martes, 8 de febrero de 2011

domingo, 6 de febrero de 2011

Mujeres de nada.

La veis sentada a la puerta de la casa en su silla de enea, colgada del brazo izquierdo una pequeña bolsa de tela, de donde, a ratos, estira un fino hilo entretejiéndose en bonitas filigranas, un pañito de croché. Apenas distinguía lo que hacía, pero la diestra mano encontraba a tientas el hueco donde metía y sacaba la aguja, contando los puntos con sus arrugados dedos.
En ocasiones la encontraban dormida con las manos ocupadas en la tarea y nadie se atrevía a despertarla. Pobre vieja, déjala descansar, comentaba la vecina. Pero ella no estaba dormida, tan sólo cerraba los ojos, porque, como decía cuando alguien la saludaba y ella no reconocía, ay, hija es que no veo ni los recuerdos con esta maraña que tapan mis ojos, y luego añadía, aunque esos se ven con éste, poniéndose su mano en el pecho. Así entendía la gente de poco saber y mucho vivir, antes de que vinieran a decir que no es ahí de donde salen los sentimientos, sino del cerebro donde se encuentran también razones y deseos. Por eso sabía que cerrando los ojos aparecían los recuerdos, guardados en ese cajón donde sin fecha ni orden venían a retazos, trémulos. Él cogiendo aquella fiambrera de aluminio donde antes ella metió un pedacito de tocino y pan, o papas con chorizo, que se llevaba para trabajar en el campo. A veces, lo observaba desde la puerta de la choza encaminarse y a lo lejos reunirse con la cuadrilla, que, como una nube negra, se distinguía en el horizonte.
La vida tiene esas pequeñas gratificaciones, cuando ya no tiene más que dar. Aunque duda si es realidad o sueño, duda si lo espera o ya se marchó, incluso a veces duda si esos recuerdos le fueron prestados en ese juego con que se divierte la imaginación.
Cuánto vivido y, ya ves, sólo esos pocos pensamientos, tanta lucha y ya ves, tanto gozo en tan poco recreo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El aula

El aula aún estaba abierta. Los alumnos más rezagados van entrando y ocupan los asientos vacíos. El profesor acaba de llegar. Se dirige a la mesa colocando el maletín. Saca los apuntes y al fin mira hacia los alumnos. Buenos días. Hoy estudiaremos un caso peculiar. En primer lugar recrearé un relato ficticio que no debe ser analizado como hecho objetivo. Recordad que nosotros no estábamos allí. Sólo tendremos una información objetiva de la policía y el médico forense, además de las versiones del médico y el marido. No olvidéis tener en cuenta los hilos sueltos. Tendréis que hacer interpretaciones. Recordad, no sois jueces, estáis para elaborar distintas alternativas por increíbles que éstas sean. Los estudiantes de psicología criminal prepararon sus folios para tomar las notas necesarias de las que después tendrían que extraer las concluisones. El profesor carraspeó un par de veces y, retirándose las gafas comenzó a leer.
Abrió la puerta del dormitorio. En la cama había un sobre de color verde. Ella dio los cuatro pasos que la separaban del umbral de la puerta hasta la cama. La habitación estaba en penumbra, con algún reflejo de luz que entraba a través de las finas frajas laterales que la gruesa cortina permitía a los rayos del sol. La lámpara de la mesita de noche estaba encendida, enfocando, como si de un actor en escena se trataba al inquietane y tentador sobre. Dentro encontró una nota. La incógnita, suspendida en el aire oscuro, quedó dibujada en el encuadre de una cámara imaginaria. Unos segundos de confusión, de no entender aquellas palabras que sus ojos leían y volvió a releer. No puedo soportarlo más. Debo dejarte para siempre. No te culpes. Perdóname. Te quiero. “¿Qué no soporta? ¿Que se va?... No entiendo nada”. Sintió que se mareaba. Se dejó caer en el sillón, colocando en su falda el sobre. Tomó un vaso de agua que se hallaba en la mesa. Unos instantes después comenzó a sentir náuseas y un sudor frío. Nublando su mente.
Llegados a este punto, dijo el profesor, os daré ahora el resumen del informe policial.
Un hombre llama nervioso y angustiado al médico de la familia. Al parecer se había encontrado a su mujer inconsciente sentada en el sillón de su dormitorio. Cuando el médico llega a casa sólo puede confirmar la muerte. Tiene un sobre en la falda, que su marido no ha querido tocar. Se llama a la policía, que comprobó que se trataba de una nota en la que se despedía. Después de realizar la autopsia, todo apuntó a la hipótesis del suicidio. Las pruebas fueran claras y contundentes. Argumentada con la valoración que el médico presentó a la suicida como una persona de carácter algo depresivo e introvertido.
- Siento lo de su señora.
- Ha sido horriblo, cabeceó con desesperación llevándose las manos a la cara.
- Tenga fortaleza, amigo mío.
La desgracia lo había sumido en un enclaustramiento y tristeza abandonando cualquier contacto social. Por eso todo el mundo comprendió que a los dos meses se marchara con destino desconocido. Vendió la casa y se despidió del trabajo.
En esta ocasión os daré una versión subjetiva que trataréis de determinar como verdadera o falsa. Una mujer descubre en una nota que su marido la abandona. La noticia le impacta tanto que queda sumida en un estado de desesperación. Coge un vaso de agua que se encuentra en la pequeña mesa de noche. A los pocos segundos comienza a sentirse mal y se sienta en el sillón dejando la nota en su regazo. En este estado de inquietud física y mental comienza a recapitular recreando como una película toda la escena desde que abrió aquella puerta. Los detalles que pasaron inadvertidos recobran ahora especial relevancia. El sobre, verde, su color preferido. La puesta en escena intensificando los elementos, creando una atmósfera confusa y claustrofóbica. La nota mecanografiada con su Olympia. Las frases equívocas, y el vaso de agua, ¿qué hacía allí? Cuando llega a este punto, toda adquiere una clara evidencia y la terrible comprensión que había firmado su propia sentencia de muerte.
Las maletas se facturaron y el avión estaba a punto de despegar. Abróchense los cinturones, recordaba la amable azafata dando las explicaciones en ese baile de brazos. Una mano tomó otra mano. Unos ojos se miraron. Los amantes se besaron. Al fin libres para vivir nuestro amor. Después sonrieron.
Tosió el profesor para aclarar la voz diciendo. Bien, partimos de tres posibles hipótesis. Una, que la nota la escribiera ella sumida en una depresión y aún amando a su marido, se viera arrastrada a suicidarse. Con esta hipótesis, los hechos relatados al principio no serían reales. Otra podría ser que, realmente el marido le dejara la nota y, desesperada, por sentirse abandonada, se suicidara. Y, por último, quizás la más rocambolesca, pero no por ello menos posible, sería que la nota, efectivamente la preparó el marido de forma tan ambigua para que ella la entendiera como un abandono. El sabía que en esa situación ella necesitaría beber agua, tomando el veneno que provocaría su muerte. Aquella nota sería la prueba irrefutable de su suicidio y de este modo el marido estaría libre de toda culpa.
La hora de clase se había agotado y los alumnos tendrían que elaborar para la próxima las defensas de sus hipótesis y conclusiones. El viejo profesor recogió y guardó en la maleta los folios desperdigados por la mesa. Volvió con paso cansado al despacho y se sentó agotado en el sillón giratorio. Abrió el primer cajón de la mesa del escritorio. Allí guardó los apuntes sobre una foto antigua, sin marco, de una mujer joven y hermosa, de cabellos largos y negros, y de bella sonrisa de posado. Hace tantos años que no volvió a saber de ella ni de su amigo que marchó, no sabe dónde tras la dramática muerte de su esposa. El fantasea con historias inventadas para sus alumnos. O tal vez no.

