tiró sobre la alfombra a los pies de la cama y gritándome me dijo, ¡déjame en paz que estoy aún dormida! ¡Y quédate ahí quieto!. ¡Vaya, qué mal despertar!, pensé. Así que me fui a la cocina y bebí agua de un cuenco y la esperé a que se levantara y pudiéramos desayunar, con la esperanza de que no estuviera aún tan enfadada conmigo. Por eso cuando entró en la cocina me acerqué con cuidado, rozándome un poco contra ella, pero suavito que no la molestara demasiado.
Ella empezó a desayunar y yo también: un gran tazón de unos cereales que sabían raros pero estaban buenos. Ella me hablaba contándome que ahora aprovecharíamos el sábado para dar un paseo e ir de compras al menos para ver escaparates. Yo la miraba embelesado, me hacía sentir tan a gusto, tan compenetrado con ella, y a ella la veía tan feliz conmigo, tan calmada, tan hermosa esta mañana, que le perdoné inmediatamente que me lanzara al suelo de aquellos modos y que ahora ni siquiera me pidiera disculpas, o me diera explicaciones.
Pero antes de salir te voy a dar un baño, me dijo, que estás muy guarrete. Y yo todo blandito me dejé meter en la bañera y que ella me lavara. ¡Qué gustazo! El agua me molestaba un poco por la nariz y estornudé, ella se echó a reír y me decía palabras cariñosas. Aunque no le gustó nada que me sacudiera los pelos llenándole todo de agua y manchándolo. Le hice un cariño apoyando mi cabeza sobre ella, percibiendo su olor corporal tan excitante, tan distinto por zonas, me encantaba sobremanera el olor que desprendía su sexo y su cuello, y ese aroma que la rodeaba, me hacía sentir bien pero también amarla de modo diferente.
Cuando salimos a la calle los olores eran tan intensos: los árboles y las flores eran cosas normales de oler, pero es que olía a la gente que se cruzaban con nosotros, el suelo, los coches, las cosas inanimadas las descubría con su olor personal, sí, como algo propio de ellas. No sé si sería la primavera o la gripe, pero el mundo me parecía totalmente distinto, era un mundo lleno de olores, olores sin nombres, indefinibles, no podía hacer con ellos como con los colores, que por contraste éstos, sin embargo, aparecían más apagados.
Mi mujer estaba esta mañana radiante, ¡guau! Qué bella es. Caminábamos con paso firme, yo al lado de ella, escuchándola hablarme, contándome cosas sin esperar respuestas. Se quedó mirando un escaparate e intentó asomarse a la tienda, pero la dependienta, le dijo que no podía entrar con perro. ¡Pero que perro ni ocho cuartos! Ella me dijo, pequeño, debes quedarte un momento fuera. No sé, querría ver algo tranquila o darme alguna sorpresa, mientras la dependienta no me quitaba ojo, valiente estúpida, maleducada.
Al fin mi mujer salió de la tienda, íbamos callados, a mí el asunto de la dependienta, me había molestado y contrariado bastante. Pero ya el colmo fue cuando un chico se acercó a mi mujer con el pretexto de pedirle fuego. Ese hombre me repugnaba, me hacía sentir mis más bajos instintos, su olor provocaba mi rabia, pero me contuve, por no provocar ninguna situación desagradable. Después de encender su cigarro y exhalar una bocanada de humo girando la cabeza para un lado, le dijo a mi mujer: que perrito más bonito, y sin pensarlo dos veces, le salté al cuello, dándole un buen mordisco en el brazo. Entonces se armó tal barullo, el hombre gritando, mi mujer gritando, los transeúntes diciendo dele con una revista o algo. Mi mujer me cogió de la cabeza, hablándome: estate tranquilo, no hagas eso, entre disculpas con ese tipo. Yo enfadado con él, con la gente y hasta con mi esposa, aunque no sabía bien por qué había reaccionado yo así y ella también.
Me aparté del grupo que se había formado alrededor, y aún nervioso y sofocado me apoyé en el escaparate de una zapatería. Al mirarme en su reflejo, en un primer momento pensé que me estaba volviendo loco, luego enfoqué bien la vista y aquella limpia y brillante vidriera, me devolvía en mi asombro la imagen peluda y el rostro ofuscado de un perro, con sus mandíbulas salivando todo el cristal.
¡Fuera, fuera de aquí maldito perro!, el dependiente con la escoba me empujaba y después de morderle el palo, salí corriendo como un loco desaforado, tan extrañado yo de mí, como la gente y tan confuso estaba que gritándome mi mujer: ¡ven aquí, ven aquí cariño! Crucé tan rápido la calzada que no me dio tiempo ni a ver, ni tan siquiera oler, el autobús que venía.
Perdí la conciencia. Por un momento todo era silencio. Entonces la vi a ella, apoyó mi cabeza sobre su regazo, acariciándome, llorando a lágrima viva, suplicándome: no te mueras, no te mueras, ¡ayúdenme! Yo no escuchaba nada, ya tampoco veía pero aún olía su cuerpo lleno de amor hacía mí y lleno de ese inmenso amor, al fin expiré.