Mamá Regla

Ayer murió Mamá Regla. La vistieron las mujeres de la casa, las mayores. Le pusieron un bonito vestido blanco con grandes encajes. La metieron en la caja asomando sólo su carita redonda y su melena negra y rizada, marcando, a cada lado del rostro, como una cortina de pequeñas ondas de un hermoso mar negro de brea. La perfumaron con jazmines y le pintaron dos parchones rojos en sus mejillas. Mamá Regla era ya anciana pero tenía la piel de una niña regordeta. De talla pequeña, apenas un metro y medio medía la caja. Sobre una mesa de madera vieja del patio la colocaron, vineron las gentes, vecinos y lejanos. Iban llegando y, como a un balcón, se asomaban, comentando todos cómo estaba de bonita, que más parecía dormida que muerta. Buen trabajo hicieron estas mujeres que aprendieron de mortajas. Llegó la noche, se encendieron velas rodeando al féretro, si ese nombre merecen esas cuatro tablas mal apuntilladas. Algunos candiles colgaron de los pocos árboles allí crecidos en libertad o por orden ya lejana. Se sacaron chorizos, mortadelas, carne seca y garbanzos, sopa caliente y algún vino, que, aunque frío también calentaba. En la noche se vela a la muerta y se enciende un fuego que rodean en círculo. Todos comen y beben llenándo estómagos y despertando memorias, pasadas historias del allí presente, que muchas hubo en vida tan larga. Mujer pequeña y fuerte, de piel fina y manos callosas, que se endurecieron entre trajines de tierra y cocinas, doce hijos que alimentar y el marido siempre borracho de aguardiente, que, en noches heladas también ella probó para quitar frío y aliviar penas. Y así, entre tabiques de tela, fueron llegando a este mundo, a falta de otro mejor, aquellos hijos. Bien nacidos fueron, que pocos años tenían cuando ya arrimaron el hombro y mientras unos se hacían fuertes, otros se fueron venciendo. Quedó Mamá Regla en su santuario matriarcal y si se le alivió en trabajos duros, nunca abandonó ollas y costuras, que así bien comidos y limpitos iban los hijos y después los nietos. Orgullo que le dejan al pobre sentirse honrado y aseado, lavar entre incomodidades, a trozos, el cuerpo en palanganas viejas. Son cosas que se hablan en esos velorios, mientras se intenta dar vida a la ya muerta y entre recuerdos reales y también inventados fueron venciéndoles el sueño. Entre el sopor que dio la comida y el vino y el calor del fuego y del espíritu.
Fue subiendo la luna hacia el norte y con ella le crecía a Mamá Regla su hermosa cabellera. Iba cubriendo frente y ojos, mejillas y nariz, barbilla y boca, que fueron muros y puertas de sus sentidos. Tapaba su negro pelo rizado todo su rostro, como si de espaldas se hubiera vuelto creciéndole como hojas de árbol, como ramas salían de la madera tosca de la caja, caían sobre la tierra, avanzando entre las piernas de los durmientes, entremezclándose entre cuerpos, cubriéndolos como mullida manta. En ese dulce cobijo de cabellos entretejidos, donde no llegaron brazos que abrazaran, llegaron éstos. Buscó la tierra, cubrió esta manta silvestre no de hierba, quedando sepultada la muerta. Cuando todos despertaron amaneciendo el día no hubo entierro que celebrar. Y donde había caja y muerta aparecía sembrado un manto oscuro donde apenas germinaba, buscando la luz sobre un frágil tallo, una pequeña flor.

Diferencias

Cada mañana parecía la misma rutina, pero es error de la percepción humana. No hay dos días iguales, como no hay iguales dos personas, dos animales, dos plantas, pero sí dos mesas, dos muñecas o un par de frigoríficos, pero hasta éstos no salvarían la igualdad si con lupa y ojo clínicos observáramos sus líneas y poros. Ya llevó los niños al cole y se sentó frente al calentador a tomar su desayuno, tres cafés aguados y una tostada con mantequilla. En uno de los extremos ponía a partes iguales mermelada de fresa y melocotón, alternada en otras ocasiones con la de ciruela y sobre la mayoría de la extensión de ese crujiente pan una dorada miel. La televisión hablaba, como de costumbre, de política, con argumentos y mensajes vacíos, ellos tienen el poder, pensó, qué puede hacer un individuo frente a este entramado de intereses particulares. Ahora toca una vez más someterse a las resoluciones que grupos expertos estudian para sacar al país de una cruenta crisis. Ella oía como ruido de fondo desengañada de esta vida, donde hay que luchar cada día por no se sabe bien qué. Y todo esto, para acabar vieja, enferma, sola. Si la genética o la suerte te mantuvo más tiempo. Es duro el pronóstico y es absurda la ilusión mantenida de voluntades que esperan la probabilidad ínfima de la felicidad. No todo es negativo, y son esas pequeñas diferencias del panorama cotidiano, de elementos alegres y esperanzadores, las que administran pequeñas dosis de felicidad. Se hace necesaria la capacidad de observar con cierta crítica, sin análisis exahustivos, impregnando con detalles insignificantes, pero decisivos de pequeñas libertades personales. Ausentarse por momentos de la fuerza centrífuga que te arrastra de manera inconsciente en esta vida robótica, instaurada en programas impuestos o aceptados sin más. Alto, te gritas, y rompes con ese absurdo, pero ella juega con ciertas ventajas y no muchos inconvenientes, y a aquella se agarra su individualidad salvada, del desmesurado apetito social siempre exigiendo entrar en la órbita, obediente, impotente. Alto, te he visto las orejas bajo ese atuendo de bondadosa ancianita.
Inmersión, comunica el capitán del submarino. Las burbujas del aire compensando la salida del agua que absorbe a la gran mole, sumergiéndose en esa aparente ingenuidad, en ese mundo onírico, a veces, la maraña de anuncios, siempre maravillosa de la felicidad, fingida, adornada, inventada, soñada, a la que a la carrera todos nos lanzamos pero pocos llegan. Salió a la calle, la mañana era fría en el exterior, el viento de poniente se agarra al rostro y revolotean los mechones de pelo que quedan libres de la goma que los sujeta. Apenas acierta a meter la llave en la cerradura del coche sale el vecino de enfrente cargado también con el maletín de su cotidianeidad, responde con un felices fiestas a su saludo y lo adorna con una alegre y sincera sonrisa. Los gestos se imitan, los anhelos se imitan, la vida se imita, hasta la imaginación es imitada. Pobres imitadores de destinos creados. Cómo te sientas cada día depende de muchas cosas, si preguntáramos en un estudio sociológico que si somos felices o qué es la felicidad, la variabilidad de las respuestas sería tan inmensamente diferente no sólo por las particularidades individuales, sino que cada respuesta personal dependería del momento del día, de las expectativas de ese día, de lo vivido el día anterior, del programa que ve en la tele, de las personas con las que ha tropezado, con la variabilidad climática y no precisamente por la climatología, pues a mal tiempo buena cara, de las perturbaciones de un buen dormir, y hasta de un buen rato en el baño, que pequeñas trivialidades en este devenir sensible suponen estar satisfecho como sinónimo de felicidad. Curioso adjetivo, que identifica entrada, inmersión, deglución, pero también deshacerse, desprenderse, liberarse, equilibrio no siempre hallado.
Y qué oculta una detrás de los demás. Todos imitándose unos a otros, con lo aprendido lo personalizado apenas auténtico. De dónde vienen estos pensamientos, esta conducta que creo que domino, torpe animal que se cree diferente porque habla. Si comenzara a hablar incongruente, con palabras extrañas, sonidos inconexos, borbotones fonéticos, me mirarían pensando que había perdido la cabeza, y sin embargo, no es más que eso el producto de nuestras estúpidas e incomprensibles existencias.

Te voy a contar un cuento

T
e voy a contar un cuento. Érase una vez una niña que vivía en un pueblecito dentro de un valle donde corría un pequeño arroyo cristalino. Allí todos los días la gente del pueblo iba a recoger agua o a bañarse cuando llegaba el buen tiempo. Además era el centro de encuentros y romerías. Bueno, tan literal que vertebraba sus vidas, dejando pueblo y huertas a ambos lados.
Pero dejémonos de geografías, que nuestra historia se centra en esa pequeña niña. Cada día, como una más, recogía con su cántaro agua del río y feliz y coqueta se miraba en ese espejo, primero entre juegos y, después, a medida que se hacía mayor, como simple reconocimiento de su identidad, que se iba definiendo. Poco a poco comprobó que sus facciones aniñadas fueron haciéndose de mujer. Le gustaba lo que veía y, sin vanidad, se aceptaba. Esta niña, después adolescente, se hizo joven y crecía con un carácter generoso y alegre. Un día de verano, mientras se bañaba en el río, otras jóvenes empezaron a reírse y cuchichear entre ellas. Entonces, ella les preguntó, ¿por qué os reís de mí? Es que tienes un lunar en la espalda. Y sin más comenzaron a burlarse de ella. ¡Tienes un lunar en la espalda, eres fea, eres fea! Salió precipitadamente del río y, entre unos matorrales, se ocultó llorando tristemente. Cuando pasó un rato, y se secaron las ropas, marchó para casa triste, encogida, preocupada, y, lo peor, odiándose por ser así. Al día siguiente volvió al río. Y, al recoger con el cántaro el agua, se miró y, ella que siempre se había visto hermosa, se vio fea como una bruja. Tenían razón aquellas chicas, y su feliz sonrisa mutó en una mueca de desprecio, el que sentía por ella, por los demás, por el mundo, por el río que le había estado engañando todo ese tiempo. Y entonces comenzó a ser como las otras jóvenes, para acercarse a ellas, dejándose llevar por sus opiniones, pues pensó, que si ella había estado todo este tiempo equivocada, aquellas debían tener la razón.
Un día pasó un chico por el río, que no era del pueblo, y se acercó a ella. Ella bajó la mirada, pues no quería que la viera bañándose y al descubierto su fealdad. Entonces el joven que se había prendado de ella, de su belleza y dulzura, quiso piropearla con algo que destacara de su belleza, pues todo el conjunto le gustaba. Y viendo su lunar, la cogió de la mano y le dijo este verso:
Hermosa como el día tú eres
Y llenas de luz el mundo
Pues no vi jamás tan bella estrella en el cielo
Que ese lunar en el universo de tu espalda
Ella se echó a llorar. Perdona mi torpeza, le dijo, pues buen poeta no soy, que tal vez escogí palabras de difícil rima, pero lo importante no era decirlo bello, sino lo bello que en ti veía. Nunca antes había visto más hermosa mujer. No te burles de mí, le dijo ella, ¿por qué me dices eso? ¿No ves lo fea que soy? ¿No ves este feo lunar? ¿Cómo puedes decir tan cruel mentira si, para que el mundo fuera perfecto necesitaría ese lunar, y en ti está?
Ella se atrevió a levantar la vista, y le miró a los ojos y, en el brillo de su mirada se vio de nuevo hermosa, como nunca había dejado de ser. Fue la envidia de su belleza que despertó la maldad de las otras jóvenes, que ahora volvían a cuchichear, llenas de rabia y celos porque ese apuesto joven, era nada menos que el príncipe y se había enamorado de ella, la mejor entre todas, la más dulce y perfecta, la que, en el fondo de su corazón guardaba la esencia de su belleza, el amor.
Se casaron y fueron muy felices, y no creo que comieran perdices pues no se acostumbraba por aquel lugar, aunque sí otros ricos manjares. Colorín colorado este cuento se ha acabado.

Muerte natural

Sacudió la manta que cubrió al muerto y debajo se hallaba el arma homicida, una revista pornográfica. La chica de la portada, una rubia que lucía unos pechos exuberantes en una pose que aún los resaltaban más. Como tiene que ser, claro, no podríamos decir aquí, con términos inapropiados, por ejemplo, pechos graciosos o simpáticos, tal vez, senos firmes y generosos, mamas traviesas y juguetonas, aunque, posible combinación, impropia entre cualidad y objeto.
En fin, teníamos un muerto y una prueba del delito. No era la edad la causa de la muerte, aunque también se ha dicho que ésta es una causa de poca probabilidad, pues no se mata, o al menos no se ha visto, con los años. A nadie le caen encima setenta años de golpe, dejándole en el sitio, aunque sí, setenta kilos que caigan desde lo alto de un balcón o cornisa mal pegada.
Todo apuntaba a un corazón frágil para ciertos excesos. La verdad es que tienen alguna gracia estos asuntos, aunque poca tuvieron para el pobre viejo. Al final sí que tendríamos que concluir en la columna de noticias necrológicas los atributos, entre ellos los graciosos causantes del delito, que éstos, sí que tienen peso y qué pesshoss.
De qué diferencia hablaríamos, con qué jocosidad, ofensa, escándalo, o incredulidad comentaríamos, si en lugar de viejo fuera vieja, si de pechos hubiera sido verga, aunque viéndolo bien, causa y efecto más o menos tendrían idénticos adjetivos, que bien es cierto, que para besar al santo, hubo multitud de caminos. Y este santo es el mismo.