martes, 1 de abril de 2014

Los objetos



Uno recuerda cuando los televisores duraban más de veinte años. Y los muebles sólo se cambiaban cuando el sofá estaba desvencijado, o la balda de la estantería se veía combada, peligrando las figuras de porcelana distribuidas por la tabla, entre algún marco de fotos y unos pocos libros.
Las sillas, la mesa del comedor estaban allí desde que apenas alcanzara su altura y más de una vez corriendo por la casa chocabas contra ella dejándote un buen chichón por unos días.
El colchón de papá y mamá lo estrenaron cuando se casaron y cuando saltabas sobre él los domingos jugando, te clavabas los muelles, esos que crujían por las noches de vez en cuando despertándote, de sueños adolescentes.
En fin las cosas duraban una eternidad, más que el propio tiempo, ese que se ha escapado por aquellos espacios tan rápido que apenas se ha dejado ver mostrándose ante el espejo, como diciéndome ¡hala, estás hecho ya todo un hombre!
Pero me encuentro ahora en una casa con muebles y objetos decorativos que continuamente sustituyo. Tengo electrodomésticos para todas las funciones, algunas necesarias otras no tanto, pero los compramos porque se venden y todo el mundo los quieren tener en sus casas. Apenas lo hacen suyos, duran un par de años a lo sumo porque se estropean demasiado rápido o nos parecen viejos o algo anticuados y pasados de moda.
A veces un cambio de decoración, un nuevo diseño de la cocina o tal vez, el cambio de color de las paredes te obliga a tener que modificarlo todo, desde la vajilla hasta la colcha, desde el jarrón al cubo de la basura. La publicidad siempre solícita te ofrece sus semanas fantásticas y sus repúblicas independientes tan atractivas. Ves que ese o aquel mueble ya  no le pega demasiado a la cocina o notas que la maquinilla hace demasiado ruido. Te pregunta si, tal vez, debería comprar esa plancha aunque normalmente utilizas prendas que no necesitan planchado y cuando sí, las llevas a la lavandería.
Pero uno debe contar con todo, estar preparado, ir a la última. En poco tiempo se reemplazan por cansancio o por defecto.
Nos pasa con todo, consumimos compulsivamente, lleno el frigorífico de cosas que no como y tengo que acabar tirándola porque la mayoría de las veces como fuera de casa. No sólo consumimos cosas materiales, cada fin de semana me llevo una chica a casa, nos utilizamos mutuamente y hasta otro día, día que no llega porque no apetece lo ya conocido, ansiamos la novedad y experimentar emociones distintas.
Uno se cansa pronto de lo repetido, de ver siempre las mismas caras, frecuentar los mismos sitios. Hay cosas que son estáticas por necesidad, no quiero que me falle el metro y espero encontrar abierta la tienda donde necesito comprar algo. La familia se obstina en anclarte en costumbres que aborrezco, te insiste con la pregunta típica para cuándo vas a asentar la cabeza. El trabajo es algo con lo que necesito contar pero busco siempre lo variado y he conseguido que mi puesto me dé la oportunidad de viajar.
En realidad no tengo apego a nada, el sofá donde descanso por las noches, lo cambio cada dos por tres, las cortinas, los cojines cada cierto tiempo transformo su diseño y tejido, ahora negro y gris, otras rayas  y topitos. Por no mantener costumbre alguna, ni planta que tenga que cuidar en casa. En una ocasión los compañeros de trabajo me regalaron un cactus que murió de inanición.
Nada emocional nos une a las cosas y sin embargo, de un tiempo a esta parte, he comenzado a obsesionarme más bien a encariñarme con todo. Los objetos de la casa están adquiriendo una relación afectuosa para mí. Me encanta ver mis libros, tocarlos, olerlos, se podría decir que los amo. Me ocurre lo mismo con los pocos objetos que tengo de decoración, esa figura de madera con sus contornos rústicamente limados que compré en un mercadillo por Marruecos, o esa marioneta en un  bazar de Turquía. El robot de rojo brillante traído de Italia. Disfruto tocándolos, me maravilla verlos ahí colocados frente a mí y los cojo un rato, los examino y los devuelvo a su lugar. El otro día conocí una chica en la cafetería cuando tomaba el desayuno en un descanso del trabajo. Comenzamos a hablar en la barra y nos dimos el teléfono para quedar para salir, después de esa noche volví a llamarla y hemos estado quedando. Ya hace un mes desde que la conocí, me gusta, me apetece quedar con ella, volverla a ver, y esto es insólito en mí.