Libro interminable

Lo eligió por su presencia, pequeño, coqueto, aunque no son atributos por los que se valore un libro, pensó, tengo poco tiempo y debo leer. Se insiste en programas culturales, se alardea en reuniones y comidas de trabajo. Entre los compañeros se intercambian títulos y autores. Oye, leíste tal o cual libro. Me ha tenido embebido toda una semana. Seiscientas páginas de intriga y aventura. Lo típico, los ránkings de los más leído influyen entre el personal y todos se dejan sugestionar por la publicidad latente y visible. Libros que adornan los escaparates de todas las librerías, pequeñas y de tipo supermercado. ¿Tiene usted este libro? Basta nombrar la primera palabra del título o el nombre de pila del autor para que atentamente el librero te indique su lugar en la estantería. Él compró ese pequeño libro, era de estas colecciones que se venden en los quioscos, de bonita encuadernación pero de baja calidad para poder abaratar su precio.
Su portada era roja y además, como detalle encantador, tenía la cinta clásica para marcar la página. Buscaba lo práctico, lectura fácil y corta, cosa que, por otro lado no prometía precisamente su título. El libro interminable. Vaya chorrada de márketing, pensó. Cuando llegó a casa cogió las tijeras del cajón para quitar el plástico protector. Lo pequeño del volumen le hizo sonreir, pero un libro es un libro y éste le serviría precisamente para comentar con los compañeros de trabajo o con los amigos, al menos para tener conversación unos pocos de días. Nadie tenía que conocer si era de edición tan minúscula. Así que, con poco esfuerzo y tiempo contaría su historia y divagaría con su argumento. No encontró más tiempo que en el baño, después de la cena para comenzarlo mientras liberaba su vientre de cierto peso. Comenzó como le gustaba a él comenzar, desde el principio, leyendo un breve, como no iba a ser, prólogo de la editorial y pasó directamente a la historia.
La letra parecía grande, que no comprendía como tan pequeño espacio permitía esa medida de letra. John Stuart, campesino de una colonia británica trabajaba en el campo por un jornal mísero que, sin embargo le ocupaba todo su tiempo. Apenas llegaba a casa para asomarse a la cama de los hijos que ya andaban en el mundo de los sueños. La mujer, de piernas gruesas y robustas, le esperaba cada noche cuando llegaba normalmente borracho, pues sin un alto en el camino en la taberna, no creía que tuviera fuerzas suficientes para terminar el trayecto a casa. Engaño de nuestro espíritu que hace al cuerpo creer lo increíble con tal de darnos un segundo de placer. Ella ya lo sabía, y había aprendido a callar para no despertar a la fiera en la que el alcohol transformaba al esposo. Ponía el plato de comida, poca cosa caliente, y dejaba que los efluvios que intoxicaban su carácter se fueran diluyendo entre el calor del hogar y el humo de la sopa. La historia prometía, pero su desahogo había sido culminado y no era persona de perder el tiempo y menos si el lugar tenía apenas poco más de un metro cuadrado de su húmedo cuarto de baño.
Después de la ducha, y ya sentado en el sofá, como el recorrido por las distintas cadenas no atrajo su atención, decidió, con el volumen bajo, a la espera del programa de humor que se anunciaba para dentro de media hora, retomar la lectura. No advirtió el comienzo del programa. La pantalla seguía emitiendo imágenes en ese juego de luces en los espacios publicitarios que, aunque estén sin sonido, no dejan de atraer al espectador. Pero él seguía así, ensimismado en su lectura, que no advirtió que la programación ya había pasado a los programas de concurso de madrugada presentados por chicas llamativas y los publirreportajes que anuncian desde zapatillas hasta cremas rejuvenecedoras pasando por extraños artilugios que prometen atributos para el orgullo y vanidad masculinas, y ollas fantásticas que liberen a la mujer de las esclavitudes culinarias. El reloj siguió avanzando hasta amanecer el día, no se inmutó por la insistente y compulsiva llamada del despertador. No notó tan siquiera que las letras fueron disminuyendo de tamaño hasta ser casi imposible su lectura. Por el contrario, alentó más su interés.
Por la tarde sonó el teléfono que, desde el trabajo querían saber a qué era debida su asusencia. No comió, no bebió, no hizo ninguna visita al aseo. No se sabe cuánto tardaron sus fuerzas en agotarse, en qué momento ya no tuvieron imagen sus ojos, ni sentido su cerebro. Para cuando derribaron la puerta, ya estaba muerto, la tele encendida, muda ante aquel espectáculo que se le ofrecía, ocupando ahora ella el lugar del espectador. El hombre yacía sentado, la cabeza baja en dirección a un pequeño libro que aún sostenía en sus manos rígidas por el rigor mortis. Pobre hombre, dijeron y, alguno disimuladamente se rió por lo ridículo del libro. Ironías de la vida, hay lecturas que matan. Y otro rió también sin querer. Él, tan preocupado por el tiempo, fue tragado por todo el tiempo del mundo.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Llegó esa ausencia de ti,
bañar de recuerdos el espacio que dejas vacío
porque te venció esta batalla
de dura lucha entre tinieblas.
Dónde vagaron tus pensamientos
en aquellos infinitos instantes.
Tus manos tocando la tierra
donde germinaron tus tomates y pimientos,
recreando tu torpe oído
con los trinos de los pájaros
en cuidado tan místico
sujetando la trayectoria de los frágiles tallos
con quebradizas y firmes cañas
alineadas y con cuerdas amarrabas.
Como el hilo que sujetaba aún tu vida
hombre de mirada dura y sonrisa tierna
que en tarea se intercalaban
pobre marioneta desvalida,
controlada por finos tubos que aún manejaban
tus movimientos rítmicos y desacompasados,
agitando con minúsculos resortes
tus manos que no acertaban a tocar
ese rostro envejecido de barba y años.
Esas piernas obstinadas en permanecer firmes
que, a duras penas, se sujetaban.
Son reflejos de este tedioso pero corto adiós.
Buscaron tus fuerzas heridas ese mar de tus recuerdos
qué imágenes cruzaron tus pensamientos,
un niño que juega con un caballo de cartón, quizás,
correr por los terrizos del campo con tus pequeños pies descalzos,
si fue un beso de aquel amor,
y sus frutos y los frutos de sus frutos.
Eres juez y parte de nuestras existencias,
que inevitablemente nos unieron a ti.
Si mueres, una parte morirá en nosotros,
y sin embargo, vivirás en esa parte
que guardamos de ti.
Son escenas que nuestra mente fijaron
con los matices que cada uno incorporamos,
cuánto de ti nos quedó ocultado,
cuánto que nos fue desconocido,
desde que, a este mundo llegaste,
muchas primaveras florecieron,
melancólicos otoños vinieron
y de ardientes veranos gozaste,
hasta llegar a este gélido invierno.
Es triste este momento,
que no tendrá ya un mañana,
donde ver tu rostro
y escuchar tus pequeñas quejas.
No sufrir por tu sufrimiento,
pero no tenerte ya cerca.
Y ahora, a cambiar todo por recuerdos,
llorar tu eterna ausencia,
y rememorar tu carácter atormentado,
de grandes contradicciones,
extrayendo de tus profundidades,
la luz que a veces te acecha.
No juzgaremos tus actos,
que ya la vida es jueza,
y te quitó así como te dio
grandes disfrutes.
Y es ahora cuando llegó la dura prueba
que siempre planeó sobre tu cabeza.
queremos pensar que vivimos
un sueño en este juego,
que en jugar, la vida se empeña,
y esta angustia de perderte
y volver atrás los relojes que bruscamente se detengan
en ese impás de tenerte o no tenerte,
que así tendíamos las prendas
que quedaron huérfanas de tu cuerpo,
como ahora nos dejan,
desnudas nuestras pupilas
de tu amada presencia.
Amaneció tu abandono, que ahora la tarde
te acuesta en esa cama eterna.
Llévate por todo equipaje,
nuestro amor, que ahora tu alma calienta.

domingo, 8 de agosto de 2010

Buscó la voz a la boca

Y el silencio al oído

Aquellas manos andan buscando un cuerpo

Y no es el mío.

A lo lejos, vio a la lágrima

Salir de la alcoba de tu iris

Negro gastado y blanco sucio.

Aquellos sonidos que no llegaron

Nunca a oídos.

Salieron de tus labios

Y no son míos.

Volver a tocar aquellos senos

Morenos y ocultos,

Blancos antes de salir el sol

Como dunas del desierto se doraron

Fuego que quemó mi rostro

Que oculté con aquellas manos

Que rozaron tu piel,

Que miró en tu alma

Y buscó en tu boca.

Aquellas palabras que no se pronunciaron

Y sin embargo recorrieron mi conducto auditivo,

Encontraron mis ojos sobre el suelo

El destrozo que tu silencio hizo,

Añicos de una pieza, este cuerpo,

Que ya no es mío.

Bebe la sed de mi boca,

Que dejó seca el manantial de tu olvido.

domingo, 20 de junio de 2010

Un día triste

A José Saramago

18 junio de 2010

Saber encontrar tus palabras en aquellas palabras. Descubrir con su mirada las profundidades de las cosas simples. Ver lo que para otro pasa desapercibido, saber expresar lo que sientes, saber decir lo que otros ni siquiera ven. No son esas palabras dichas, ni su lugar en la oración, no son descubrimientos nuevos sino realidades cercanas, expresadas de tal modo que uno se sorprende de su capacidad observadora, de los detalles pequeños, de las emociones humanas. Es vida lo que expresan sus palabras, son llaves que abren ventanas donde otros apenas vislumbramos la silueta detrás de los visillos. Él, mi desconocido y sin embargo, tan cercano y comprendido, sin sangre que nos una ni afectos que nos relacionen. Siento su ausencia como la de un amigo y la fatalidad de saber que no veré más sus palabas, no me descubrirán el objeto oculto, la sorpresa de su sensible mirada, y cuál fue la última, la que emanó de su cerebro y se escurrió por el apéndice de su mano, sujetando una pluma en ese grafismo romántico o dedo que tecleó hasta el último fonema. Tal vez, como un instrumento, igual que con la lengua, otra mano la tradujo, letras mezcladas, ahora formando palabra castellana, ahora portuguesa, de su fuente primigenia; que los años nos acercan al origen inevitablemente, donde se grabaron a fuego en la piel de nuestras neuronas. No brotará de este manantial agua nueva, ahora recogida en perpetuo circuito, ahí quedarán un mismo escrito para múltiples significados. Cada uno interpretamos, incorporamos palabras y sentir, y el sentir con el que fueron dichas. El movimiento es vida, y ahora ese rostro pétreo, ese cuerpo frío, se paró todo mecanismo. Muerto el ser vivo, abandonará sus preocupaciones humanas y si algo sigue, si algo continúa, ya por el conocido, visible o invisible, movimiento será al fin y al cabo. Lo que creó el escritor tendrá permanencia más allá de la memoria humana. Aprender de sus palabras, de su mirada, robarles siempre, aunque sé que la belleza no está en sí mismas, sino cómo bailan sobre la hoja para expresar ese sentimiento, esa descripción, en apariencia lingüística que lleva de un corazón a otro una emoción, rabia, tristeza, empatía, de felicidad, de admiración profunda, qué maravilla mirar como él mira y poder decirlo como lo dice y qué bien sentir ese mundo suyo, sentirlo vivo todavía.

Una historia que siempre se ve reflejada en la presente. Una muerte que se ve reflejada en aquella contada, y en otras que llegarán, también la mía.

jueves, 17 de junio de 2010

Del bajo al ático


Viene arrastrando los pies con paso corto pero rápido, cada mañana bajaba temprano para comprar el pan bien calentito y tomarlo con mermelada y mantequilla, desayuno que disfrutaba como un rey; aunque no había sirvientes que se lo llevaran a la alcoba o se lo prepararan en la salita abrigado bien con una mullida manta de cuadros en su sillón de orejeras con piel dibujando su silueta.

No quedaba lejos la panadería y los años que no vienen solos sino acompañados de averías corporales difíciles de arreglar y uno aprieta la tuerca con un trozo de trapo o ajusta la pata de la mesa con un pequeño cartón doblado. Así va uno poniendo parches para seguir dándole utilidad a lo todavía aprovechable.

Su andar particular de ritmo dos por dos, mirando al suelo formado entre su perspectiva de vista y su altura, el cateto al cuadrado de su paso pitagórico, pies que siempre llegaba tarde a lo que sus ojos alcanzaban, siempre pisando en un futuro ya visto. Hombre simpático y amable, no saludaba a veces, por no ver bien pero los amigos lo llamaban efusivamente, Antonio, ya vas aviado, Antonio, que no vea a nadie, Antonio, después nos encontramos en el bar... A todo asentía con un gesto amable, una palabra, una sonrisa, nadie quedaba sin respuesta. Llegó al portal de un edificio tan viejo como sus inquilinos. Seis vecinos quedaban aún en aquellos tres pisos y su ático donde vivía Antonio.

En el bajo izquierda estaba Adela, octogenaria. Su hija iba cada día, arreglaba la casa, aseaba a la anciana, le preparaba el desayuno y le dejaba en el microondas la fiambrerita de la comida para el almuerzo. Dejaba el aparato listo, marcado el tiempo, para sólo cerrar y poner en marcha. El plato al lado con el pan, vaso, servilletas y cubiertos. Luego la sentaba en el salón, le ponía la tele y le daba un beso. Vengo por la noche, mama. A ella aún le quedaba una dura jornada limpiando oficinas.

En el primer piso de sus cuatro viviendas sólo dos quedaban habitadas. Un matrimonio con su hijo de cuarenta años, esquizofrénico; las drogas trastornaron su cerebro, era un chico alegre y normal como todos los niños pero se echó malas compañías. Cuando sus padres quisieron darse cuenta, ya luchaba con monstruos imaginarios que sólo él veía. Enfrente vivía una buena moza que Antonio siempre piropeaba y ella correspondía con un beso. Cincuenta años de soledad obligada, quedó joven sin padres, las amigas se fueron casando, ella sólo del trabajo a la casa, sus revistas, su telenovela y algún café en casa de una tía. Tenía buenas carnes aún apretadas, pero ya se le pasó el arroz y nunca fue mujer decidida, ni de hacer amistades con facilidad. Compró un ordenador más por insistencia de sus compañeros de trabajo y una oferta comercial. Alguna vez intercambió email y mantuvo algún chat pero no pasó de ahí. Al menos estas conversaciones ayudaban para no perder las costumbres sociales.

Llegamos al 2º, tres de las cuatro puertas están pintadas de un marrón oscuro, de pintura brillante descascarillada, creando un paisaje desértico y abandonado. Puertas que guardan la nada, como interior de cuerpos sin alma. Sólo una está reformada, aspecto cuidado y moderno, con finas molduras y una pequeña mirilla sobre la que está un pequeño cartel en el que se lee “Dios guarde cada rincón de este hogar”. Es el 2º B. Ahí vive el pobre Pedro, lo guarda todo, recortes de revista, libros antiguos, cajas de lata de galletas, cola-cao y membrillo. Recoge objetos curiosos, rotos, que encuentra por la calle; mira la pieza y se le ocurre construir un móvil, colgarlo en la ventana para que los días de viento suene como campanitas. Últimamente colección a tapaderas de lata de los botes de cristal, intentando convencer a su mujer que hará algo para el pequeño de sus nietos. Veras mujer qué camión le voy a hacer. Pedro, hoy los niños tienen de todo, eso no le va a gustar. Ay, Pedro, Pedro, esto son porquerías. En un descuido se lo tira todo y él anda buscando durante días dónde lo dejó.

En el 3º se escucha música, normalmente nadie queda en este piso, pero será el hijo de los García, compraron una unifamiliar en zona bonita de jardines y calles cuidadas, rectilíneas, de aceras anchas, árboles jóvenes y verde césped regado con regularidad, que el ayuntamiento atiende a las apariencias y éstas van acompañadas de cuidadas fisonomías. Lo que haya dentro de aquellos muros ya es cosa íntima, que lo importante es lo que mira el ojo ajeno.