Curiosamente, intentando buscar una explicación a esto que me está ocurriendo, he descubierto, asociando detalles, el momento crucial. Creo tener localizado el punto que marca un antes y después. Fue estando en casa de mis padres donde fui a comer un domingo. Una cosa que jamás me hubiera ocurrido antes fue darme cuenta que algunos cambios se habían dado en la casa. Faltaban cosas en las estanterías, el salón estaba minimalista, algo insólito en casa de mis padres que guardan todo desde siempre. Estaba todo tan cambiado que apenas parecía el hogar de mi infancia, mi refugio parental. Qué desolación, era un lugar extraño e incómodo. El colmo fue cuando me dirigí a mi habitación, mi antiguo dormitorio había sido reducido a la mínima expresión, una cama y una mesilla, lo suficiente para cuando te quedes en casa me comentó mamá. Pero ¿qué has hecho con mis revistas y aquella foto donde estaba con mis amigos?, le pregunté. Las revistas, cariño, las he tirado, imaginé que no las querías, cómo nunca te las llevabas... Y la foto, no te preocupes, la guardo en un cajón para dártela y la tengas en tu casa. Pero, mamá, ¿qué te estorbaban esas cosas?, por cierto, ¿dónde está todo lo demás? ¿Qué más cariño? No sé, pero aquí faltan muchas cosas. Ya veo lo que las echabas de menos, que ni siquiera te acordabas de ellas, dijo mamá.    
Estaba claro que mis padres se habían vuelto locos, no era propio de ellos, ese desapego era propio sólo de mí. Les pregunté a qué se debía este cambio tan radical. Y entonces recibí la explicación hecha a mi medida. Las cosas no sirven para nada más que para estorbar nuestras vidas, esclavizarnos dándonos más trabajo que alegrías y ahora que se hacían viejos, necesitaban soltar lastre.
Dios mío, mis padres adquirían la mentalidad del consumismo, y una vez utilizado todo para qué mantenerlo, era su principio. Aquello que estaba viendo, era el fiel reflejo de mi vida.
La clarividencia se presentó como una revelación. Sentí la tristeza que acompaña al descubrimiento, ése que haces ante una existencia equivocada, absurda y superficial. Era la conducta sin sentido que había vaciado la casa de mis padres, con la que yo conducía mí vida. Si a estas alturas de sus existencias, se desprenden de todo lo que siempre les había acompañado, lo acumulado durante años, marcando toda una trayectoria vital. Sí perdían la memoria que guardan las cosas, estaban perdiendo también parte de ellos mismos.
Con el pretexto de ir a orinar, entré en el cuarto de baño y me eché a llorar como un niño que le han tirado los juguetes viejos o rotos, pero que te gustaban tanto. Esto era una costumbre que nunca habían tenido mis padres. Por suerte, ellos siempre solían guardar en cajas nuestros juguetes cuando íbamos abandonándolos con la edad. Me acordé de eso y enjuagándome la cara salí corriendo a preguntarles por los juguetes guardados, en sus caras de sorpresa temí lo peor pero era más bien porque estaban tan sorprendidos, tan atónitos por mi cambio de actitud, que llegaron a preguntarme si tenía algún problema.
Mamá me los llevo, todos, los de mis hermanos también. Por favor,  tampoco tires nada sin preguntarme.
Anda hijo ¿qué te pasa, estás enfermo? No mamá, ustedes sí que no estáis bien, yo sin embargo acabo de ver las cosas tan claras, como nunca antes las había visto. Las cosas son ramificaciones de nosotros, los objetos que vamos adquiriendo a lo largo de nuestras vidas, forman parte de nosotros mismos, nos acompañan, nos son fieles, se sufre si se rompen o si se pierden, porque cuando olvidamos algo vivido y los vemos ahí en sus espacios destinados, veo mis libros mis discos, me hablan de cuando los compré, dónde, por qué, qué hice y cómo me encontraba. Los objetos de nuestros deseos forman parte de nosotros mismos. Me he dado cuenta que me encanta mi sillón hundido, mis cojines gastados, mi frigorífico que aunque viejo aún funciona, mi tocadiscos pasado de moda, mis cortinas que no pega con el color de pared, los paños de cocina gastados como las toallas, pero que secan mejor que una nueva. Las quiero, las adoro, todas mis cosas que un día deseé y llegaron para satisfacerme. Y ahora comprendo por qué están ahí y mientras no estén realmente estropeadas, sólo entonces tendré que desprenderme de ellas y en algunos casos tal vez, pueda guardar sus pedazos rotos. No es un apego insano, es el afecto que siento por ellas, por su compañía, su servicio, sus recuerdos.
Además gasto mucho menos, me bastan mis cosas que funcionan más o menos bien, que me sirven y no necesito sustituirlas. Cuando algo se me estropea, intento arreglarlo y si ha llegado su final las llevo a un centro de reciclado, donde le darán una segunda vida. Me gusta imaginarme que parte de su espíritu, incluso quién sabe parte de su materia puede que vuelva a mí lado con otra forma, en otro producto, pero la misma esencia.
En fin, no me reconozco, puede hasta parecer cursi esta nueva actitud mía pero incluso debo confesar que tengo sobre la mesa del salón una piedra, una simple y pulida piedra, que toco sintiendo la vida que surge de su sustancia inerte, sin embargo, veo en ella todo el origen del universo. Tiene para mí, una importancia aún mayor, porque esa piedra, con esa simple piedra, tropecé aquel día que la conocí.