Este muchacho, con edad que exigía, traía sus aventuras al abrigo de censuras paternas. Estos jóvenes, piensa al pasar por la puerta, no sin cierta nostalgia de otros tiempos. Así anda esta juventud, entretenida en estos deleites, en un mundo que roba identidades, confunde conciencias y anula juicios. Viven mejor, tienen coche, y hasta un lugar donde sofocar estos ardores del cuerpo que reconfortan el espíritu. Tienen más que aquellos que dedicaron esfuerzos desde amaneceres y jamás pudieron soñar.

Sin embargo, los ve ahí, engañados muchos, convertidos en números, uniformados de vestimentas ideales y, sobre todo, inmensamente frustrados. Cabecea de un lado a otro no encontrando el origen del problema, quizá la única realidad posible sea este punto de locura para poder asimilar tal avalancha de información en este mundo caótico donde persistimos con el único pecado, pero también virtud de esta personalidad bipolar de la existencia.

Al fin llegó, el pan ya está frío. Metió con dificultad la llave que antes buscó en su bolsillo. Abre la puerta a un pequeño espacio apenas unos muebles, unos electrodomésticos antiguos, un frigorífico que enfría más por el hielo que lleva en sus entrañas, un pequeño televisor en la pequeña cocina, un fuego aún de gas y un microondas oxidado. Una pequeña alacena con algunos platos, vasos, tazas, una sartén grande y una pequeña. La olla roja con cardenales negros de muchas caídas y ya preparado en el fuego la cafetera aún caliente, pero no lo suficiente. Una vez más tendrá que calentar el café en el microondas, mientras unta de mantequilla y pone mermelada al blando y blanco pan, la harina espolvoreada como nieve sobre montaña, como caspa sobre jersey oscuro.

La mesa ya está preparada, con su mantel individual, e l azucarero y el libro.Del saloncito se sale por unas puertas acristaladas a una pequeña y hermosa terraza, llena de macetas selváticas, aleatorias, revoltosas y alegres, esparciendo olores y colores que alcanzan a su corta vista, frente a un espacio acotado de altos edificios, azoteas con trastero y ropa tendida, un mar de antenas como un espacio interestelar, redondas, alargadas, y llenas de aristas, torretas metálicas, ventanas y más ventanas, abiertas, entreabiertas y cerradas, muchas ahora vacías, que, como verbenas se encienden cada noche cuando sus dueños las habitan. Se llenan entonces de olores, de voces, de gritos, de calor humano, todos arrastrando cansancios del día.

Lleva la taza y el plato con el pan, se sienta agotado, callado, mira, costó subir estas escaleras, cuesta vivir esta vida sin ella, sin nada y entonces mira hacia arriba, tan cercano como para tocarlo con el dedo, este cielo, esta luz del día, esas nubes esponjosas. Merecía la pena subir cada día estos altos escalones para tener ante su vista este inmenso cielo, esta paz infinita, no de ruidos, que no eran pocos, sino de esta guardada, acumulada por hermosos recuerdos que aparecían y desaparecían por las calles de su cerebro y, de vez en cuando encontraba en alguna esquina. Ella apoyada sobre aquella vaya y su sonrisa.

Entraba de mañana, salía cuando oscurecía. Aquellos cuarenta y cinco años en la empresa, empleo que consiguió gracias a un vecino. La fábrica, su familia, más horas le dedicaba, es la dignidad del pobre, su entrega al duro trabajo. Es de locos, aunque peor sería el dorso inclinado sobre la tierra, de nuevo la mirada oblicua. Es la desgracia del pobre, ser corto de miras, ahí andan los ricos expansivos, con amplios horizontes donde nunca cae la noche. Él, sin embargo, tuvo más sombras que luces, que no es lo mismo que decir hombre de poca sensatez, formal fue toda su vida. Hubo mujer e hijos, ilusiones y pesadillas, lucha y enfermedades tempranas, y un tras-trás, tras-trás de la cinta empaquetadora, vigilante siempre, cayendo aquellas piezas en su justo espacio cuadriculado y él atento de manos y ojos, y cerebro ausente, libertad que a estas alturas se permitía. Cuando llegó la hora de vivir se acabó en dos días.

No es de un sólo color la vida, la risa se improvisa, el sol calienta, este desayuno que es una delicia y cae en el estómago arrugado como maná en tierra árida pero agradecida. Este libro que avanza página a página, estos pasos, escalón tras escalón hasta su guarida, y aquí ahora, por fin, tragándose esta luz infinita, tantos años negada, que a ella se adaptó su vista.

Una bocanada de aire, otra de pan con mermelada y mantequilla y para que baje, un sorbo de café. Esto es vida.

lunes, 19 de abril de 2010











Una historia en blanco y negro

Recién inaugurado el parque que apenas divisaba desde la ventana de la cocina de su nuevo piso, una tercera planta, este sí, con ascensor, en una recién estrenada urbanización, como un traje nuevo que se cuida de estropear y manchar. Calles, farolas, árboles, aceras y papeleras con aún etiquetas de compra. Pero a cambio, ausencias de tiendas y bares, de conocidos vecinos, de encuentros cotidianos en los lugares de costumbres: la carnicería, la panadería, el quiosco de prensa o el pequeño supermercado que abastecía sus despensas.

Manuel abandonó la casa vieja donde vivió los mejores años de su vida. Allí entraron una chica morena de pelo rizado, con la mirada inocente de sus veinte años. El se dejó bigote para parece mayor. La vida entonces también tenía color aunque todo parecía sepia; que envejecía en aquella fotografía, uno de los días más hermosos de su historia de amor. Allí fueron padres, allí se agotaron calendarios y se estropearon relojes. Allí se reconocían en el espejo aunque si se miraran ahora, se extrañarían como desconocidos. La vida necesita de esa continuidad, pero hay cosas que no soportan el paso del tiempo y delatan dejando en evidencia como niños descarados o impertinentes, arrugas de dentro y fuera. Los hijos que crecen, los achaques y deterioros del cuerpo, los muchos que marcharon, los pocos que iban siendo amigos. Las emociones despintadas y el desengaño continuo, eso sí nunca renegó de lo vivido y aunque apenas perdieron pelo, estos blanquearon. La niña se casó y el pequeño marchó al extranjero. De nuevo como novios, se dijeron pero poco les duró aquella nueva luna de miel, y la vida le entregó a ella la última carta. El tiempo aquel día lo acompañó en su dolor que continuó en una larga temporada de intensas lluvias pero como siempre tras la tormenta vino la calma.

El día a día estableciendo una nueva rutina. La habitación a oscuras cada mañana aireada, aquella ventana que dejó abierta cuando salió de aquella casa. Ventana por la que cada mañana tomaba la temperatura al día con el termómetro de la palma de su mano. Hoy cogeré chaqueta que aún refresca este mayo. Bajó las viejas escaleras con mucho cuidado y encontró en el portal a un funcionario que echaba papeles blancos con tinta negra, doblados y grapados por el centro. Qué son estos impresos, tuvo la osadía de preguntar, él que siempre fue hombre discreto. Ya lo verá usted cuando lo lea. Son del Ayuntamiento. Déme el mío, por favor, es el 4º C. Cómo se llama. Manuel Blanco. Y qué más, pero hombre, que soy el único. Tenga. La orden de desahucio. No le extrañó, meses antes ya vinieron aquellos señores, arquitectos y peritos que entraron en su casa invadiendo sus adentros. Miraron en dormitorios y baños, tocaron paredes y techos, tomaron fotos y para ver una grieta retiraron el retrato que con tanto cuidado veneraba cada día. Un mes para recoger tantos recuerdos, fotografías de tantas cosas vividas. Qué sería de su memoria frágil sin éstas. Los libros compartidos, regalados, dedicados con frases de intenciones ocultas y significados secretos; algunos encontrados, la gente todo lo tira. Discos que acompañaron sus viajes y tantos otros momentos. Tantas horas y días, como en una cacharrería, se acumulaban los objetos cargados de recuerdos.

No le importó demasiado, había tenido que decir adiós a tantas cosas que una más qué importaba. Era perro viejo y sabía que la vida tiene mal pronóstico y al final siempre hace su despedida a la francesa.

Su hija hizo todo lo posible para que se fuera con ella. Estaba lo bastante lejos para quedar a comer, pero lo suficientemente cerca para encontrarse de fiesta en fiesta. Quedó en llamarlo cada día. Y el extranjero, es una aventura demasiado joven para el que se ha hecho ya a las viejas costumbres y rutinas.

Al final todo tiene una solución fácil y aunque nunca encontraría un alquiler como el de su vieja casa, ahora tenía pocos gastos y podía pagar aquella subida.

La urbanización, no era el típico barrio, que suena a añejo y a historias de vidas de Berlanga. Estas viviendas de extrarradio no desean mimetismos, más bien buscan diferencias, unas piedras aquí, una valla transformada, un elemento de color, unas ventanas de madera o un balcón hecho cierro. Su casa quedaba cerca de unas unifamiliares, uniformadas inútilmente intentando lucir su personalidad.

La soledad no era allí mayor pero sí que se encontraba con menos gente. Aún no conocía a sus vecinos, por lo general parejas jóvenes con niños pequeños, llorosos, mocosos y gritones y sin embargo su corazón agradecía esa calidez. Procuraba dar una vuelta por la zona, donde se cruzaba con los que iban paseando sus perros, entregados a sus necesidades con el pretexto de sentirse sus dueños; otros haciendo footing o con bicicletas y mujeres de cierta edad que acostumbran a andar para mantener a raya su colesterol. El parque era perfecto para sus paseos, allí entre sus plantas recién sembrada, sus árboles, que aún no conseguían dar sombras, pero con bancos generosos para el descanso y el deleite de observar; observar a los otros, los que viven. Él rebajó el ritmo, ya nada era igual. Sí, respiraba, dormía, comía pero este ser vivo abandonó hace tiempo el tren del que se bajó, o más bien, lo tiraron. Así se sentía como un viejo, sentado en banco de estación, viendo a los pasajeros en su trajín vital, sus idas y venidas. Para él, la distancia era corta y para ella le bastan los pies.

Esa mañana lucía un día de esos que te entran ganas de vivir, donde todo es hermoso, la gente amable, el aire, su olor perfumado que alimenta los bonitos recuerdos y los pensamientos tiernos, todo tiene una tonalidad blanca como la luz descomponiéndose en un arco iris de emociones coloridas y positivas. Estaba bien entrada la primavera pero el sol aún se hacía soportable, así que entró en el parque, jugaba unos niños con una pelota, otros andaban por los columpios, las madres charlaban y reían. De vez en cuando gritaban un nombre seguido de alguna advertencia: ¡Rubén, cuidado que te vas a dar! ¡Carlos, Javier, no juguéis así que os vais a hacer daño! ¡María no le des tan fuerte a tu hermano, que lo vas a caer! Un continuo juego de control y habilidad para escapar de él. Un hombre paseaba con un perro pequeño y peludo a pesar de los carteles que prohibían su entrada. Las mujeres lo miraron desafiantes, sin atreverse a decirles nada, esperando que interpretra sus miradas asesinas –lástima no viniera ahora la policía y le pusiera una buena multa- decía una a la otra bajito, como se dicen los secretos.

Al rato, se levantaron llamando a voces a sus hijos, el infractor y su perro también marcharon y él quedó feliz, solitario, respirando la mañana como si esnifara una droga que le aportaba vitalidad.

De pronto la vio, reconoció su figura inconfundible, conocía tan bien cada línea de su cuerpo, esos límites, esas carreteras secundarias y autopistas sin peajes, que tantas veces había delimitado con sus manos. Se acercó, ¿qué haces aquí? ¿Por dónde viniste? dijo con extrañeza fingida ¿Dónde iba a estar si no? me dejaste en aquella casa sola. Por eso te dejé la ventana abierta. Sí, pero tuve que presenciar aquel destrozo, nuestros humores salieron huyendo, nuestras palabras dichas, sepultadas; entre los escombros nuestros besos y abrazos, nuestros lloros y rezos; y aquellos monstruos de hierro ahogando las risas de nuestros hijos. Vente conmigo, te enseñaré nuestro nuevo hogar. Allí de nuevo lo llenaremos de amor. Ella le miró, se te ve cansado, no, sólo estoy viejo.

Aquella noche hicieron el amor como sólo se hace en los sueños. Por la mañana el teléfono sonaba insistentemente. Nadie lo cogió.

lunes, 12 de abril de 2010

domingo, 21 de marzo de 2010

Descreidos

Dejad que los niños se acerquen a mí. Esta máxima ha sido llevada a sus últimas consecuencias por religiosos de todas las épocas. Gente que “gozan” de unos privilegios e impunidad. Esta gentuza encuentra en esos ámbitos la posibilidad y el encubrimiento perfectos para sus inclinaciones perversas. ¿Se justificarán después en frío? ¿Serán conscientes del daño tan atroz que ocasionan, o se engañarán con argumentos novelados del Decamerón o justificaciones prepotentes?

Mis años han tenido que ver y oír muchos de estos desgraciados casos. Estos individuos actúan con todas las ventajas posibles, tienen a su alcance “mercado fresco y abundante” y cuando se conocen algunas de estas desgraciadas actuaciones, la Iglesia, esa respetable institución que vela por la vida de un embrión, no es capaz de respetar la vida de un ser humano, no en potencia, sino en acto, que sufre y cargará con las consecuencias toda su vida. Esta, como digo, poderosa institución, los coge y los envía a otro lugar donde seguirán haciendo lo mismo, ocultos y protegidos por individuos que, probablemente actúen igual, pero que aún salvan el pellejo. Seguramente les dirán, cuando se sabe públicamente, ¡pero, hombre, padre, tenga usted más cuidado, disimule y extreme la cautela y, sobre todo, elija bien a sus víctimas, no a débiles que confiesan todo…!

He escuchado en muchas ocasiones de representantes y acólitos de este club, que deben ser considerados también como hombres, con sus debilidades, con sus pecados y sus tormentos. Y yo les digo, -y la gran mayoría no sienten ni arrepentimiento-, si son hombres, ¿por qué deben tener estos privilegios? Sus comportamientos son delictivos y, como consecuencia, supeditados a la ley civil, con todas sus consecuencias, y no tapujos y con tierra por medio, quedando totalmente impunes sus delitos y lo que es aún peor, dejándoles la puerta abierta a estos depredadores y al alcance, tiernos cachorritos. Desde que la Iglesia encontró el perdón para justificar todo, piensan que todo se arregla con el arrepentimiento –falso por lo general-, lástima que sólo aplique ese acto de bondad y caridad, ese celo por el bien, con sus miembros, pero no tengan misericordia con los demás seres humanos.

Caen con todo su equipo sobre personas buenas que necesitan la comprensión y apoyo social y qué cautos se presentan cuando tienen que tomar partido y opinar sobre estas bestias.

La Iglesia defrauda continuamente, se les ve el plumero a poco que arañes la primera capa, apesta a poderes y bajos fondos, de apariencias falsas.

¿Por qué tanto empeño en demonizar a las mujeres con vídeos y dibujos escabrosos de abortos, imágenes truculentas que fundamentalmente encubren una enorme misoginia, y sobre todo mostrar un escaparate de humildad y respeto que no tienen? No más que estadísticamente se da en la población. No son sus hábitos los que los hacen buenas personas, ni siquiera su ideología que tergiversan a su antojo. Que no sólo se arrepientan, sino que eviten el pecado, el daño al prójimo y a uno mismo. Esto es asequible para cualquiera. De poco sirven sus Concilios y sus muestras pomposas y grotescas de falsa humildad. Sus hábitos sólo les sirven para cubrir sus bajos instintos, sus personalidades enfermas, sus intereses lucrativos y de poder, y, sobre todo, su arsenal de destrucción masiva. No lo busquemos en el pueblo, éste ya tiene sus castigos, espías, su vigilancia y su justicia. Busquémoslo en sus congregaciones, sus colegios y conventos, sus organizaciones beáticas aniquiladoras de cultura y dignidad, busquémoslo en su cúpula de poder y nos quedaremos trágicamente sorprendidos. Ningún país, ningún organismo, ninguna mafia es diferente en su despotismo y aniquilación humana, sólo que a éstos, ya los conocemos, vigilamos y, a veces, con suerte, los destruimos. Pero aquellos, aquellos están bien protegidos de oro y diamantes, de poder en todos los sentidos. Y si te atreves a atacarlos te muestran como a endemoniados sus crucifijos, como si ese pobre hombre desnudo tuviera culpa de algo, más bien tiene que estar en el paraíso revolviéndose como en sepulcro de cómo estos canallas dicen que Él dijo, y donde dijo digo, digo Diego.

Mi respeto al hombre decente, sin título. Sus justificaciones, las mismas que las del asesino o el vagabundo, que sin respaldo, se enfrenta a su cruel destino.

Generalizo, cierto, porque, cuando ellos hablan, también lo hacen, se sienten uno; estupendo, pues su cuerpo apesta, porque están corrompidos, obsoletos, fuera de la realidad, pero peligrosamente bien sujetos a ella.

La Iglesia es sólo poder, que no engañen con falacias, “la Iglesia somos todos”. Hace tiempo que saben que un club sin miembros no hace nada, cuanto más números para alardear, mejor, pero hacen trampa, y ellos lo saben. No son todos los que están. Venimos de épocas tristes, y la religión es, ha sido y será un enorme poder de control, y el controlado no es libre, pero basta como número, basta que repita adoctrinadamente su mensaje y, si apuras, ni siquiera esto es necesario. Lo apuntas y ya está dentro, aunque lo hagas por costumbre, aunque lo repitas por defecto, por adaptación social y pocas veces por convencimiento. Que hay convencidos que dan miedo de cuánto odio camuflado de palabras vacías, llevan dentro.

Abramos ventanas y puertas de iglesias oscuras. Rompamos vidrieras luminosas, “de colores” engañosos que ocultan su negrura. Limpiemos de confesionarios retrógrados que ocultan rostros y gestps que convierten a la persona en objeto, de pecado, de voz que relata sus secretos, secretos morbosos, que alimentan otros secretos. Yo te digo, te absuelvo, y tú vuelves al rebaño hasta nuevo infierno. Cuanto más intelectualizado, más justificadas sus debilidades y pecados.

El sacerdote se perdona lo que tienen de ser humano, tres padres nuestros para la mujer infiel, para el niño travieso, dos avemarías y un credo, pero él tiene a veces, mujeres y niños ocultos, declinando y abandonando sus responsabilidades; ellos escuchan los placeres humanos y ellos los practican con asiduidad.

Gente buena las habrá, ya digo, como en la población en general. Si eres buena persona, deseas y buscas el bien para el otro. No te hacen falta espacios protegidos ni vida cómoda sin responsabilidades ni sueldos por subirte a un púlpito. Sal a la calle, acércate al que sufre, sé una persona que trabaja como cualquier otra y lucha por unos hijos que, además, de alimentarlos y cuidarlos, intenta hacerlos hombres buenos y personas felices. No hace falta encerrarse en un convento, es más, hace falta que ayuden fuera, sus vidas son egocéntricas, cómodas, tranquilas, sosegadas y protegidas. La vida, la verdadera está fuera de esos muros, de necesidades reales, dejémonos de trascendencias, de miradas místicas y de intenciones lascivas.

Que abran puertas y ventanas, que derriben muros, que salgan a las calles y convivan con sus convecinos, que se desprendan de lujos y artificios, que por favor, no me vengan con argumentos de este tipo: “es que si tuvieras a tu padre, no le darías lo mismo”, o “esto es arte y un beneficio para la humanidad, que de otro modo no hubiera existido”… Pero mientras, yo me lucro. Anda, practicad vuestra ley, desprenderos de bienes materiales, ¿no predicáis acaso, que no tengamos apegos de este tipo?

A veces me pregunto si podemos ser, a veces tan ilusos, nos engañamos por torpes o por listos. ¿Cómo, con el nivel de progreso alcanzado, aún estemos por este camino? ¿Son conveniencias o es que su poder es infinito? El ser humano es susceptible y vulnerable en estas miserias y en psicología humana son expertos, nuestras incógnitas y miedos requieren a veces de estos artificios. Y ellos lo saben, pero, por Dios, ¿es qué no lo vemos? ¿No nos damos cuenta de su gran mentira, que engañan a inteligentes e idiotas, a pobres y ricos? ¿Vamos tan preocupados en nuestros quehaceres que ni siquiera cuestionamos? ¿Son tantas nuestras necesidades de trascendencia que preferimos mentiras no demostradas que preguntarnos si todo esto es lógico? ¿Si es peor un silencio que una mentira, si debemos permitirles este dominio? Las víctimas siempre son más numerosas, pero ignoran su poder, el día que lo reconozcan, el ogro será destruido; pero ellos son estudiosos, saben mover hilos, saben dividirnos, saben entender nuestras debilidades y utilizarlas en su beneficio. El hombre es religioso por naturaleza, no amigo, ¿qué es eso de religioso, y qué naturaleza es esa? Que yo no veo a monos entregados a rezos, que no veo a pájaros en coros ni a pingüinos con gorros absurdos, no veo a vacas abnegadas fustigando sus pecados. Sólo veo a hombres creídos de inteligencia y engañados como simples lombrices, que hasta ellas son más sabias y saben para qué existen.

El hombre sólo se necesita para ayudarse, para conseguir su supervivencia, y en este mutuo beneficio, más vale ser bueno que malo, aunque muchos prefieran los segundo.

Que miramos al cielo y nos inunda el miedo a lo desconocido, pensemos que eso es bueno, busquemos, que es lícito. Pero, por favor, no seas esclavo de nuevo. Ellos, término genérico, te quieren manipular en su beneficio. Eres un rédito con intereses, eres un tonto que se engaña fácilmente, aunque debo reconocer que tienen buenas estrategias, que no es tan fácil verlos venir, que tienen otros poderes a su alcance. Y la información es un arma de doble filo. Y a la vista está cuál están usando en todos los sentidos.

¿Qué poder tenemos el hombre y la mujer de la calle, qué coraza, qué trinchera, qué armas, si incluso el saber está contaminado de correligionario y proselitismo, de conocimiento manipulado? A veces, una ausencia es suficiente, otras, un pequeño cambio y artificio.